Capítulo 4 #2
Esa misma tarde, la propia lady Constance la acompañó durante una visita guiada por la casa.
Ya que aquella iba a ser su residencia durante los próximos meses, era necesario que estuviera al tanto de dónde quedaba todo.
La condujo por las habitaciones principales: el salón de música, la biblioteca, el comedor formal, la salita de mañana…
También las del servicio, donde no debía entrar, aunque sí convenía saber dónde quedaba.
Margaret la seguía y miraba.
Sin lugar a dudas, era una casa hermosa.
Cada habitación estaba decorada con un gusto exquisito.
Los muebles eran buenos. Las telas, aun mejor.
Había flores frescas dispuestas en hermosos jarrones y los cuadros, en su mayoría de paisajes ingleses, aunque le parecieron un poco apagados, quedaban perfectamente enmarcados en el contexto de la vivienda.
Lo que no tenía la casa era calidez. Y no de temperatura, ya que estaba caldeada al punto justo para que no resultara ni fría ni caliente.
Pero había algo que hacía que pareciera más un escenario que un hogar de verdad.
Pensó en su casa, y tuvo claro que el calor que se respiraba en ella era muy diferente a esta otra.
Quizás no fuera tan suntuosa o tan impresionante en cuanto a diseño y estética, pero aquella sí que era realmente un hogar.
—Esta será tu salita —le anunció la señora, abriendo una puerta al final del pasillo de la planta baja—. Estará siempre a tu disposición para cuando quieras tener más privacidad.
Era una habitación más pequeña que las otras, orientada al norte, con menos luz natural y una chimenea más modesta.
Agradable, sin duda. Funcional, también.
Pero que nada tenía que ver con la salita principal, que estaba situada al otro lado del pasillo, y por la que Constance había pasado sin apenas detenerse. Esta era, sin duda, mucho más modesta.
—Gracias —comentó Margaret con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Es usted muy amable.
—Me alegra que te parezca bien. Continuemos…
Margaret pensó de nuevo en su padre, cuando decía que lady Constance era una mujer fría.
No podía sino agradecer que le cediera una sala para ella sola, además de su propio dormitorio, pero por el tipo de mobiliario que había en su interior, dejaba patente que no merecía algo de mejor calidad.
No obstante, no sería ella quien se quejara en voz alta.
Bastante agradecida se sentía por aquella oportunidad, aunque fuera porque a su anfitriona no le había quedado más remedio.
Fue tras la cena, una vez que Bridget hubo recogido la mesa, cuando Constance quiso dejar clara una cuestión para evitar equívocos en el futuro.
—Hay algo que quiero dejarte claro —dijo Constance tras meditar bien sus palabras.
Margaret la miró y aguardó a que continuara.
—Lo que estamos haciendo —le explicó Constance sin mostrar ni un ápice de emoción en su voz— no es más que un trato.
Tu padre me ha ayudado y yo te ayudo a ti.
Es así de simple. No hay más. —Se detuvo un instante para coger la taza que reposaba sobre una pequeña mesa—.
No te pido que me estés agradecida; sino que seas discreta, que sigas las instrucciones que te doy y que no me compliques la vida innecesariamente.
El salón quedó en silencio, solo roto por el sonido del crepitar del fuego que ardía en la chimenea. Margaret consideró varias respuestas posibles, pero se limitó a elegir la más sencilla.
—Así será —replicó.
Constance asintió.
—Bien. Me alegra que nos entendamos.
Y continuó bebiendo su té como si nada hubiera ocurrido.
Cuando llegó a su habitación, Margaret se sentía exhausta.
No tanto porque hubiera tenido una jornada más o menos ajetreada, sino a consecuencia de los nervios de todo el día.
Conocer a lady Constance había sido... particular.
Estaba claro que no podía esperar amabilidad en exceso por su parte, pero confiaba en que al menos sí hubiera cierta cordialidad y un trato correcto durante los meses que convivirían bajo el mismo techo.
A pesar de ser solo su primer día fuera de casa, echaba de menos a sus padres.
Su cariño, su comprensión, el saberlos siempre ahí, aunque no necesitara nada en particular.
Aquello era amor, mientras que esto, no dejaba de ser un mero trato .
Así lo había definido lady Constance y debía hacerse a la idea de que, más allá de lo que requiriera ese acuerdo, no tendría a nadie. Solo a sí misma.
Y eso debía ser suficiente. Tendría que ser suficiente.
Se acercó al armario para quitarse el vestido y ponerse un camisón de los que solía usar cuando estaba en su casa. Para dormir, no le hacía falta ninguna prenda nueva; confeccionarlos sería un trabajo innecesario.
Vio la ropa colgada que había guardado aquella misma mañana. Solo había recogido lo más urgente; del resto ya se encargaría al día siguiente, si lady Constance no la requería de nuevo.
Se sentó en el borde de la cama y abrió el cajón de la mesilla donde había guardado el papel doblado con su historia: Margaret Ashby. Shropshire. Padre fallecido. Madre enferma.
Lo leyó una vez más, como hacía cada noche desde que su padre se lo había entregado. Se sabía cada línea de memoria, pero, aun así, seguía repasándolo por si acaso. Luego lo volvió a doblar, se metió bajo las sábanas y apagó la vela.
Al día siguiente empezaría su puesta en escena. Las visitas, las presentaciones, las instrucciones de Constance sobre quién era quién y cómo debía comportarse con cada uno. La historia de Shropshire puesta en práctica por primera vez. El ensayo general antes de que llegara la temporada de verdad.
Podía hacerlo. Y si no, tenía la tranquilidad de que siempre podía volver a casa.
Ese pensamiento fue suficiente para que el sueño por fin la arropara.
Mientras tanto, en el salón de la planta baja, lady Constance Merrow no dejaba de darle vueltas a una única idea: una temporada. Solo una temporada. Luego todo volvería a ser como antes.