La hija de la modista Capítulo 4
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Capítulo 4

Lady Constance Merrow llevaba exactamente veintidós minutos esperando junto a la ventana del salón principal cuando el carruaje que llevaba a Margaret dobló al fin la esquina de Belgrave Square.

No era una mujer a la que le gustara que la hicieran esperar.

No solo implicaba tener que depender del tiempo de otro, sino que, además, era una absoluta falta de respeto.

Aquella no era la mejor manera de empezar una relación con la que habría de ser su pupila durante la temporada que estaba por comenzar.

Al menos, el carruaje, aunque discreto, no era el vehículo desvencijado que podría haber esperado de alguien que venía a fingir que pertenecía a un mundo superior .

Thomas Hoper, pensó Constance, era un hombre que tenía en cuenta esos detalles, lo cual no lo hacía más simpático, pero sí más tolerable.

Cuando el coche se detuvo frente a la puerta, Constance observó a la chica que bajó de él. Y algo en ella le resultó... inesperado.

Había dado por sentado que, si no atractiva, sería cuanto menos una chica resultona.

Digamos que… aceptable para la alta sociedad londinense, pues de no ser así, dudaba mucho que su padre se hubiera tomado tantas molestias para hacerla pasar por joven casadera.

Sin embargo, aquella joven que bajaba con ese vestido de color crema, sencillo pero adecuado, y esa postura de quien no sabe todavía que la están mirando, era…

demasiado. Demasiado pelo, demasiado color en las mejillas, demasiada...

presencia, para alguien que acababa de llegar de provincias con un par de baúles y una historia inventada.

Constance sintió una punzada interior que, por supuesto, nada tenía que ver con la envidia, pues alguien como ella no se rebajaría a un sentimiento tan mundano.

Más bien se trataba de la incomodidad de saber que una chica así no pasaría desapercibida.

Todo lo contrario. Conocía demasiado bien los círculos sociales como para saber que, en cuanto saliera a la palestra, su presencia generaría conversación, preguntas, interés...

Algo demasiado peligroso para una historia que se sostenía sobre una base tan delicada como era el engaño y la mentira.

Observó cómo la muchacha se quedaba un momento en la acera mirando la fachada de la casa con una expresión que Constance tardó un segundo en descifrar.

No parecía asustada, sino expectante, consciente de que aquello era una realidad que se volvía tangible.

Y luego, tras un largo suspiro, se enderezó ligeramente en un gesto casi imperceptible, y subió los escalones que daban acceso a la vivienda.

Constance se apartó de la ventana.

Fue hacia el centro del salón, adoptó la postura adecuada —espalda recta, manos juntas y expresión neutra— y esperó a que llamaran a la puerta.

Bridget, la doncella principal, abrió y anunció a la señorita Ashby con la entonación respetuosa con que habría anunciado a cualquier visita importante.

Todo el servicio había sido informado días atrás de que Margaret Ashby iba a ser su pupila durante la temporada londinense, y que, por tanto, debían tratarla como tal.

Margaret entró y por primera vez, sus ojos se cruzaron.

Para sorpresa de Constance, la joven le sostuvo la mirada sin mostrar ningún gesto de apocamiento.

De hecho, tuvo la impresión de que la chica trataba de evaluarla de la misma manera que había hecho ella un momento antes, si bien sin la discreción que le otorgaban los cristales de la ventana.

Aquello le pareció inaudito. Las jóvenes de provincias que llegaban a Londres por primera vez solían desviar sus ojos hacia cualquier lado para mirar las habitaciones, los muebles, los techos... no directamente a las personas.

—Señorita Ashby —dijo Constance, con la calidez exacta que requería la situación ante Bridget.

—Lady Constance. —Margaret hizo una reverencia que, si bien no era perfecta, al menos sí podía calificarse como correcta—. Es usted muy amable al recibirme en su casa.

—Es un placer —le contestó por simple educación.

Era mentira, por supuesto. Pero era el tipo de farsa que se practicaba en ese mundo desde hacía siglos y que ella no iba a dejar de mostrar para que se la tildara de embustera.

—Bridget te mostrará tu habitación —continuó—. Cuando estés instalada, te agradecería que bajaras al salón. Tenemos algunas cosas de las que hablar antes de que empiece la semana.

—Por supuesto —dijo Margaret, obediente.

Constance la observó salir detrás de la sirvienta. La chica tenía buena planta. Se movía bien, sin la torpeza que podría haberse esperado. Y había algo en su forma de mirar, directa, pero a la vez curiosa y aguda, que podía resultar a la vez su mayor activo, pero también, su mayor peligro.

— Demasiado observadora, me parece a mí— murmuró Constance.

Porque las chicas así eran casi siempre difíciles de manejar.

La habitación que la anfitriona le había asignado a Margaret estaba en el segundo piso, al fondo del pasillo, con una ventana que daba a un pequeño jardín interior.

