La hija de la modista Capítulo 7
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Capítulo 7

El martes por la mañana, Constance tuvo que salir temprano para realizar unas visitas a las que Margaret no estaba invitada . Mientras la joven desayunaba a solas, Bridget le informó de que acababa de llegar un paquete a su nombre.

—Hemos recibido esto para usted, señorita Ashby. Viene de Gracechurch Street.

De un salto, Margaret se puso en pie y dejó la taza en el platillo con tanta prisa que a punto estuvo de volcarla.

Gracechurch Street. Su madre.

Dando previamente las gracias, cogió el paquete mostrando una calma que en absoluto sentía y se dirigió con él a su cuarto. Podría haberle dicho a Bridget o a otro de los sirvientes que se lo llevase, pero le quemaban los dedos por cogerlo y abrirlo en un lugar más discreto.

Era un envoltorio de papel marrón, atado con cordel, del tipo que su madre usaba para proteger las telas delicadas cuando las enviaba a las clientas. Ella misma había atado y desatado cientos de paquetes similares en el taller, dirigidos a otras personas.

Lo abrió con cuidado, y en su interior, pudo ver dos nuevos vestidos.

Uno era de muselina color champán, más elaborado que el crema del primer día, pero igualmente discreto en su sofisticación, y que podía ser usado tanto en una tarde de visitas como en una velada menos formal.

El otro era de seda color burdeos, con un corte en el que Margaret pudo reconocer de inmediato el talento innato de su madre: sencillo en apariencia, pero complejo en ejecución.

Era el tipo de vestido que no necesitaba de adornos porque la propia tela, así como la forma en que había sido confeccionado, delataba su calidad.

Los extendió sobre la cama para observarlos con deleite. Sí, sin lugar a dudas, allí estaba el trabajo de Eleanor Hoper, y para ella, eso era más valioso que los mismos vestidos.

Fue entonces cuando, en el fondo del paquete, encontró una nota doblada en cuatro. El corazón le dio un vuelco.

Lo abrió con manos temblorosas a causa de la emoción y pudo identificar la letra clara y regular de su madre.

Hola, mi amor:

Tal y como te prometí, aquí te envío dos nuevos vestidos que espero sean de tu agrado.

El champán es para las tardes. Y el burdeos, para cuando el azul y el verde ya los hayas lucido demasiado.

Recuerda que el truco está en combinar los accesorios.

Eso convierte un vestido en otro completamente diferente si lo haces bien.

He calculado que para entonces habrás aprendido cuándo usar cada uno sin que necesites que nadie te lo diga.

Tu padre está bien. Dice que no te preocupes por él, lo cual significa que le gustaría que lo hicieras de vez en cuando pero no quiere pedírtelo. Ya sabes cómo es...

Espero que estés disfrutando de la temporada y que la gente, entre ellos lady Constance, te estén tratando bien. Quiero creer que es así, porque quien te conozca siquiera un poco, podrá descubrir la maravillosa mujer que hay en ti.

Quería también advertirte respecto a lady Ashmore.

El otro día, cuando vino a recoger el vestido, estuvo preguntando por ti.

Me sorprendió porque tú nunca te dejas ver delante de las clientas, pero supongo que en algún momento debiste cruzarte con ella y, por el motivo que sea, llamaste su atención.

Pero no quiero que te inquietes; ya sabes que la señora Ashmore no deja verse mucho en los eventos debido a su edad.

No obstante, creí conveniente informarte.

Escríbeme cuando puedas. No te imaginas cuánto te echamos de menos y las ganas que tenemos de volver a abrazarte, pero sabemos que este sacrificio es por tu bien.

Con amor,

Madre

P.D. He metido hilo y agujas en el dobladillo del burdeos por si acaso, que nunca se sabe cuándo pueden hacer falta.

Margaret leyó la nota varias veces. Y cuando ya se la sabía casi de memoria, la estrujó contra su pecho mientras se dejaba caer contra el cristal de la ventana a la que se había acercado para tener mejor luz.

Su madre le decía que la echaban de menos... pero no menos que ella.

Porque los bailes estaban bien, así como las presentaciones o las conversaciones carentes de trascendencia... Bueno, esto último, podía decirse que era más o menos llevadero.

Pero el amor de unos padres, la preocupación sincera por su bienestar, la sensación de hogar que se respiraba en su casa... eso no había nada que lo pudiera suplir.

Ni ahora, ni nunca.

En ese instante, hubiera sido capaz de dejarlo todo solo por acercarse al taller y darle un abrazo a su madre. O esperar toda la tarde a que su padre llegase del trabajo para mantener con él una charla de verdad.

Pero sabía que no podía o no debía hacerlo. Ellos se habían sacrificado por ella, para que pudiera cumplir su sueño y tuviera la oportunidad de dar un salto en el escalafón social. Y no iba a echarse atrás, aunque en esos momentos le doliera el corazón.

