La hija de la modista Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Margaret no miró de inmediato para no resultar demasiado obvia. Con discreción, fue oteando a su alrededor hasta llegar a la figura que acababan de indicarle y que, de alguna manera, ya conocía.

—¿Lo conoce? —preguntó tratando de sonar casual.

—Por supuesto. Todo el mundo lo conoce —dijo Constance con un tono que la joven no supo discernir si era de admiración o rechazo—.

Ha viajado mucho. Tiene opiniones poco convencionales para alguien de su posición.

—Hizo una breve pausa—. Las madres con hijas casaderas lo consideran un partido poco fiable.

De acuerdo. Eso significaba que la inflexión de la voz que había mostrado era rechazo.

—¿Por qué? —quiso saber con curiosidad.

—Porque nunca se sabe lo que va a hacer —explicó Constance sin levantar la voz para que solo ella lo oyera—. Y en este mundo, la imprevisibilidad es un defecto.

Margaret lo volvió a mirar de nuevo, sin pensar en mantener la discreción de un momento antes. Lord Callum Vane seguía junto al ventanal del fondo, con la misma copa y su expresión de apatía.

Y pensó que la previsibilidad, en exceso, podía resultar aburrida.

Al otro hombre lo notó antes de que se lo presentaran.

Estaba ya entrada la velada, cuando Margaret se dio cuenta de que había un caballero al otro lado del salón que llevaba un rato mirándola de una manera directa, incluso descarada.

Era joven. Calculó que tendría cerca de su edad o quizás un poco más, veintitantos en todo caso.

Tenía esa presencia que en aquel mundo denominaban buen partido.

En el suyo lo habrían llamado simplemente guapo .

Alto, bien vestido, con algo en el porte que comunicaba una seguridad que resultaba innata.

Desde luego, no era el tipo de hombre que pasaba desapercibido.

Y él, claramente lo sabía.

Margaret desvió la vista y aceptó una copa de ponche que alguien le ofrecía, al tiempo que se mantenía atenta a la conversación que el grupo donde se encontraba estaba manteniendo, por si tenía que responder.

Pero no podía dejar de notar que él continuaba mirándola sin mostrar reparo alguno.

—Es Dorian Wycliffe —dijo Constance, a su lado, en voz baja—. Marqués de Wycliffe.

Margaret no preguntó cómo lady Constance se había dado cuenta de aquella mirada que parecía no querer apartarse de ella, como si supiera lo que ocurría en el salón en todo momento. Era, sin duda, uno de sus talentos más evidentes.

—¿Marqués? —preguntó Margaret, sorprendida.

—Joven, soltero. Muy buen partido.

Margaret asintió.

Miró brevemente hacia donde estaba Dorian Wycliffe.

Él seguía observándola. Y cuando sus ojos se encontraron, ninguno apartó la vista de inmediato. Sin embargo, aquella batalla silenciosa de miradas cruzadas terminó por perderla Margaret.

Tal y como le sucediera con lord Vane, sintió que el calor subía a su rostro y lo atribuyó, con toda la convicción de la que fue capaz, al fuego de las chimeneas y a la cantidad de gente en el salón.

La velada duró tres horas.

Durante ese tiempo, Margaret fue presentada a innumerables personas, de las que no conseguía recordar los nombres, e incluso llegó a bailar un par de veces con dos caballeros distintos.

Fue pasando de grupo en grupo y cuando todo hubo terminado, llegó a la conclusión de que aquel mundo con el que llevaba soñando tanto tiempo, no era exactamente lo que había esperado.

Había imaginado algo más... grandilocuente, en todos los sentidos.

Una sociedad en la que todo el mundo era feliz, elegante y encantadora.

Sin embargo, lo que en realidad había encontrado era algo bastante parecido al taller de su madre: personas que necesitaban de otros para lograr sus objetivos, conversaciones que tenían un propósito más allá de lo visible a simple vista, o jerarquías que no se nombraban pero que todos los presentes conocían y respetaban.

Solo que con vestidos mejores y más velas.

Constance se mantuvo relativamente cerca de ella durante la mayor parte de la velada: lo suficiente como para poder intervenir si era necesario, pero también lo bastante apartada para que Margaret se viera en la necesidad de manejarse sola en las conversaciones y aprender de todas ellas.

Y ambas tuvieron que admitir, aunque no lo pusieran en común durante el trayecto de regreso a la casa de Belgrave Square, que Margaret se había manejado mejor de lo que había esperado, teniendo en cuenta que era su primera vez. No perfectamente, pero bastante bien.

Solo hubo un momento algo incómodo cuando una señora le preguntó algo sobre una familia de Shropshire que ella no conocía y tuvo que recurrir exactamente a lo que su padre le había dicho

«Prefiero no hablar de ello, son recuerdos dolorosos …», que funcionó exactamente tal y como Thomas había previsto.

Hubo también otro momento, en que Margaret levantó la vista y encontró que lord Callum Vane la estaba mirando desde el otro lado del salón.

En esta ocasión, Margaret fue capaz de sostenerle la mirada.

Él, con una breve sonrisa, levantó la copa en su dirección.

A continuación, desvió la vista hacia otro punto del salón y no volvió a fijarse en ella... al menos que supiera.

En cuanto a Dorian Wycliffe, no se acercó a Margaret en toda la noche.

Lo había visto varias veces más —era difícil no hacerlo con la presencia que tenía— y aunque sabía que no le estaba quitando el ojo de encima, no llegó a acercarse a hablar con ella.

No hubiera sido correcto sin las presentaciones adecuadas de por medio.

En el carruaje de vuelta a Belgrave Square, Constance guardaba silencio mientras Margaret miraba por la ventanilla los faroles de las calles al pasar.

—Ha ido bien —dijo al fin la viuda, rompiendo el silencio.

No era un elogio, sino el resultado de una evaluación.

—Resolviste de forma correcta el momento de la familia de Shropshire —continuó—, pero la próxima vez, hazlo un poco más despacio. Cuando se responde demasiado rápido a una pregunta incómoda, parece ensayado.

Margaret lo anotó mentalmente.

—Lo tendré en cuenta.

Constance la miró de reojo.

—Y en cuanto a Wycliffe… —Margaret esperó, manteniendo la respiración—. Es evidente que se ha fijado en ti. Eso puede ser útil o puede ser un problema, dependiendo de cómo se maneje. Por ahora, no hagas nada. Deja que sea él quien se mueva.

—¿Y si no se mueve?

—Lo hará —aseveró Constance, con una certeza absoluta.

Margaret volvió a mirar por la ventanilla. Belgrave Square estaba ya cerca.

Pensó en el salón de los Harcastle. En las conversaciones, las miradas, las reverencias.

Pero también pensó en lord Callum Vane levantando la copa en ese gesto mínimo.

Y en Dorian Wycliffe, mirándola desde el otro lado del salón con una intensidad que cortaba la respiración.

Cerró los ojos y solo los volvió a abrir cuando el carruaje se detuvo frente a la puerta de Belgrave Square.

Estaba agotada y no se sentía con fuerzas para pensar en nada más.

Esa noche solo quería dormir.