La hija de la modista Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Empezaron por las medidas, aunque Eleanor se las sabía de memoria desde hacía años.

Al fin y al cabo, había cosido todos sus vestidos desde que era una niña hasta convertirse en mujer, por lo que las proporciones de su hija estaban grabadas en sus manos y en su cabeza.

No obstante, las repasó con la cinta métrica y las anotó en su cuaderno de medidas.

Margaret se quedó quieta en el centro del taller mientras su madre trabajaba sobre su cuerpo, pensando que llevaba toda la vida en ese mismo lugar, pero siempre del lado de quien cose, no de quien viste.

—Relájate, Margaret. Estás tensa —la reprendió Eleanor, sin levantar la vista.

—No lo estoy, madre.

—Tienes los hombros subidos. No hay más que verte.

Margaret los bajó deliberadamente.

—Así está mejor…

Trabajaron en silencio durante un rato. Eleanor medía y anotaba mientras Margaret miraba las telas sobre la silla y pensaba en Belgrave Square, en el salón azul que su padre le había descrito y en una mujer con ojos grises que iba a acogerla no por gusto, sino por necesidad.

—¿Tiene idea de cómo era de joven? —preguntó Margaret.

Eleanor levantó la vista.

—¿Quién?

—Lady Constance. ¿La conoció antes de que enviudara?

Eleanor siguió centrada en su labor.

—La vi en alguna ocasión que vino acompañando a alguien, pero ella nunca ha sido clienta mía. Sus vestidos los confeccionaba otra modista, alguien con más nombre que yo en esos años.

—¿Y qué impresión le causó?

Su madre meditó la respuesta mientras le sujetaba un trozo de tela con un par de alfileres.

—Uy, hija, de eso hace ya mucho tiempo.

—Vamos, madre. Usted tiene muy buena memoria y sabe leer a las personas mejor que nadie. Seguro que la recuerda...

—Bueno, era una de esas mujeres que entran a un sitio y solo ven el espacio, los muebles o las telas.

Pero no se fijan en las personas que los habitan.

—Eleanor anotó algo en su cuaderno—. No digo que lo haga por maldad, sino que más bien sea una cuestión de costumbre.

Ten en cuenta que son damas que se han criado de una manera diferente a como lo hemos hecho nosotros.

Supongo que como cuando vives rodeada de sirvientes.

Están tan acostumbrados a su presencia, que ni siquiera se dan cuenta de que están ahí.

—Entiendo lo que quiere decir. Y… ¿qué cree que opinará de mí? —preguntó llegando a la esencia de la cuestión.

Eleanor tardó un momento en responder.

—Creo —dijo con cuidado— que solo verá lo que a ella le convenga. Y que el resto dependerá de ti.

Aquella no era lo que se dice una respuesta tranquilizadora, pero al menos, era honesta. Y eso era algo que Margaret valoraba, porque prefería saber a qué se enfrentaba, que toparse de bruces con ello sin esperárselo.

El primer vestido que Eleanor terminó fue el de muselina crema.

Tardaron cuatro días de arduo trabajo, que comenzaba antes de que el resto de la casa despertara y terminaba cuando la vela ya no daba más de sí. Cuando Margaret lo vio colgado en la percha, sobre la puerta del taller, no pudo evitar que su pecho se hinchara por la emoción.

No porque fuera especialmente vistoso...

De hecho, era más sencillo de lo que había imaginado, sin adornos excesivos ni detalles que llamaran la atención.

Pero había algo en el corte, en la forma en que la tela caía desde los hombros, en la línea del talle, que lo hacía exactamente correcto de una manera que era difícil de explicar.

—Es… perfecto, madre —dijo.

—Es apropiado —la corrigió Eleanor—, que no es lo mismo; pero es lo que necesitas ahora.

—Se acercó y ajustó un pliegue de la falda—.

Las jóvenes que acaban de llegar a la ciudad no llegan con vestidos perfectos.

Llegan con vestidos buenos. Hay una diferencia.

Luego, para los paseos durante el día, podrás usar los tuyos sin problema.

Y para la noche, de momento tienes el azul y el verde.

—¿De momento?

—Cielo, sabes que dos vestidos de gala para una temporada que dura meses resultan insuficientes, aunque combines los accesorios para hacerlos parecer diferentes.

Pero al menos, tienes algo con lo que comenzar, y podré disponer de más tiempo para trabajar en los otros.

El azul será para las veladas. Y el verde...

— Eleanor dudó un instante buscando la mejor manera de expresarlo—.

El verde será para cuando necesites destacar. Con él, conseguirás que todos te vean.

Margaret miró a su madre con curiosidad.

—¿Destacar? ¿Y cuándo voy a necesitar eso?

Eleanor le devolvió la mirada con una expresión que contenía veintitrés años de observar a mujeres entrar y salir de ese taller, de escuchar conversaciones en silencio, de coser vestidos para cuerpos que pertenecían a un mundo que no era el suyo pero que conocía mejor que muchas de las que vivían en él.

—Lo sabrás cuando llegue el momento —dijo.

Dos días antes de la partida, Thomas se sentó con Margaret en el despacho y repasaron la historia una vez más. No porque ella no se la supiera, sino porque su padre necesitaba oírsela contar. Según como lo hiciera, resultaría creíble o no.

Margaret habló durante diez minutos. Su padre escuchó sin interrumpir, con los codos sobre la mesa, los dedos entrelazados, mientras parecía evaluarla con atención.

Cuando terminó, Thomas guardó silencio un momento.

—Está bien —dijo.

—¿Solo bien, padre? —refunfuñó.

—Será suficiente —Hizo un gesto con la mano, con la intención de pasar a otro asunto—. Pero, Margaret, hay una cosa más que quiero decirte antes de que te marches.

—Usted dirá...

Buscó las palabras adecuadas para exponer lo que le rondaba la cabeza. A medida que la fecha de la partida de su hija se aproximaba, había una cuestión que para él era importante de tratar.

—Si en algún momento sientes que la situación se te va de las manos, no esperes —le dijo con decisión—. Escríbeme y me lo cuentas, que yo sabré qué hacer y, si es necesario, te sacaré de allí. Pero no escribas a tu madre, porque ya sabes cómo es y se preocupará antes de tiempo. A mí, ¿de acuerdo?

—Padre, voy a estar bien.