«Espero que estés disfrutando de la temporada.»

Pensó en la historia de Shropshire que se sabía de memoria.

En Constance, sus silencios, sus correcciones y esa forma tan propia de hacer sentir a Margaret el lugar que le correspondía sin decirlo nunca en voz alta o de manera directa, para que no se la pudiera acusar de ofensiva.

En lord Vane, que prefería observar antes que bailar, y en lord Wycliffe, que la miraba desde el otro lado del salón, sin decidirse a jugar sus cartas.

¿A eso se le podía llamar disfrutar?

Llegó a la conclusión de que era una pregunta más complicada de lo que parecía.

Se acercó de nuevo a la cama y cogió los vestidos con delicadeza. Los guardó en el armario mientras pensaba que, ese mismo día sin falta, escribiría a sus padres para contarles cómo le iba. Si no todo, al menos algo que les permitiera estar tranquilos.

Constance regresó a media mañana.

Margaret oyó cómo sus pasos retumbaban por el pasillo, mientras Bridget recibía instrucciones.

Afinó el oído y se dio cuenta de que se estaban dirigiendo hacia donde ella estaba, en la pequeña salita privada.

Tuvo el tiempo justo de doblar la carta que estaba escribiendo y guardarla en el cajón del escritorio antes de que llamaran a la puerta.

—¿Tienes un momento? —le preguntó Constance desde el umbral.

—Por supuesto, señora —contestó Margaret.

La joven se puso en pie y la siguió al salón principal, donde tomaron asiento en el sofá ubicado junto a la chimenea. Allí ya las aguardaba el té que Bridget acababa de traer sin que nadie se lo pidiera, sabedora de las costumbres de su señora.

Lady Constance se tomó su tiempo en cumplir con el ritual del té.

—He estado pensando —dijo al fin, dejando la taza sobre la mesita— en algunas cosas que debemos repasar antes de la próxima velada.

Margaret asintió.

—Claro. Usted dirá.

—Tu forma de hablar con los criados...

La joven arqueó una de sus cejas.

—¿Hay algo incorrecto en ella?

—Es demasiado... cercana —explicó Constance con un tono que a Margaret le pareció agrio—. Cuando Bridget te sirve el té, le das las gracias. Cuando Peterson abre la puerta del carruaje, lo miras a los ojos. —Juntó las manos sobre su falda y le dirigió una mirada desaprobadora—. Eso no se hace.

Margaret se quedó perpleja. No veía nada de malo en ser cortés y educada con los demás. Su padre solía decir que los buenos modales no estaban ligados a la clase social, sino al tipo de persona que uno decidía ser.

—¿Por qué?

A Constance le sorprendió la pregunta.

—¿Cómo que por qué? Porque no es lo que se hace —replicó como si aquello fuera más que evidente—. El servicio cumple su función. Agradecérselo o establecer contacto visual de esa manera... crea una familiaridad que no corresponde. Y la gente nota esas cosas.

—¿Qué gente?

—¿Cuál va a ser? La que importa, por supuesto.

Margaret asintió despacio, aunque por dentro, su mente se rebeló de inmediato contra aquel pensamiento tan… clasista.

—Entendido —dijo solo por darle gusto. Tenía muy claro que no iba a renunciar a la educación que le habían proporcionado sus padres, aunque tendría que actuar de manera distinta en presencia de su anfitriona para no desairarla.

—También resulta inapropiado tu forma de hablar sobre determinadas cosas.

Margaret se tragó el suspiro que estuvo a punto de expulsar.

—¿Cómo cuáles?

—Ha llegado a mis oídos que, la semana pasada en casa de los Pemberton, mencionaste algo sobre el tipo de porcelana de un jarrón que estuvo a punto de caer al suelo.

—Constance volvió a coger la taza y se la llevó a los labios—.

Ese tipo de conocimiento no es el que se espera de una joven de tu posición.

Margaret se preguntó cómo se había podido enterar de aquel comentario hecho a lord Vane. Ni que tuviera oídos en todas partes…

¿O quizás sí?

—Fue solo una observación casual —se excusó.

—En este mundo —dijo Constance— no existen las observaciones casuales. Todo lo que se dice ofrece información de muchos tipos. Y las hay de las que sitúa a las personas en lugares que no les convienen.

Hubo un silencio.

—Así que ni se te ocurra decir nada que implique que sabes hacer algo con las manos —añadió como si se hubiera guardado lo más importante para el final—. Mucho menos cualquier cosa relacionada con la costura, ¿lo entiendes? —La miró directamente—. Eso, en particular, no debe mencionarse nunca.

—¿Nunca? —repitió Margaret.

—Jamás.

Margaret pensó en su madre. En los años en el taller junto a ella, y en las horas de enseñanza que le había dedicado para que, en el futuro, tuviera una manera honrada y provechosa de poder ganarse la vida sin tener que depender de nadie.

