La hija de la modista Capítulo 6
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Capítulo 6

La velada en casa de los Pemberton, la segunda a la que asistía Margaret desde su llegada a Londres, resultó más concurrida que la de los Harcastle.

​ Constance fue llevándola de grupo en grupo, haciendo las presentaciones entre aquellos con quienes no habían coincidido en el primer baile.

Margaret se mostraba recatada y comedida, tal y como le habían indicado, y aunque estaba disfrutando de la velada, hubo un momento en que se saturó de tanto nombre y tanto título. Necesitaba un respiro.

​ —Lady Constance, ¿le importa si me retiro un momento al balcón? El ambiente está muy cargado y necesito un poco de aire fresco.

​ —Está bien… Pero no te adentres a oscuras en el jardín. Quédate siempre donde te pueda observar. Y no tardes…

​ —No, señora. Será solo un momento.

​ Se dirigió hacia las grandes cristaleras que estaban abiertas de par en par, y casi sin querer, vislumbró a una joven que permanecía cerca de la pared del fondo, ligeramente apartada del corrillo más cercano.

Por su postura, Margaret tuvo la impresión de que no se sentía cómoda en aquel entorno.

Comparada con el resto de las jóvenes que había conocido, le pareció que era el tipo de chica que prefería pasar desapercibida más por exceso de discreción que por falta de gracia.

Margaret miró por encima del hombro, para ver si alguien controlaba sus movimientos, y decidió acercarse a la joven de pelo castaño.

—Buenas noches. ¿Está disfrutando de la velada? — preguntó cuando estuvo a su lado.

La chica la miró con gesto de sorpresa. Era evidente que no esperaba que nadie le hablase estando allí, apartada del resto de muchachas.

—En la medida en que puede disfrutarse de algo cuando llevas tres cuartos de hora intentando parecer interesada en una conversación sobre los méritos comparativos de dos propiedades rurales de Kent —dijo sin pensar si la respuesta que ofrecía, además de honesta, era la adecuada.

Fue entonces el turno de Margaret de sorprenderse. Y sin poder evitarlo, dejó escapar una carcajada.

—Oh, disculpe si mi respuesta...

—No, por Dios, no se disculpe —la interrumpió antes de que la joven pudiera decir algo para arreglar su desliz—.

Es reconfortante oír un comentario espontáneo, se lo aseguro.

No se imagina cuánto valoro una respuesta sincera, más allá de lo que se considera apropiado.

Por cierto, soy Margaret Ashby —se presentó.

La chica le devolvió una sonrisa tímida.

—Cecily Farrow —respondió ella—. Y le agradezco que se haya acercado, porque llevaba un rato buscando una excusa para continuar alejada de mi madre sin que se notara demasiado.

—En tal caso, me alegro de servirle de ayuda. Es bueno sentirse útil de vez en cuando.

—No me malinterprete. Es que mi madre es de las que se afanan en arrastrarme de grupo en grupo buscando a algún joven que me saque a bailar. A veces resulta un poco vergonzoso. Pero si estoy hablando con usted, supongo que es perfectamente aceptable que me mantenga apartada.

—¿Y si su madre pregunta de qué estábamos hablando?

Cecily meditó la respuesta.

—Pues de los méritos comparativos de dos propiedades rurales de Kent —repitió dejando escapar una risa cómplice—. Le aseguro que es un tema del que puedo hablar con autoridad a estas alturas.

—¿Le parece bien si vamos a por unas limonadas? Creo que aquí hace un calor asfixiante —propuso Margaret.

—La sigo encantada.

Se acercaron a una mesa donde habían dispuesto varias fuentes y jarras con refrigerios, sorteando a su paso a los asistentes que se les cruzaban.

Sin embargo, cuando por fin alcanzaron su destino, un caballero de mediana edad, que gesticulaba con demasiado entusiasmo, rozó sin querer la mesita auxiliar que estaba junto a ellas.

Acto seguido, el jarrón con las flores que había sobre el tablero empezó a oscilar de manera peligrosa , y Margaret, por puro reflejo, lo sujetó antes de que llegara al suelo.

Algo bastante simple, aunque el caballero en cuestión ni siquiera se había percatado de lo que había estado a punto de provocar.

Margaret dejó el jarrón en su sitio con cuidado, comprobó que no hubiera derramado agua sobre su vestido —el azul esta vez, que Constance había aprobado para esta segunda salida— y levantó la vista.

Al hacerlo, encontró que alguien la estaba mirando con una expresión ligeramente divertida.

Lord Callum Vane estaba apoyado en la pared a tres metros de ella, sin copa en la mano esta vez, con los brazos cruzados y una postura indulgente.

—Buenos reflejos, señorita —dijo.

Su voz era más grave de lo que Margaret había esperado.

Se giró un momento y fijó la vista en su nueva amiga Cecily, que alzó las cejas al tiempo que se llevaba una copa de limonada a los labios, escondiendo una sonrisa.

Ambas jóvenes parecieron entenderse sin necesidad de palabras.

Margaret, que sabía que debía contestar algo, se giró de nuevo hacia lord Vane.

—Creo que el jarrón valía más que la alfombra. Hubiera sido un crimen dejarlo caer.