Era una habitación agradable, amplia, con una cama de dosel, un armario de madera oscura y una chimenea que todavía no estaba encendida, pero que prometía ser útil cuando llegaran los fríos de verdad.

Dejó el sombrero sobre la cama y se quedó un momento en el centro de la habitación, mirando.

Era, sin duda, más grande que su cuarto en Gracechurch Street, pero también más silenciosa. Se le vino la idea de que allí no le llegaría el olor a comida recién hecha, como sí ocurría en su casa.

Bridget se había ofrecido a ayudarla a deshacer los baúles, pero ella había rechazado el ofrecimiento.

Así que la doncella había desaparecido con la promesa de que volvería al cabo de un rato, lo cual dejaba a Margaret sola por primera vez desde que saliera del que hasta entonces había sido su hogar.

Se acercó a la ventana.

El pequeño jardín interior estaba bien cuidado. Podía distinguir los setos recortados, un camino de gravilla y una fuente que, o bien no funcionaba, o bien a esa hora de la mañana no la habían encendido. Todo parecía estar exactamente como correspondía.

«Así que esto es lo que se ve desde dentro…» , pensó Margaret.

Por supuesto, no era el palacio que había imaginado a los diez años mientras miraba los preciosos vestidos que su madre confeccionaba para sus clientas.

Pero sí era una casa grande, bien mantenida, habitada por una mujer que sospechaba que sonreía lo justo y que la había mirado con una expresión medida y escrutadora.

Respiró, se apartó de la ventana y empezó a deshacer el primer baúl. Al fin y al cabo, su anfitriona le había dejado claro que quería verla en cuanto estuviera disponible, y era mejor no hacerla esperar.

Bajó al salón cuarenta minutos después. Constance estaba sentada junto a la chimenea, que había sido encendida, con una taza de té en la mano y la postura erguida que se presuponía debía tener una mujer de su estatus.

—Siéntate, por favor —le dijo al verla entrar, señalando el sillón del otro lado de la mesita.

Margaret obedeció.

Constance se levantó un instante para servirle el té con la misma precisión metódica con que lo había servido a Thomas Hoper semanas atrás. Le entregó la taza caliente con pulso firme, y volvió a ocupar su asiento.

—Bien —dijo la viuda, atusándose los pliegues de su falda—. Antes de que empieces a conocer a nadie, hay algunas cosas que conviene que hablemos.

—La escucho.

Constance la miró un momento antes de empezar. La postura de la joven era la adecuada, y parecía que sabía prestar atención cuando se le indicaba. Bien. Ese era un buen comienzo.

Fue repasando, con voz tranquila y sin énfasis, las normas de la casa, los horarios, o las expectativas sociales de las semanas siguientes.

Quiénes vendrían a visitarlas. A qué eventos asistirían.

Cómo debía presentarse Margaret, qué debía decir y qué debía evitar, cómo debía comportarse en una cena, en un baile, o en un paseo.

Cómo debía realizar la reverencia correcta.

El tono adecuado a la hora de hablar, según a quien se dirigiera.

Los temas que se podían tratar frente a terceros y aquellos otros que, bajo ningún concepto, debían ser mencionados.

Margaret escuchó todo sin interrumpir, tomando nota mentalmente de cada indicación, de cada consejo, de cada palabra.

No tenía mala memoria, pero era tanta la información que le estaban proporcionando, que no le hubiera venido nada mal llevar un cuaderno, papel y tinta, para ir apuntando todo lo que le decía.

Aquella mujer parecía que no tenía fin a la hora de dar instrucciones.

—¿Está todo claro? ¿Alguna pregunta que desees realizar? —dijo Constance al terminar.

—Solo una: ¿qué debo hacer si alguien me interroga sobre algún asunto del que no sepa cómo responder?

—Era la misma cuestión que le hubiera formulado su padre semanas atrás, y ella dio su opinión según lo que le dictaba el sentido común.

Pero teniendo en cuenta que era un supuesto que bien podía darse, quería saber a ciencia cierta cómo debía actuar llegado el caso.

Constance la miró con una expresión inmutable.

—Sonreír —contestó al fin—. Y, a continuación, devolver la pregunta. Por lo general, la gente prefiere hablar de sí misma antes que escuchar a los demás.

Margaret asintió.

—Mi padre me dijo algo muy parecido —corroboró.

El rictus de la señora se volvió tenso durante un brevísimo instante, para cambiar de nuevo a su expresión inalterable con rapidez. No obstante, Margaret lo percibió.

—Estoy segura de que tu padre —argumentó Constance con una voz perfectamente neutra— es un hombre muy sensato.

La forma en que lo dijo no tenía nada de incorrecto. Era cortés, medida… no había nada que objetar. Y sin embargo…

Margaret tuvo la clara impresión de que la opinión que lady Constance guardaba de Thomas Hoper distaba mucho de ser indiferente.