Sin embargo, lady Constance le estaba pidiendo, con su cortesía habitual y sin decirlo exactamente, que se olvidara de todo eso.

—Como usted diga —se limitó a contestar.

La viuda asintió y recogió la taza.

—Estupendo. Eso era todo lo que quería decirte. Ahora, si deseas volver a tu salita privada, puedes hacerlo.

La sesión, al parecer, había terminado.

—Una cosa más —dijo la señora cuando Margaret ya se estaba levantando con la intención de retirarse.

Ella esperó, imaginando que le llegaría una nueva recomendación que debería tener en cuenta para el futuro.

—A pesar de mis reticencias iniciales, he de reconocer que, hasta el momento, estás haciéndolo bien. Así que no lo estropees.

No era un elogio, sino más bien una evaluación. Y así fue como Margaret se lo tomó.

—Gracias.

Y sin nada más que añadir, se marchó.

Aquella tarde hubo una visita en Belgrave Square.

La señora en cuestión se llamaba lady Fenton y era una conocida de Constance desde hacía muchos años. Podría tener unos cincuenta años y en sus ojos se adivinaba la curiosidad bien entrenada que se hace pasar por amabilidad.

Estaban las tres en el salón principal, hablando sobre lo que Margaret había empezado a considerar como cuestiones banales, aunque siempre se esforzara en aparentar que la conversación era de vital trascendencia.

Que si cómo estaba transcurriendo la temporada, sobre quién había llegado a Londres y quién se había quedado en el campo, cuáles serían los próximos eventos más interesantes a los que bajo ningún concepto podían faltar…

Tratando de soportar la soporífera conversación, Margaret aprovechó una breve pausa para levantarse un instante con la excusa de pedir más té.

Apenas unos minutos después, Bridget entró con la bandeja de plata que llevaba la tetera, con tan mala suerte que, al servir, derramó una gota sobre el borde del platillo de lady Fenton.

Bridget se disculpó de inmediato, como si hubiera cometido un error fatal.

Lady Fenton, que no dijo nada por el altercado , retiró la taza con un gesto que lo decía todo.

A pesar de la advertencia que le hubiera hecho Constance hacía apenas unas horas, Margaret, sin pensar, no pudo contener las palabras que salieron de sus labios.

—No se preocupe, Bridget. No ha sido nada.

Sin embargo, durante un instante el salón guardó un denso silencio. Lady Fenton miró primero a su amiga y luego a la pupila de esta.

—Vaya, qué detalle tan encantador —dijo la invitada al cabo de un instante, con una voz perfectamente modulada—. Tan... refrescante en una joven, ¿no cree, lady Constance?

No había nada incorrecto en esas palabras, pero Margaret había sentido el filo.

Constance no dijo nada. Se limitó a recoger su taza para continuar con la conversación como si nada hubiera ocurrido. Pero Margaret había visto el gesto que se había dibujado durante apenas un segundo en la cara de su anfitriona.

No era sorpresa, sino la expresión de quien ya sabía que aquello iba a ocurrir más tarde o más temprano.

Esa noche, después de cenar, Margaret se sentó en su salita con la carta a medio escribir y la pluma en la mano.

Querida madre:

Los vestidos han llegado perfectamente. Ambos son preciosos, como todo lo que usted hace. Estoy deseando ponérmelos y sentir el olor de sus manos impregnado en ellos.

Estoy bien. O al menos, estoy aprendiendo cosas nuevas, aunque algunas no las termine de comprender.

Hoy, sin ir más lejos, he aprendido que darle las gracias a Bridget cuando me sirve el té es inapropiado.

También que saber distinguir el tipo de porcelana de un jarrón es información que sitúa a las personas en lugares que no les convienen.

Y que decirle a una doncella que no se preocupe por una gota de té derramada resulta refrescante.

No sé todavía si eso es bueno o malo.

Lo que sí sé es que las agujas y el hilo que me ha mandado me van a venir de perlas, porque hay un par de puntos de la costura del chal que ha empezado a deshilacharse.

Eso sí, tendré que hacerlo de noche cuando me quede sola porque no está bien visto que sepa hacer algo con mis manos.

Sin embargo, yo necesito sentirme útil con ellas.

Dígale a padre que estoy bien, y que al igual que ustedes, los echo terriblemente de menos.

Su hija que les ama,

Margaret

Dobló la carta, la guardó en el sobre y escribió en él la dirección de Gracechurch Street. Al día siguiente se la daría a alguien del servicio para que la hiciera llegar a sus padres.

Luego cogió el chal que había dejado aquella tarde sobre una silla, buscó en el bolsillo de su falda el hilo y la aguja que había sacado del dobladillo del vestido burdeos, ensartó la aguja con la facilidad de quien lo había hecho miles de veces, y comenzó a coser.

Y durante los veinte minutos que le llevó la tarea, se volvió a sentir ella misma.