Él parpadeó. Luego su sonrisa se amplió y se acercó a las dos jóvenes, si bien manteniendo un poco la distancia, ya que no habían sido presentados oficialmente.

—¿Cómo lo sabe?

—¿El qué? ¿Qué el jarrón cuesta más que la alfombra? Muy simple: por el tipo de porcelana —replicó con seguridad—. Y porque la alfombra tiene una mancha reseca en el borde izquierdo que se nota que debe llevar ahí más tiempo que yo en este mundo.

Callum examinó la alfombra. Luego a ella y tuvo que contener una risa por su forma de expresarse.

—Sin duda, es usted muy observadora —aseveró con un tono que se aproximaba bastante a un halago sincero.

—No sé cómo debo tomarme su afirmación; me han dicho que eso es un defecto...

—¿Quién? —Lord Vane frunció el ceño. Era evidente que no estaba de acuerdo con semejante creencia.

Margaret alzó las cejas.

—Gente a quien no le gusta que la observen, está claro... —contestó con honestidad.

En esta ocasión, el caballero dejó escapar la risa que había estado conteniendo hasta entonces. Aquella había sido una respuesta bastante original para lo que solían ofrecer las aburridas damas que conformaban la alta sociedad londinense.

—Es usted muy sagaz, señorita Ashby.

—¿Sabe mi nombre? —No iba a insultar su inteligencia preguntándole si la conocía a ella, cuando se habían visto apenas unos días atrás.

—No es usted de las que pasan desapercibidas.

Y su presencia en la velada de los Harcastle fue muy comentada.

No todos los días se ven caras nuevas como las suyas, se lo aseguro.

Y me apuesto lo que quiera, que usted también está al corriente de quién soy yo, mucho más habiéndome demostrado que es una señorita tan perspicaz.

Margaret no pudo contener una sonrisa.

—Le agradezco el cumplido, lord Vane... si es que esa es su intención.

—No tenga dudas de que lo es...

Hubo un instante en el que el silencio se volvió cómplice entre los dos.

—¿Es que no piensa bailar en toda la noche? —le preguntó Margaret, buscando romper ese mutismo que se había formado entre ambos.

Callum la miró con una expresión difícil de descifrar que se acercaba bastante a la sorpresa. No era normal que una joven formulara ese tipo de preguntas tan directas.

—No —replicó con sencillez.

—¿Por qué? ¿Por principio o por preferencia?

—¿Acaso hay diferencia?

—Bastante —exclamó Margaret, aunque de manera contenida para no atraer la atención de quienes pasaban por su lado—. El principio implica una elección tomada con conciencia. La preferencia, en cambio, implica simplemente que hay cosas que le gustan más.

Callum la estudió un momento entrecerrando sus ojos oscuros, como si estuviera procesando la información antes de ofrecer una respuesta.

—En tal caso, me decanto por la preferencia —reconoció al fin.

—¿Y qué prefiere en su lugar?

El caballero tuvo que morderse el labio inferior para contener de nuevo la sonrisa. No estaría bien visto que lo vieran reírse de manera tan distendida con una joven casadera, pero es que aquella chica tenía una chispa innata que hacía tiempo no se le veía a nadie.

—Observar.

—Entiendo... Por eso usted no lo considera un defecto —dedujo Margaret, haciendo alusión al inicio de la conversación.

—Probablemente.

Callum inclinó levemente la cabeza, en ese gesto suyo de quien está reconsiderando algo.

—¿Y usted? —preguntó a continuación—. ¿Baila por principio o por preferencia?

Margaret no pudo contenerse y dejó escapar una ligera risa.

—Por educación —le respondió.

Él la miró.

—Esa no era una de las opciones.

—No —admitió ella—. Pero en mi caso, es la más sincera que puedo ofrecerle.

De nuevo surgió el silencio entre los dos. Este incluso más cómodo que el anterior, si eso era posible.

Margaret se giró en busca de Cecily, pero para su sorpresa, ya no estaba junto a la mesa. Seguramente su madre la había descubierto mientras ella conversaba con lord Callum y se la había llevado de allí.

Así que pensó que debería buscar a Constance.

Llevaba más tiempo de lo habitual alejada de su órbita y la viuda tenía una forma muy particular de reprenderla con la mirada cuando eso sucedía, aunque solo hubiera ocurrido en un par de ocasiones.

Pero las suficientes como para tomar nota mental del dato.

—Creo que debería...

No terminó la frase, al ser interrumpida de nuevo por lord Vane.

—¿Ha bailado esta noche? —preguntó Callum con tono casual, al adivinar su intención de apartarse de él.

—Dos veces —contestó—. Con dos caballeros cuyos nombres no recuerdo. Así que no me lo vaya a preguntar.

—¿No los recuerda o prefiere no recordarlos?

Margaret consideró la respuesta. Sabía que estaba siendo demasiado sincera, pero había algo en lord Vane que la impulsaba a hablar sin medir en todo momento sus palabras.

—Las dos cosas, supongo.

Algo cambió en la expresión de Callum. ¿Reconocimiento? ¿Ironía?

—Además de observadora y sagaz, también es honesta.

—Intento serlo —aseveró Margaret—. Resulta más fácil decir la verdad que recordar qué versión de la mentira le he contado a alguien.

Callum asintió repetidas veces en señal de aprobación.