Capítulo 10
La velada en casa de los Sinclair había sido, en opinión de Margaret, la más llevadera de cuantas había asistido desde su llegada a Londres.
No había sido un baile formal, sino más bien un encuentro sencillo con música de salón y conversación a media voz de personas que no buscaban destacar a cada momento.
Durante las tres horas que había durado el evento, Margaret había podido respirar sin tener la presión férrea de Constance controlando cada paso que daba.
Además, Cecily había estado a su lado casi toda la noche, lo que también había contribuido a disfrutar más de la velada.
Habían cogido la costumbre de encontrarse en los márgenes de los eventos, desde donde podían observar y comentar todo lo que acontecía sin ser vistas. Se habían dado cuenta de que eran afines en muchos aspectos, lo que estaba dando lugar a una amistad sincera entre ellas.
Sin embargo, en aquella ocasión, apenas llevaban una hora juntas cuando la señora Farrow, madre de Cecily, se acercó a su hija con expresión contrariada.
—Cecily, nos vamos.
La joven la miró y en su expresión se pudo leer la decepción.
—Pero madre, si acaban de servir el ponche —dijo con pesar, aun a sabiendas de que su argumento no iba a ser tomado en cuenta.
—Eso no es relevante. Tu padre tiene reunión mañana a primera hora y yo tengo un dolor de cabeza que no me ha dado tregua en toda la noche, así que ya va siendo hora de que nos vayamos.
—Pero si acabamos de llegar... —hizo un nuevo intento.
La mirada que la señora Farrow le dirigió a su hija fue tan descriptiva, que a esta no le quedó más remedio que bajar los hombros, derrotada.
—Ve a buscar tu chal y despídete de la señorita Ashby.
—Sí, madre.
Margaret vio cómo Cecily miraba el salón con resignación, consciente de que su batalla estaba perdida.
En ese momento, apareció Constance y se unió al grupo.
—Señora Farrow —dijo, con una calidez intencionada—. Si le parece bien, la señorita Cecily podría quedarse esta noche en mi casa. Las muchachas se llevan tan bien... y mañana podría recogerla a la hora que le convenga.
La señora Farrow la miró un momento.
—¿No sería una molestia?
—Por supuesto que no. Ya sabe que mi casa es grande y siempre hay un lugar para las amigas de mi querida pupila. Deje que se quede...
Margaret la observó en silencio. ¿ Mi querida pupila? Dudaba mucho que aquella decisión estuviera motivada por el cariño que sentía hacia ella. Más bien calculó que sería una cuestión de conveniencia, teniendo en cuenta la buena posición de la familia Farrow.
—Es muy amable de su parte, lady Constance —dijo la señora Farrow, al cabo de un momento—. Sea pues. Y Cecily, espero que tu comportamiento sea el correcto para una señorita de tu posición y que no se te ocurra ser una carga. Antes del almuerzo mandaré al cochero para que te recoja.
—No lo seré, madre.
—Bien. En ese caso, me retiro. Que tengan buena noche.
Cecily esperó a que su madre se alejara antes de volverse hacia Margaret con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.
—¡Qué bien! —exclamó—. Vamos a pasar toda la noche juntas.
Margaret le devolvió la sonrisa.
—Supongo que sí.
Una vez realizado su cometido, Constance se retiró y dejó a las jóvenes para que pudieran conversar tranquilas.
Llegaron a Belgrave Square pasada la medianoche.
—¿Te encargas de acompañar a la señorita Farrow a la habitación de invitados? —le preguntó a Margaret al llegar a la escalera.
—Sí, no se preocupe, señora. ¿Podría preguntarle una cosa?
—Claro.
—¿Sería posible que Cecily y yo durmamos juntas esta noche? —Aquella era una posibilidad que las jóvenes habían barajado durante la velada, pero Margaret no quería hacer nada sin antes pedir permiso a su anfitriona.
Constance miró a las dos chicas y comprobó que se mostraban expectantes ante su respuesta.
—Por mí no hay inconveniente, siempre y cuando no hagan ruido. Si necesitáis algo, podéis llamar a Bridget. Y no olvidéis que el desayuno se sirve a más tardar, a las nueve.
—Sí, señora, lo tendremos en cuenta —contestó Margaret, mostrándose sumisa con tal de que la viuda diera su beneplácito.
—Está bien. Que tengáis buenas noches las dos. —Y subió a su cuarto sin más ceremonias.
Margaret condujo a Cecily al cuarto de invitados más grande que tenía la casa y que, a diferencia del suyo, estaba orientado al sur. Eso le confería una mayor claridad por las mañanas, pero en ese momento le importó poco la diferencia de calidad entre ambas habitaciones.
Cuando la puerta se cerró, Cecily se sentó en el borde de la cama y se quitó los zapatos con alivio, como si llevara horas esperando ese momento.
—Dios mío, por fin... —El alivio se reflejó en su voz—. Estaba deseando descalzarme.
—Tienes unos zapatos muy bonitos —comentó Margaret, sentándose a su lado.
