Capítulo 5
—No... Así, no.
Margaret miró a lady Constance, extrañada.
—¿Por qué?
—Ese vestido no es en absoluto el apropiado —expuso Constance con dureza, como si la joven acabara de cometer un error catastrófico.
—Pero si es... precioso.
—Cierto, es muy hermoso. Y te sienta muy bien. Pero no es el que debes lucir esta noche.
—¿Acaso no es un vestido de velada? —preguntó Margaret tratando de mantener la paciencia.
Según le había explicado lady Constance, la velada en casa de los Harcastle era el tipo de evento apropiado para una primera aparición.
No demasiado grande, pero sí lo bastante concurrido para que Margaret pudiera ser presentada a las personas adecuadas sin que la atención recayera sobre ella de manera excesiva.
Distaba de ser un baile de temporada con doscientos invitados, por lo que se lo podrían tomar como un ensayo general donde podría poner en práctica sus dotes teatrales antes de que llegaran los eventos importantes.
Lo que Margaret no había anticipado era que la primera controversia con su anfitriona tendría lugar a causa de la elección de su vestuario.
—Mi madre lo confeccionó específicamente para...
—Tu madre será muy buena modista, pero no sabe qué debe llevarse según qué momentos.
Yo sí lo sé. —Constance ya se había puesto de pie y la miraba como si ella fuera la única persona con la verdad absoluta—.
No digo que no sea un vestido apropiado...
pero para la tercera o cuarta salida. No para la primera.
—No entiendo la diferencia.
—Ya lo entenderás. —Se acercó a la joven, la estudió un momento más y luego dijo con una decisión que no admitía discusión—: Llevarás el vestido verde que me enseñaste cuando llegaste hace unos días.
—¿El verde? ¿No le parece que es demasiado pronto para lucirlo? En cambio, este otro considero que es apropiado porque… —empezó a rebatir.
—En absoluto —la interrumpió—; el otro es exactamente lo que necesitas esta noche.
—Lady Constance, llevo días escuchándole decir que debo ser discreta, que no debo llamar demasiado la atención, que una joven de mi posición debe…
—Disculpa, ¿qué posición? —Aquello sí que era un dardo en toda regla, y la joven tuvo que morderse la lengua para no saltar.
—Usted ya me entiende —se limitó a contestar, apretando los dientes.
—Una joven de buena posición —que era otra manera de decirlo— debe causar la impresión correcta en el momento adecuado.
Y ese momento es esta noche, porque es la primera vez que te van a ver.
—Hizo una pausa y la volvió a mirar de arriba a abajo—.
Las primeras impresiones no se repiten, señorita Ashby.
En este mundo, eso no es una observación. Es una ley.
El salón quedó en silencio un momento. Margaret no disponía de la experiencia necesaria para poder rebatir su explicación.
—Está bien —cedió al fin.
Constance asintió y la apuró para que regresara a su dormitorio a cumplir sus indicaciones.
—Vamos tarde, así que solo dispones de veinte minutos —le advirtió, y sin más, regresó a su sillón.
Cuando Margaret se puso el vestido verde por segunda vez —la primera había sido en el taller de Gracechurch Street, para que Eleanor comprobara el largo— lo sintió diferente a cómo lo recordaba.
Por supuesto, no es que hubiera cambiado.
Seguía siendo el mismo tejido, el mismo corte y los mismos bordados dorados en el escote que su madre había tardado dos tardes en terminar.
Pero la habitación de Belgrave Square no era el taller de su madre, y el espejo del armario de su habitación, no era el del cuarto de visitas que usaban las clientas.
Tampoco la chica que se miraba en él era del todo la misma que se lo había probado días atrás con los ojos de quien todavía no sabe para qué sirve exactamente lo que lleva puesto.
Se miró.
Tuvo que admitir que el vestido verde era, en efecto, extraordinario. No en el sentido de que fuera recargado o excesivo, sino porque lograba un contraste entre la luz y el color de su piel, junto con la línea de sus hombros, que la hacía destacar de un modo que ella no conseguía explicar.
«Con él, conseguirás que todos te vean», le había dicho su madre.
Margaret respiró hondo una vez. Dos. Tres. Y cuando se sintió preparada, cogió los guantes blancos de la mesilla y se los puso con cuidado.
Se acercó al espejo para comprobar que su melena castaña y los adornos que llevaba estuvieran en su sitio. Por último, cogió el chal y lo echó sobre su antebrazo.
Ahora sí, estaba lista.
O al menos, eso era lo que no paraba de repetirse a sí misma.
El carruaje de Constance tardó veinte minutos en llegar a la residencia de los Harcastle, situada en Grosvenor Square y que era, desde el exterior, el tipo de casa que cabía esperar de alguien que vivía en aquella zona de la ciudad.
Al bajar, Margaret lo observó todo con atención.
Desde la anchura de los escalones, hasta la luz que se filtraba a través de las ventanas o las siluetas moviéndose al otro lado de los cristales.
