La hija de la modista Capítulo 9
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Capítulo 9

Según le había explicado Constance, el baile de los Ellsworth era uno de los eventos más importantes de la temporada.

Así que, durante los días previos a su celebración, se afanó en recordar a Margaret una serie de indicaciones que debía tener muy presentes.

Que si el vestido tenía que estar perfecto, que si debía tener mucho cuidado de no equivocarse si se veía en la necesidad de contar de nuevo la historia de Shropshire, o las personas con quien le convenía hablar y las que no.

—¿Habrá mucha gente? —preguntó Margaret la mañana del baile, mientras desayunaban.

—Me temo que demasiada —contestó Constance sin especificar más.

—Pero, ¿cuántas son demasiadas ? ¿Doscientas personas?

—Más.

—¿Trescientas?

Constance la miró por encima de la taza con un gesto que evidenciaba que no le gustaba que fuera tan insistente en sus preguntas. Las jóvenes bien educadas debían ser prudentes mostrando su curiosidad, y aquel era un defecto que aún no había podido corregir en su pupila.

—El número es intrascendente. Lo que tienes que saber es que todo el mundo que importa en esta ciudad va a estar congregado a la vez en el mismo lugar. Lo que significa que cualquier cosa que ocurra esta noche va a ser comentada mañana. Y pasado mañana. Y probablemente la semana que viene.

Margaret consideró aquello.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Todo depende de lo que allí ocurra... Ah, y esta noche, quiero que te pongas el vestido verde.

—¿El verde? Pero si ya me lo puse en la velada de los Harcastle.

—¿Acaso tienes más? Solo dispones de tres vestidos para grandes eventos: el verde, el azul y el burdeos.

Tu madre cose muy bien, pero no es muy rápida, todo hay que decirlo.

Antes de haberos embarcado en esta aventura, deberíais haber previsto que ibais a necesitar mucho más que tres vestidos elegantes para soportar una temporada completa —lo dijo como si estuviera realizando un comentario sobre el estado del tiempo, pero la frialdad y el desdén con el que pronunció aquellas palabras provocó que Margaret arrugara con la mano la servilleta que tenía en la falda.

—Señora, mis padres están haciendo todo cuanto está en su mano para que esta aventura , como usted la denomina, salga bien.

Mi madre tiene clientas que atender, así que no puede dedicar todo el tiempo a mis vestidos, que dicho sea de paso, son de una calidad sublime.

Si usted desea que me vista adecuadamente —cosa que no dudo—, y no con trapos como he visto que hace alguna que otra señorita de la alta sociedad, debe comprender que la confección de los vestidos lleva su tiempo.

Así que le agradecería que no desmerezca la labor extraordinaria que hace mi madre.

—No lo hago. En ningún momento he dicho que su trabajo no sea bueno; solo que es insuficiente.

Margaret empezó a mover la pierna con nerviosismo. No iba a tolerar que se ofendiera de ningún modo a su familia.

—Mi madre me dijo que todos los vestidos son reutilizables si se les cambian los accesorios de forma adecuada. Que eso puede lograr que se vea muy diferente.

Constance miró a los ojos a la joven y, por unos segundos, se midieron en silencio. Margaret no rehuyó el enfrentamiento y mantuvo la vista firme, sin apartarla ni un instante.

—Supongo que no hay otra opción posible en estos momentos. No obstante, deberías ponerte en contacto con la señora Hoper para que mande más material, porque con el que tienes, por mucho que cambies adornos, lazos y fruslerías, no va a ser suficiente.

En efecto, Margaret se vistió con el verde aquella noche, aunque estuvo muy tentada de ponerse el azul, solo por llevar la contraria a lady Merrow.

​ Le habían molestado muchísimo los comentarios acerca de su familia, que estaban haciendo un esfuerzo personal, económico y emocional para que ella cumpliera un sueño.

Pero eso era algo que no eran capaces de valorar aquellas personas que lo habían tenido todo en la vida…

aunque después lo hubieran perdido de manera miserable.

Bridget le estuvo peinando durante más de cuarenta minutos para hacerle uno de los peinados más elaborados hasta entonces.

Le recogió los rizos en la zona alta de la cabeza, desde donde caían en cascada hasta el cuello, dejándole algunas hebras sueltas a los lados para que le enmarcaran la cara.

También le prestó unos pendientes pequeños de perla que eran sencillos y perfectos, y que Margaret le agradeció de manera sincera.

El vínculo entre ella y Bridget se estaba intensificando con el transcurrir de las semanas, algo que no terminaba de ocurrir con la dueña de la casa que, aunque correcta en su comportamiento, seguía manteniendo una actitud fría con ella.

Se miró en el espejo y, en silencio, aprobó el resultado. El vestido verde volvía a cumplir su cometido: hacerla resaltar de una manera espectacular.

—Su modista sí que sabe lo que hace —comentó Bridget con sencillez y aprecio.

—Sí —dijo Margaret—. Lo sabe muy bien.

—Si algún día pudiera permitirme comprar un vestido de semejante calidad, no dudaría a quién acudir para que me lo confeccionara.

