Capítulo 8 #2
Cecily asintió con satisfacción.
—Me alegra saberlo —afirmó—. Empezaba a pensar que era la única. Y ahora, si me disculpa, por ahí viene mi madre. Creo que me daré una vuelta por la sala.
—Huya mientras pueda…
—Lo intentaré.
Apenas un instante después, le tocó el turno a Dorian Wycliffe de situarse a su lado.
—¿Está disfrutando de la velada? —preguntó de manera educada.
—Mucho. En especial, el segundo movimiento. Creo que ha sido magnífico —Margaret sonrió al recordar la conversación que acababa de mantener con Cecily.
—¿Por qué el segundo? —preguntó con interés.
—Porque el primero presenta las ideas y el tercero las resuelve —explicó Margaret—. Pero el segundo es donde se desarrolla sin saber aún cuál es la intención del autor.
Dorian la miró con esa expresión resuelta tan propia de él.
—¿Estudió música?
—Bueno, un poco. No soy ninguna experta, por supuesto —contestó Margaret con modestia—. ¿Y usted?
—Lo suficiente como para saber cuándo alguien está escuchando de verdad y cuándo finge que lo hace.
—Vaya, pues debe ser usted muy sagaz. ¿Puedo preguntarle si ha sacado alguna conclusión al respecto?
Dorian se inclinó levemente hacia ella.
—Que usted escuchaba de verdad —le susurró al oído de una manera más próxima a la debida y que hizo que Margaret sintiera su aliento en la piel.
Tragó saliva y dio un paso atrás para recuperar la distancia perdida.
—Por cierto, aún no he tenido ocasión de darle las gracias por las flores. Eran muy bonitas. —No le pareció apropiado no hacer referencia al presente que le había hecho cuando aquella era ya la segunda vez que conversaban.
—Me alegro de que le gustaran —dijo.
—Aunque fue un gesto algo atrevido para alguien con quien no había sido presentada todavía.
Dorian contuvo la sonrisa. Le gustaba la manera directa que tenía la joven al hablar.
—Sí —afirmó el marqués, sin mostrar signo alguno de arrepentimiento—. Lo es.
Margaret no supo muy bien qué contestar y tuvo la impresión de que eso era justo el efecto que Dorian Wycliffe pretendía.
Más tarde, cuando el cuarteto terminó y el servicio de la casa Whitmore descorrió las puertas del salón contiguo para ampliar la estancia, Dorian le pidió un baile.
No como lo habían hecho otros caballeros en ocasiones anteriores —con la formalidad que correspondía a la hora de formular la pregunta—, sino extendiendo la mano y dando por sentado cuál iba a ser la respuesta.
—Baile conmigo, señorita Ashby.
Ella miró aquellos dedos largos que esperaban a los suyos, y luego, a él.
—Encantada… —aceptó, sonriendo.
Era una contradanza y, por fortuna, Margaret la conocía bien.
Era de los bailes que su padre había insistido en que aprendiera por ser el más común en ese tipo de eventos, aunque no hubiera gozado de demasiadas oportunidades para demostrar su destreza.
Sus pies encontraron el ritmo tras los primeros compases y, cuando sintió que ya lo tenía bajo control, se dejó llevar por la música.
Wycliffe bailaba bien, pero aquello no la tomó por sorpresa. Sospechaba que el marqués debía hacer bien todo lo que se suponía que un hombre de su posición debía dominar.
—Está pensando en los pasos —advirtió Dorian durante una de las figuras que los ponía lo bastante cerca como para poder hablarle en voz baja.
—Estoy bailando, señor —dijo Margaret.
—Que yo sepa, las dos cosas no son incompatibles.
—No —admitió ella—. Pero prefiero que no se note.
—No se nota —dijo Dorian conteniendo a duras penas la risa—. O casi.
Margaret lo miró y frunció el ceño.
—Ese casi sobraba.
Él no pudo contener más la hilaridad, y dejó escapar una suave carcajada. Era la primera vez que lo veía reír de verdad.
—Tiene razón —dijo en voz baja para que solo ella lo oyera—. El casi, está de más.
La figura los separó y los volvió a reunir con la coreografía habitual. En uno de esos momentos, durante la separación, Margaret levantó la vista hacia el margen del salón.
Lord Vane estaba apoyado en la pared con los brazos cruzados. No miraba el baile en general; la estaba mirando a ella, directamente y sin pudor.
Cuando sus ojos se encontraron apenas un instante, entre una figura y la siguiente, él no cambió de expresión.
Luego los pasos la devolvieron al marqués, y el baile continuó.
Pero Margaret se quedó con una sensación extraña en el cuerpo. No supo si era el ritmo del baile o algo más lo que le había acelerado el pulso.
En el carruaje de vuelta, Constance guardó el silencio de siempre, mientras Margaret miraba los faroles pasar.
—¿Qué te ha parecido Wycliffe? —preguntó la viuda al fin.
Margaret recordó la mano extendida, la forma en que le había sacado a bailar sin pedirle permiso, aquel casi que sobraba y, sobre todo, la risa genuina que había dejado escapar de manera natural.
—Es un caballero encantador —reconoció.
—Sin duda alguna, lo es —corroboró Constance—. Aunque debo decirte que tu manera de dirigirte a él al comienzo no ha sido del todo correcta. Pero como al marqués no ha parecido molestarle, es mejor dejarlo pasar y tomarlo solo como una simple anécdota.
—¿Y lord Vane? —La pregunta brotó de los labios de la joven de manera espontánea, sin ningún motivo que la justificara.
Constance la miró de reojo.
—¿Qué pasa con lord Vane? —preguntó la señora con recelo.
—Estaba esta noche en la velada —le informó Margaret.
—Wycliffe y Vane frecuentan los mismos círculos —respondió Constance con ligereza—. Aunque por razones completamente distintas.
Margaret esperó a que Constance añadiera algo más, pero no lo hizo. Se limitó a mirar hacia la ventanilla con esa expresión impasible tan propia de ella, guardando silencio durante el resto del trayecto.
Y Margaret volvió a entretenerse con los faroles mientras sus pensamientos volaban libres.