Pensó que llevaba años imaginando entrar a un sitio como ese y ahora, por fin, estaba a punto de hacerlo.
Una repentina sensación de miedo la invadió, mezclada con la idea de que lo que estaba a punto de atravesar no era solo una puerta, sino una línea que la gente como ella jamás tendría permitido cruzar.
Y que, al otro lado, la esperaba un mundo que la había ignorado durante veinte años, pero que esta noche, por primera vez, iba a tener que mirarla.
—Recuerda —le dijo Constance, sin apartar la vista de algún punto frente a ella—: eres la señorita Ashby. De Shropshire. Yo te presento, tú sonríes y escuchas. Nada de hablar demasiado.
—Lo sé —contestó Margaret.
—Y nada de mirar alrededor como si fuera la primera vez que entras a un salón, ¿entendido?
—También lo sé, señora.
Constance la miró un momento.
—Bien. Entonces, entremos de una vez.
El salón de los Harcastle era exactamente lo que Margaret había imaginado, y al mismo tiempo, también era diferente.
Lo había recreado luminoso —y lo era, con las arañas de cristal encendidas, los candelabros en las paredes y esa luz dorada que parecía iluminar cada rincón—.
Las voces, el ruido de la música de fondo, el roce de telas y el tintineo de las copas llenaban el sonido de aquellas estancias, concurridas de personas que parecían conocerse desde siempre y que charlaban de forma animada, pero contenida a la vez.
Lo que no había aventurado era cómo se sentía el peso del reconocimiento. De entrar a un lugar por primera vez y sentir en la piel cómo la sala, de manera lenta, gradual, empezaba a reparar en su presencia.
Una mirada aquí. Un giro de cabeza allá. Una conversación que se interrumpía un segundo y luego continuaba. Era algo sutil, casi imperceptible, pero que resultaba evidente cuando uno era el motivo de esa atención.
Y era justo lo que le estaba ocurriendo a Margaret.
De manera instintiva, se acercó más a Constance, que parecía completamente serena, en su elemento.
Se dijo a sí misma que debía ser a causa del vestido, que estaba logrando exactamente lo que Eleanor había prometido que haría, pero no por ello dejaba de hacerla sentir un tanto incómoda.
Constance la condujo hacia un grupo de personas cerca de los ventanales, formado por tres mujeres de mediana edad y un hombre mayor, y empezó las presentaciones con la naturalidad de quien lleva haciéndolo veinte años: mi querida pupila, la señorita Ashby, de Shropshire, una joven encantadora a quien tengo el placer de presentar en sociedad esta temporada.
Margaret sonrió. Hizo la reverencia correcta y contestó a las preguntas con las respuestas que llevaba preparadas de antemano:
«Sí, de Shropshire, cerca de Shrewsbury, un lugar muy tranquilo.»
«Sí, echo de menos el campo, aunque este cambio de aires resulta gratificante…» Y también escuchó las observaciones de las tres mujeres con la atención de quien sabe que escuchar es más valioso que hablar.
Constance había demostrado tener razón en eso. La gente hablaba, y ella escuchaba, sonreía, y de vez en cuando, decía exactamente lo justo. El resultado fue que las tres señoras parecían encontrarla encantadora, sin que Margaret hubiera hecho gran cosa para merecerlo.
Fue durante la segunda presentación, un grupo más joven esta vez de dos chicas de edad aproximada a la suya que iban acompañadas por sus respectivas madres, cuando lo vio por primera vez.
No hubo un momento en que se sintiera especial cuando sus miradas se cruzaron a través del salón.
Ni tampoco la sensación de que el tiempo quedara suspendido entre ambos, tal y como relataban las novelas que guardaba en la mesilla de su cuarto en Gracechurch Street.
Ocurrió cuando, escuchando a una de las chicas hablar sobre no recordaba qué, levantó la vista un instante y observó a un hombre apoyado en la pared junto a uno de los ventanales con una copa en la mano.
Miraba con apatía a los invitados que abarrotaban el salón principal, pero había algo en su postura que le llamó la atención.
Sin saber explicar el motivo, tenía algo que lo hacía parecer diferente del resto de los hombres presentes.
Finalmente, su mirada se posó en ella.
Fue un instante, brevísimo, en el que él no apartó la vista de inmediato, lo que provocó que Margaret sintiera un repentino calor en sus mejillas.
Luego él desvió la vista hacia algún otro punto del salón y ella volvió a la conversación que se estaba manteniendo a su alrededor. Pero no pudo olvidar la sensación que le habían provocado aquellos ojos durante un rato.
Fue Constance quien, más tarde, sin que Margaret lo hubiera preguntado, le proporcionó el nombre de aquel hombre.
Entre presentación y presentación, en uno de esos breves paréntesis en los que Constance evaluaba el salón con sus ojos grises para decidir adónde ir a continuación, le dijo en voz baja:
—Lord Callum Vane. Barón de Vane. El hombre junto al ventanal del fondo.