Capítulo 8
Un par de días más tarde, cuando Margaret bajaba para desayunar, le llamó la atención un ramo de rosas blancas atado con una cinta de color crema.
El jarrón donde las habían colocado estaba situado en la mesita que había a los pies de las escaleras, por lo que era imposible que pasaran desapercibidas.
Bridget, pendiente de oírla salir de sus aposentos, apareció en ese preciso instante para informarle.
—Han llegado esta mañana, señorita Ashby. Son para usted.
—¿Para mí? —Margaret volvió a mirar el ramo, extrañada—. ¿Trae tarjeta?
—Aquí tiene, señorita. —La criada le tendió un sobre pequeño.
—Muchas gracias, Bridget. —Le sonrió. Aunque lady Constance dijera que no era correcto, no tenía intención de dejar de dar las gracias a alguien por el solo hecho de que fuera del servicio.
Dentro había escrita una sola línea con una perfecta caligrafía.
«Espero que la velada de esta noche sea de su agrado. D.W.»
¿D.W.?
Dorian Wycliffe.
Margaret volvió a mirar el ramo de nuevo, sorprendida de que el marqués, con quien no había cruzado ni una sola palabra, le mandara flores.
Constance apareció en el umbral del salón con una taza de té en la mano y en su expresión podía adivinarse que ya estaba al corriente de lo que sucedía.
—Te dije que el marqués de Wycliffe había reparado en ti… —le recordó con suficiencia.
—¿Usted sabía que iban a llegar? —preguntó Margaret señalando las flores.
—Lo suponía. Solo era cuestión de tiempo. —Constance tomó un sorbo de su bebida con una calma infinita—. Wycliffe no es el tipo de hombre que deje las cosas al azar.
—Pero si ni siquiera hemos sido presentados —adujo Margaret.
—Lo sé.
—¿Y es correcto entonces que mande flores?
—Bueno, podría decirse que resulta un tanto atrevido —contestó la viuda, con una indiferencia que en absoluto era desaprobación—.
Y también… calculado, diría yo. —Dejó la taza en el platillo—.
No tengas duda de que, cuando lleguemos a la reunión de esta noche, todo el mundo sabrá del detalle tan audaz que ha tenido el marqués hacia ti.
—¿Por qué habrían de saberlo?
—Ay, querida, te queda mucho que aprender todavía de la alta sociedad. ¿Acaso no te has dado cuenta de que las apariencias lo son todo? Con este gesto, Wycliffe está dejando constancia de manera fehaciente de que ha puesto sus ojos en ti.
Margaret meditó sobre aquellas palabras.
— Entonces, ¿qué debo hacer cuando lo vea esta noche? —preguntó, indecisa—. ¿Debo acercarme para darle las gracias?
—No te preocupes por eso. Yo me encargaré de presentaros en el momento oportuno —explicó Constance con cierta satisfacción—. Entonces podréis hablar. Unos minutos solo, claro está, manteniendo los límites de lo correcto. No debes dar la sensación de estar ansiosa por conocerlo.
Margaret asintió.
Cuando se dirigió al comedor a desayunar, la joven tuvo que reconocer que Constance llevaba razón en algo. Ese hombre no dejaba nada al azar, y en pocas horas, tendría oportunidad de verificarlo por sí misma.
El evento de esa noche era en casa de los Whitmore, en Portman Square.
Se trataba de una velada musical que estaría amenizada por un cuarteto de cuerda y un tenor que había actuado en Viena el invierno anterior.
A este tipo de reuniones solía asistir menos gente que a los bailes, más seleccionada, dispuesta en sillas alrededor del salón principal de manera que todos los asistentes pudieran verse entre sí.
Para la ocasión, Margaret se puso el vestido burdeos. Bridget le ayudó con el pelo, y cuando terminó, examinó su imagen en el espejo, confirmando que todo estaba donde y como debía.
—Luce usted muy hermosa, señorita Ashby. El vestido le sienta de maravilla. Se nota que su modista tiene unas manos magníficas —aseguró Bridget, con esa sencillez tan propia de ella.
El comentario le arrancó una sonrisa a Margaret.
—Gracias, Bridget. Sí… Tengo la mejor modista del mundo —susurró mientras un sentimiento de profundo orgullo le inundaba el pecho.
La casa de los Whitmore era la más pequeña a la que había asistido hasta entonces. Ello provocaba que cuando el salón principal se llenaba se produjera una sensación de proximidad que en un baile habría resultado incómoda, pero que en una velada musical resultaba, extrañamente, íntima.
En los bailes uno podía moverse, lucirse si ese era el propósito, o encontrar un rincón donde pasar desapercibido.
Sin embargo, aquí no. Las sillas estaban dispuestas en filas y semicírculos, y los grupos que se mantenían en pie se concentraban en los márgenes del espacio, sin posibilidad de ocupar un lugar discreto.
Cuando Constance entró en el salón, fue repartiendo saludos por aquí, alguna que otra inclinación por allá, un breve cruce de palabras con tres o cuatro personas bien seleccionadas… Margaret la seguía prestando atención a todos sus movimientos, aprendiendo de ella y de su forma de actuar.
Cuando llegó al final de la estancia, vio por fin a lord Wycliffe.