Margaret le sonrió.

—Y yo me encargaría de que lo hiciera, no lo dude.

—Venga, dese prisa, señorita. La señora Merrow lleva un rato esperándola.

—Por favor, dígale que bajo enseguida. Cojo los guantes y en un instante me reuniré con ella.

A diferencia de otras ocasiones, para esta velada el carruaje de los Ellsworth fue el encargado de recogerlas. Y a las nueve menos cuarto en punto, tal y como estaba acordado, el cochero se detuvo en la puerta.

Durante el trayecto, Constance repasó por última vez las instrucciones de cada noche:

—La historia de Shropshire…

—Me la sé —contestó Margaret con sequedad.

A veces tenía la impresión de que se lo hacía repetir porque la creía medio lerda e incapaz de aprenderse de memoria unos postulados que se habían convertido en norma.

O quizás fuera que, aquella noche en particular, ella estaba más irascible que en otras ocasiones.

—El tono cuando hablas de tu padre.

—Nostálgico, pero no excesivo…

—Si alguien te pregunta por tu madre.

—Está enferma en el campo y por eso no ha podido acompañarme.

—Bien. —Constance miró por la ventanilla—. Otra cosa que debes tener presente es que Wycliffe estará esta noche.

—Ya lo suponía —aventuró Margaret.

—Es muy probable que busque tu compañía. Déjale que se acerque, pero ten cuidado: no más de dos bailes seguidos. Tres sería demasiado.

Margaret miró al techo del vehículo antes de preguntar:

—¿Por qué tres sería demasiado?

—Porque dos es interés —explicó Constance—. Y tres, declaración. Y las declaraciones antes de tiempo complican las cosas.

Margaret asintió. Al fin y al cabo, tenía que dejarse guiar por su conocimiento y experiencia.

—¿Y lord Vane? ¿También asistirá?

Constance la miró un momento y entrecerró los ojos.

—¿Por qué siempre te interesas por él? No es más que un simple barón. Su posición no es nada al lado de un marqués.

Margaret sopesó su respuesta, pues ni ella misma entendía por qué siempre terminaba por formular la misma pregunta, sin ni siquiera pensarlo.

—Me resultó simpático. Eso es todo.

—Lord Vane hará lo que le venga en gana, como siempre. Ya te dije que es un hombre impredecible, y por ello, menos digno de confianza.

Cuando el carruaje se detuvo frente a la casa de los Ellsworth, Margaret no pudo evitar impresionarse por su tamaño. Pudo entender por qué Constance le había dicho aquella mañana que aquel era uno de los bailes más importantes de la temporada.

Así que, tomando una profunda bocanada de aire, se alisó la falda de su vestido y bajó del vehículo.

El salón de los Ellsworth era todo lo que un salón de baile debía ser y algo más.

Margaret no tardó en darse cuenta de ello nada más entrar. Las dimensiones, la luminosidad dorada gracias a enormes arañas y decenas de velas, la música del cuarteto que tocaba sin parar, o el nivel de ruido que indicaba cuánta gente había ya dentro.

Se recordó a sí misma, de niña, escondida en el taller de costura mientras observaba con admiración a las clientas mientras se probaban los vestidos que confeccionaba su madre.

La diferencia era que ahora estaba dentro de ese mundo y ya no lo veía con los ojos encandilados e inocentes de antaño. Había empezado a descubrir y comprobar por sí misma que era más ruidoso, caluroso, complicado y bastante menos mágico de lo que había soñado desde afuera.

Constance navegó por el espacio con autoridad.

Las presentaciones se multiplicaron, aunque de manera más rápida que en veladas anteriores.

Margaret tuvo que poner en práctica con eficiencia las habilidades que había desarrollado en semanas de práctica.

La sonrisa perfecta, la reverencia en el momento justo, la frase adecuada para cada contexto.

Y, por supuesto, no podía faltar la historia de Shropshire, desplegada en porciones calibradas según la curiosidad del interlocutor de turno.

Margaret pensó que lo estaba haciendo bien, porque hasta el momento, nadie había fruncido el ceño, ni le habían formulado ninguna pregunta que no supiera responder.

Fue durante la tercera presentación del grupo cuando notó que alguien se acercaba por detrás.

—Señorita Ashby.

Margaret se giró al oír la voz.

—Lord Wycliffe.

—Baile conmigo… —le dijo Dorian extendiendo la mano para que ella la tomara.

—Creía que al menos esta vez fingiría que era una pregunta —comentó Margaret, sorprendida de que volviera a actuar con esa condescendencia similar a la mostrada en la velada de los Whitmore.

—¿Para qué? Estoy seguro de que la respuesta va a ser la misma de todas formas.

—Esa es una suposición bastante atrevida, señor mío.

—Sí —dijo Dorian con una seguridad que resultaba un tanto excesiva—. Lo es.

Margaret miró a Constance, que estaba en el grupo y que, con un levísimo gesto de cabeza, le indicó lo que debía hacer. Y ella, simplemente, le tomó la mano.

Bailaron dos veces.