Capítulo 3 #3
—Ya lo sé. —Se detuvo un instante y la miró con un profundo sentimiento reflejado en sus ojos—. De todas formas, no pierdas el contacto con nosotros. Escríbenos de vez en cuando para saber cómo te van las cosas. No puedes ni imaginar cuánto te vamos a echar de menos, pequeña.
A Margaret se le encogió el corazón de ternura.
Había estado tan inmersa en los preparativos, que no se había parado a pensar lo que iba a suponer la separación para sus padres.
Sabía que lo hacían por su bien, por su futuro, pero no quitaba que fuera la primera vez que durmiera lejos de su casa.
Se levantó de su asiento y se acercó al de su padre para abrazarlo con todo el amor que sentía por él.
—Lo haré, padre. Se lo prometo.
El día de la partida amaneció con lluvia.
Los baúles con sus enseres personales estaban preparados junto a la puerta de su cuarto, a la espera de ser llevados al coche de alquiler cuando este llegara.
Eleanor los había preparado la noche anterior, doblando cada prenda y colocando papel de seda entre las telas.
Todo bien dispuesto para que nada se arrugara en el trayecto.
En ellos no solo iban sus vestidos, sus libros o el neceser de Eleanor; también una pequeña bolsa con unas tijeras pequeñas, hilo y varias agujas, por si acaso .
Margaret se vistió con el vestido de muselina crema que su madre le había confeccionado y se miró en el pequeño espejo que tenía en su cuarto.
Margaret Ashby . De Shropshire. Padre fallecido. Madre enferma. Propiedad vendida.
La chica del espejo la miró de vuelta con una expresión que no era del todo suya, pero a la que se tendría que acostumbrar en los meses venideros.
Inhaló aire hasta llenar sus pulmones y lo fue soltando despacio.
Había llegado el momento.
El desayuno fue el más silencioso que Margaret alcanzaba a recordar. Para no perder la costumbre, Thomas leía el periódico… o por lo menos, lo tenía en las manos, porque era evidente que no avanzaba ni una sola página.
Eleanor sirvió el té dos veces, aunque las tazas no estuvieran vacías.
Margaret comió una tostada entera, que fue un acto de pura voluntad porque su estómago se encontraba completamente cerrado por los nervios.
A simple vista, todo parecía normal, lo habitual de una mañana cualquiera; pero la realidad, era bien distinta.
—No creo que tarde mucho en escampar —dijo Thomas, mirando hacia la ventana.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Margaret.
—Porque parece que el viento ha cambiado.
—Lleva lloviendo desde antes del amanecer.
—Ya. —Dejó el periódico—. Pero, de todas formas, estoy seguro de que dejará de llover en breve.
Margaret desvió sus ojos hacia su madre. Eleanor miraba su taza y en la comisura de sus labios había algo que en otro momento habría sido una sonrisa.
A las diez menos cuarto, el carruaje que Thomas había contratado apareció en Gracechurch Street con el ruido característico de los caballos sobre el adoquín mojado. Margaret lo oyó desde el salón y sintió algo que subía desde el estómago hacia algún punto entre el pecho y la garganta.
Todos se pusieron de pie al unísono, como si les hubieran pinchado.
Los baúles salieron primero, con ayuda del cochero y de Thomas, mientras Margaret observaba el proceso como si aquello no terminara de ir con ella.
Cuando el último baúl estuvo cargado, Thomas volvió a entrar y se quedó en el recibidor.
Margaret estaba junto a la escalera con el abrigo puesto y el sombrero en la mano.
Fue Eleanor quien se acercó primero.
No dijo nada. Le ajustó el cuello del abrigo y luego le tomó la cara entre las manos un momento, solo un momento, antes de abrazarla con fuerza.
—Recuerda: el verde —dijo su madre en voz baja en su oído— cuando necesites que te vean.
Margaret asintió.
—Y si en algún momento... —empezó a decir Eleanor.
—Me vuelvo a casa —la interrumpió Margaret—. Lo sé. Y tiene mi palabra de que así lo haré.
Eleanor asintió y soltó su cara tras dejar un beso en la mejilla de su hija. Dio un paso atrás manteniendo a duras penas la compostura. Fue entonces el turno de Thomas, que se acercó a su pequeña .
Se limitó a cogerle las manos entre las suyas y las apretó una sola vez. Sus ojos se veían vidriosos, pero al igual que Eleanor, supo mantener el tipo.
—Cuídate mucho, hija mía. Y nunca olvides que aquí siempre estará tu casa.
—No lo haré, padre.
—Y recuerda lo que hablamos…
Ella se limitó a asentir mientras se ponía el sombrero.
Abrió la puerta.
Fuera, la lluvia había parado, tal y como había vaticinado su padre un rato antes. El cochero, en el pescante del carruaje, miraba hacia algún punto neutral con paciencia, acostumbrado a aquel tipo de servicios.
Margaret bajó los tres escalones de la entrada. En el umbral, Thomas y Eleanor la observaban mientras ella se acercaba al vehículo. En el último momento, se volvió a mirarlos una vez más, como si quisiera grabar la imagen de sus padres a fuego en la retina.
—Os quiero.
Luego abrió el portón del carruaje y se subió a él. Con un tirón, el coche arrancó y avanzó por Gracechurch Street, hasta que dobló la esquina y desapareció.