Estaba de pie, cerca de uno de los ventanales, hablando con un hombre que podía tener aproximadamente su misma edad.
Llevaba un frac oscuro que le aportaba una distinción y presencia a la que no llegaba ningún otro hombre de los presentes.
Había coincidido con él en veladas anteriores. Pero verlo de lejos era diferente a tenerlo en el mismo espacio reducido, sin la distancia de un gran salón donde su presencia se notaba lejana y manejable.
—Ahora —le dijo Constance a su lado en voz muy baja.
Margaret no tuvo tiempo de preguntar el qué, porque la viuda ya se estaba dirigiendo al objetivo marcado.
La presentación fue breve y perfectamente correcta, como todo lo que hacía Constance.
—Lord Wycliffe —dijo con la calidez justa que la situación requería mientras se acercaba a los dos hombres—. Permítame presentarle a mi pupila, la señorita Ashby. Margaret, el marqués de Wycliffe.
Dorian se giró hacia la joven y dejó asomar una leve sonrisa a sus labios.
Y Margaret, que llevaba semanas imaginándose aquel momento, descubrió que no había manera de prepararse para enfrentar a alguien que la miraba con la intensidad con la que lo hacía el marqués.
—Señorita Ashby. —Hizo una reverencia medida, pero sin ser del todo formal—. Es para mí un placer conocerla al fin, aunque debo confesar que no es la primera vez que tengo el placer de verla.
—Sí, ya lo sé —contestó Margaret con tanta naturalidad que logró sorprender al marqués y que casi arranca una mueca de desagrado a lady Constance, que supo contenerla a tiempo. Aquella no era la manera adecuada de responder a un lord de su posición.
—¿Lo sabe? —preguntó él, con la diversión pintada en los ojos.
—Un salón no es tan grande como parece —adujo Margaret con sencillez—. Y usted no es de los que pasan desapercibidos.
Dorian la observó con más curiosidad si cabía. En su rostro se dibujó un gesto muy parecido a la satisfacción por haber encontrado algo que no sabía que estuviera buscando.
—Ni usted tampoco, señorita —reconoció sin pudor.
Constance, a su lado, no dijo nada, pero por la forma en que desviaba la mirada y tomaba un sorbo de su copa de ponche, Margaret supo que su anfitriona no estaba del todo satisfecha con la respuesta que su pupila había ofrecido a lord Wycliffe, si bien a él no parecía haberle molestado.
—Creo que deberíamos ir ocupando nuestros asientos —comentó lady Merrow—. Lord Wycliffe, como siempre, es un placer volver a verle.
Constance encontró dos sillas en la tercera fila, ligeramente hacia la derecha, con buena visibilidad, tanto respecto a los músicos como respecto a los asistentes.
El cuarteto empezó su concierto a las nueve.
Eran buenos. Aunque la joven no era experta en música de cámara, era capaz de reconocer cuándo algo estaba bien ejecutado.
Estaba disfrutando de la melodía, cuando de repente sintió en la piel, antes incluso de poder percibirlo con los ojos, que alguien la estaba mirando. Y que ese alguien no era Dorian Wycliffe, ubicado a varios asientos de distancia y a quien podía observar de manera directa.
Para poder saber de quién se trataba, Margaret no tuvo más remedio que girar levemente la cabeza hacia la derecha.
Lord Callum Vane estaba sentado en el extremo de la segunda fila, separado del grupo más cercano por una silla vacía.
Y no, no estaba mirando el cuarteto, sino a ella.
Cuando sus ojos se encontraron, él no los desvió.
Se limitó a sostener esa mirada durante un par de segundos más de lo que se consideraba apropiado y que demostraba que no era algo accidental, sino pretendido.
Luego volvió la vista hacia los músicos para seguir disfrutando de la velada.
Margaret volvió a centrarse también en el cuarteto y el segundo movimiento continuó.
Cuando llegó el intermedio, los asistentes aprovecharon para levantarse, reagruparse en corrillos con la intención de cambiar impresiones sobre la interpretación de los músicos y servirse las bebidas de las bandejas que aparecieron como por arte de magia.
Margaret también se puso de pie y fue entonces cuando encontró a Cecily.
Estaba cerca de la ventana con una copa de ponche que no había tocado, observando el salón desde la distancia, y Margaret no dudó ni un instante en acercarse.
—Señorita Ashby —dijo Cecily al verla, mostrando en su voz un tono que se asemejaba bastante al alivio.
—Señorita Farrow, me alegra mucho volver a verla.
—No menos que a mí, se lo garantizo.
Margaret se colocó a su lado y tomó un vaso de ponche.
—No se la ve muy entusiasmada. ¿Propiedades rurales de Kent esta noche también? —preguntó con ironía.
Cecily tuvo que llevarse la copa a los labios para disimular la risa.
—Peor —pudo contestar al fin—. Esta noche ha sido una discusión sobre los méritos del tenor. Que si la voz, que si la técnica, que si en Viena lo hacía diferente... Una discusión de lo más trascendental, teniendo en cuenta que nadie parece reparar en si la música es o no bonita.
—¿Y a usted se lo parece?
—El segundo movimiento —dijo Cecily— era extraordinario.
Margaret la miró.
—Opino lo mismo, sin duda.