Capítulo 9 #2
La primera, una contradanza que ya manejaba con la suficiente soltura como para no verse en la necesidad de contar los pasos.
La segunda, un vals lento que nada tenía que ver con aquellos bailes que se mencionaban en los libros que leía, donde los caballeros rodeaban la cintura de sus parejas con una intimidad escandalosa.
Esta era, sin duda, una versión más contenida y apropiada, donde se mantenía la distancia correcta y los movimientos medidos.
Aun así, era un vals. Y bailarlo con Dorian Wycliffe en la velada de los Ellsworth, con más de doscientas personas en la misma sala, era el tipo de noticia que Constance había aventurado que iba a ser comentada en los días venideros.
En el intermedio entre los dos bailes, Wycliffe se vio obligado a alejarse un instante de su lado para hablar con un grupo de hombres que en ese momento requerían su presencia.
Inclinó la cabeza ante Margaret y, en voz baja, le dijo que no se marchara demasiado lejos, que el siguiente baile también era suyo y que no estaba dispuesto a cedérselo a nadie.
Ella le sonrió, pero no contestó al comentario.
Se limitó a hacerle una reverencia antes de permitir que él se alejara.
Así que cuando se vio sola, aprovechó la oportunidad para escaparse en dirección a los ventanales, donde se respiraba aire fresco, apartándose del calor que se iba acumulando en la sala a esas horas.
Callum Vane apareció a su lado con un sigilo calculado, que provocó que diera un respingo al oír su voz de repente.
—El marqués baila bien —comentó sin preámbulo y sin mirarla de manera directa.
—Buenas noches, lord Vane. Sí, es cierto —respondió Margaret.
—Aunque hay que reconocer —continuó Callum con cierta ironía— que resulta mucho más fácil hacerlo cuando uno lleva bailando desde los doce años en los salones correctos con las personas adecuadas.
Margaret se giró para observarlo. Él, en cambio, seguía mirando el salón.
—¿Eso es una crítica? —preguntó.
—Solo una reflexión —dijo Callum—. Y que yo sepa, las reflexiones no se pueden considerar como tales.
—Ya veo. Creo recordar que no hace mucho me dijeron algo muy parecido acerca de las observaciones y la información.
—¿Ah, sí? ¿Y quién se lo dijo? —preguntó, divertido.
—Un caballero que prefiere observar antes que bailar.
Callum giró la cabeza hacia ella.
Por primera vez en toda la conversación, la miró directamente. Había algo en esa mirada profunda que hizo que Margaret necesitara un segundo antes de hilvanar el siguiente pensamiento coherente.
—Por cierto, ¿cómo va Shropshire? —le interrogó con una levedad que no era del todo casual.
Era la segunda vez que hacía referencia a sus supuestos orígenes… «¿Por qué? », se preguntó Margaret.
—Tranquila —respondió mostrando la serenidad que llevaba practicando semanas—. Como siempre.
Callum sostuvo su mirada un momento más.
Luego asintió levemente y sonrió.
—Que disfrute del baile, señorita Ashby.
Y sin decir una palabra más, se marchó.
Dorian regresó tres minutos después con una disculpa encantadora para reclamar la segunda pieza que ella le había prometido.
Y mientras ambos bailaban el vals, Margaret rememoró las palabras de Callum: « resulta mucho más fácil hacerlo cuando uno lleva bailando desde los doce años en los salones correctos con las personas adecuadas.»
Entendió que no era una crítica a Dorian, pero sí daba a entender que el marqués era bueno en todo lo que se suponía que debía ser porque llevaba toda la vida preparándose para ocupar su posición en la sociedad. Lo cual no lo hacía menos encantador, pero sí lo situaba en un contexto muy específico.
Margaret siguió los pasos del vals. Y en algún punto entre la segunda figura y la tercera, levantó la vista hacia el lateral del salón donde Callum había estado antes.
No lo encontró.
Lo buscó con discreción en el otro lateral, en el fondo, cerca del resto de los ventanales.
Nada.
Se había ido con el mismo sigilo con el que había llegado y Margaret notó algo parecido a la decepción. Lo cual era, se dijo, completamente irracional.
Pero también se dio cuenta de que, de manera inconsciente, durante las últimas semanas había empezado a buscar la cara de Callum Vane en los salones sin percatarse siquiera de que lo estaba haciendo.
La música terminó y Dorian le ofreció el brazo para acompañarla de vuelta. Y mientras cruzaban el salón entre la gente elegante, las arañas de cristal y la luz dorada, llegó a la conclusión de que el brillo, de cerca, iluminaba algunas cosas y dejaba otras completamente en la sombra.
En el carruaje, Constance estaba más que satisfecha con el resultado de la velada.
—Dos bailes... —dijo constatando un hecho.
—Como usted me dijo —confirmó Margaret.
—Bien. Muy bien. Pero…
—¿Pero? —preguntó Margaret, que no tenía la sensación de que hubiera que ponerle ningún reparo a su forma de comportarse.
—Vane —dijo Constance.
—¿Qué ocurre con él?
—Os he visto hablar.
—Ha sido apenas un instante —se justificó Margaret, sin comprender por qué debía hacerlo.
—Sí. —Constance miró por la ventanilla—. Un instante es lo que no debería ser.
No añadió nada más, y Margaret estaba demasiado cansada para intentar descifrar el discurrir de aquella mujer.