—¿Bonitos? Son un instrumento de tortura con encaje —arguyó Cecily, provocando la carcajada de su amiga—. No sé quién inventó la idea de que las mujeres debemos llevar cosas que duelen con tal de que resulten atractivas, pero te aseguro que me encantaría tener una conversación con esa persona.
—Probablemente fue un hombre —contestó.
—Probablemente —convino Cecily, y ambas rieron.
Se recostaron en el colchón, una al lado de la otra, disfrutando de su mutua compañía.
—El marqués de Wycliffe estuvo muy atento contigo esta noche —comentó Cecily al cabo de un rato.
Margaret la miró y se encogió de hombros.
—Pero solo bailamos una vez.
—Sí, pero la forma en que lo hizo... Se nota que le gustas, Margaret. No podía apartar los ojos de ti. —Se detuvo unos segundos mientras hilvanaba el siguiente pensamiento—. Mis padres darían lo que fuera porque alguien de su posición se fijara en mí.
Había algo en su voz que, lejos de ser envidia, más bien sonaba a resignación. Margaret cambió su posición y la miró con más atención.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Querrías que se fijara en ti?
Cecily se limitó a encogerse de hombros.
—Eso da igual, ¿no? —Unió las manos sobre su regazo—.
Mi madre me dice que no soy lo bastante guapa ni lo bastante graciosa para que alguien como Wycliffe se fije en mí.
Que tengo que conformarme con aspiraciones más modestas y estar agradecida de lo que llegue...
si es que llega. —Suspiró—. Supongo que tiene razón.
Margaret se incorporó lo suficiente para quedar apoyada sobre su codo.
—No, no la tiene —dijo con firmeza. Cecily levantó la vista hacia su amiga—.
Eres guapa, simpática, sabes estar, comportarte como se espera de ti...
tienes muchas cualidades —enumeró Margaret constatando lo que ella consideraba hechos fehacientes—.
Además, eres honesta, que en este mundo es más raro de lo que parece.
Y también muy divertida, aunque lo disimulas porque sabes que algunos hombres se asustarían de tu agudeza.
Así que no te menosprecies porque tu madre no sepa verte.
Cecily la miró en silencio durante un momento.
—Eso —dijo al fin— es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo. Y también lo más directo.
—Pues, según lady Merrow, hablar así es un defecto —comentó Margaret con ironía.
—Ya... —Cecily sonrió—. A mí también me lo han dicho. Supongo que somos dos chicas defectuosas.
—Pues mejor así. Lo perfecto es demasiado aburrido, ¿no te parece? —dijo Margaret, dejando que una nueva sonrisa asomara a sus labios.
—No puedo estar más de acuerdo contigo...
Estuvieron conversando un rato más, hablando de lo que cada una esperaba del futuro.
Casi todas aquellas ensoñaciones estaban relacionadas con un buen porvenir, un matrimonio más que conveniente e hijos que siguiera el legado familiar que correspondiera.
¿Quién no iba a querer casarse con un hombre con un título nobiliario importante?
¿O que tuviera una imponente propiedad en el campo donde pasar los inviernos?
Por no hablar de una asignación cuantiosa que permitiera comprar joyas y vestidos sin mirar nunca el penique.
Cuando apagaron las velas, y la habitación quedó en silencio, Margaret se dio cuenta de que aquella última conversación estaba repleta de mentiras por su parte.
Ella no podía aspirar a un título nobiliario, ni a tener una propiedad imponente, y menos, una asignación generosa.
Y aquello le dejó una sensación que no le gustó.
La habitación estaba en silencio. Cecily dormía a su lado con una placidez absoluta, una sensación en absoluto compartida, quizás a causa de aquella última charla que le había dejado mal sabor de boca.
Margaret la había observado quedarse dormida en menos de diez minutos, y luego ella había permanecido despierta mirando el techo durante al menos un par de horas.
Incapaz de permanecer quieta por más tiempo, se levantó con cuidado de no hacer ruido. Cogió el chal que había dejado sobre la silla y salió al pasillo.
La casa de Belgrave Square de noche era un lugar diferente.
De día tenía la imagen de un escenario perfecto donde todo estaba en su sitio. Pero de noche, con las lámparas apagadas y solo la luz de la vela que Margaret había cogido de la mesilla, los espacios se volvían más sombríos y siniestros.
Bajó la escalera.
Conocía la distribución de la planta baja lo suficiente como para moverse sin tropezar.
Al final del pasillo que llevaba al área de servicio, había una pequeña despensa que la cocinera usaba para guardar las provisiones más delicadas y que tenía adosada a la pared una hornilla pequeña para los preparados que no requerían de la cocina principal.
Margaret había reparado en ella la primera semana, pero no había vuelto a ir desde entonces.
Empujó la puerta con cuidado.
Olía a especias, a madera vieja y a algo dulce que identificó rápidamente con la canela. Era un espacio pequeño, con una sola ventana alta por la que entraba la luz de la luna, que iluminaba la hornilla y los cacharros que colgaban sobre ella contra la pared.
Margaret dejó la vela en el estante y empezó a buscar.