Capítulo 3
Margaret no esperaba que, a la mañana siguiente, ya hubiera noticias sobre la fecha para poner en marcha el acuerdo que se había firmado entre su padre y lady Constance.
El día anterior le habían dicho que tendría que esperar entre tres y cuatro semanas, pero durante el desayuno, se enteró de que los plazos se acortaban.
—Dos semanas —anunció su padre tras dejar el periódico doblado junto al plato, para tomar su taza de té con las dos manos.
Margaret dejó el cuchillo sobre la mesa.
—¿Dos? —repitió—. ¿Pero no iban a ser al menos tres?
—Lady Constance considera que es conveniente que llegues antes para pulir la historia y que todo parezca creíble. —Thomas la miró—. Lo que significa que también nosotros tendremos que acelerar los preparativos.
Eleanor, que había estado untando mantequilla en una tostada, dejó el cuchillo a un lado, al igual que había hecho su hija.
—No sé si será suficiente para preparar el vestuario de Margaret —advirtió con cierto tono de alarma—. Son demasiadas prendas las que hay que confeccionar.
—Tendrá que serlo, mujer —aseveró su esposo con rotundidad.
—Para un par de vestidos, puede que sí —refutó Eleanor—. Pero no vamos a llegar para tener listo el resto...
—Ya se nos ocurrirá algo —respondió Thomas, con esa seguridad aplastante que solía mostrar cuando se avecinaban problemas.
Margaret los escuchaba a los dos con atención, sin perder detalle. No podía dejar de pensar que justamente dos semanas era la misma cantidad de tiempo que llevaba el vestido de lady Ashmore en el taller. Y no era lo mismo preparar un solo vestido, que todo un guardarropa.
Respecto a los de diario, podría apañarse con los suyos. Sin embargo, los de gala, los que tendría que llevar a las fiestas... eso sí que le preocupaba.
No obstante, si se ponían manos a la obra, podría hacerse. Con trabajo, todo era posible. Su madre y ella estaban acostumbradas a trabajar a destajo para que sus clientas tuvieran nuevos vestidos cada vez que acudían a un baile.
—Si eso es lo que tenemos, habrá que adaptarse. Así que, ¿por dónde empezamos? —preguntó la joven, dispuesta a enfrentar cualquier problema que pudiera surgir. No en vano, era digna hija de su padre.
Thomas la miró y sonrió con orgullo; no esperaba menos de Margaret.
—Por la historia, porque será la base de todo —aseguró con la misma decisión que ella mostraba.
Se dirigieron al salón, donde disponían de más espacio. Thomas llevó papel y pluma para ir tomando nota de las cuestiones principales que conformarían el relato principal de la trama que iban a desarrollar.
—Bien, en primer lugar, empecemos por el nombre —anunció el patriarca, con la pluma preparada.
—Margaret —comentó su hija. Como bien habían acordado la noche anterior, no había motivo alguno para modificarlo.
—De acuerdo; eso lo mantenemos. —Lo anotó en el papel—.
Ahora el apellido. Tiene que ser uno que no llame la atención.
Es decir, que no sea ni demasiado ilustre, ni demasiado común.
Algo que pueda pertenecer a cualquier familia de provincias sin que nadie sienta la necesidad de buscar información sobre él.
—Thomas tamborileó los dedos sobre el tablero de la mesa—. ¿Qué os parece Ashby?
—Suena a campo —dijo Eleanor.
—Eso es justo lo que estamos buscando. ¿Qué opinas tú, hija?
Margaret lo consideró.
—Margaret Ashby —dijo en voz alta, probando el resultado. En efecto, sonaba a otra persona, lo cual no dejaba de ser el objetivo que se perseguía—. Me parece bien.
—Entonces, ya tenemos otra cosa más —dijo Thomas mientras lo escribía junto al nombre—.
Lo siguiente, y sin duda lo más importante, el origen.
—Meditó un instante, antes de volver a hablar—.
Familia procedente de Shropshire. El padre, de nombre Edward Ashby, que falleció hace tres años, era un caballero de fortuna modesta que conoció a lady Constance hace algún tiempo a través de círculos sociales comunes.
La propiedad familiar tuvo que venderse para cubrir deudas.
La madre lleva dos años enferma y vive retirada en el campo.
Margaret lo escuchaba construir su vida falsa con la misma eficiencia práctica con que revisaba una columna de números del libro de contabilidad de cualquiera de sus negocios.
No pudo evitar pensar que, de habérselo propuesto, su padre hubiera resultado un novelista bastante bueno de haber elegido esa profesión en lugar de la de comerciante.
—¿Y cuál es el motivo por el que me acoge lady Constance? —preguntó.
—Porque le debe un favor a tu padre. —Thomas levantó la vista y la señaló con la pluma—.
Una deuda de honor. Él la ayudó en un momento difícil años atrás y ella nunca tuvo ocasión de devolvérselo.
Ahora que él ha muerto y tú estás sola en Londres visitando a una tía lejana, Constance ha decidido que este es el momento de saldar esa deuda.
—¿Qué tía lejana?
—Una que no existe, claro está —argumentó Thomas—. Y si alguien pregunta por ella, le diremos que ha tenido que regresar al campo para acompañar a tu madre. Dudo mucho que ese tipo de detalles se verifiquen siquiera.
Eleanor, que había estado escuchando toda la conversación con los brazos cruzados, los interrumpió para formular una nueva cuestión.
—¿Y si alguien conoce Shropshire? ¿Qué pasaría si le preguntan por lugares concretos, por familias, o por cualquier otra cosa? Margaret no ha estado allí nunca.
Thomas desechó el posible problema con un gesto de la mano.
—Shropshire es lo bastante grande para que nadie conozca a todo el mundo —dijo Thomas—. Y la gente de Londres que frecuenta los salones de Mayfair, no suele tener un conocimiento detallado de la geografía rural de las Midlands.
—Pero, ¿y si lo tienen? —insistió Eleanor.
Thomas miró a su hija.
—Margaret —se dirigió a esta entrecerrando los ojos con inteligencia—, si alguien te formulase una pregunta que no supieras responder, ¿qué harías?
La joven lo meditó un momento.
—Devolvería la pregunta —contestó—. O cambiaría de tema. O diría que prefiero no hablar de ello porque me resulta doloroso.
Thomas volvió a señalar hacia ella con la pluma en un gesto de conformidad.
—Muy bien, hija —concordó—. Las historias tristes tienen la ventaja de que la gente educada no insiste. Y si lo hacen, significa que no son personas con las que valga la pena conversar.
Eleanor no dijo nada, y no le quedó más remedio que aceptar la respuesta, aunque no estaba del todo segura de que pudiera funcionar.
—Hay otra cosa que también deberíamos tomar en consideración —dijo Margaret, pensativa.
—¿De qué se trata?
—Madre tiene clientas en Mayfair. Mujeres que han estado en este taller. Cabe la posibilidad de que en algún momento me hayan podido ver, aunque sea de pasada.
El silencio que siguió fue breve pero denso.
—¿Cuántas veces crees que ha podido ocurrir eso? —preguntó Thomas.
—No muchas. Madre siempre me ha mantenido apartada del taller durante las visitas. Pero eso no quita que alguna vez...
—Alguna vez no es suficiente para un reconocimiento seguro —la interrumpió su padre, con más convicción de la que quizás sentía—. Especialmente si vas vestida de forma distinta, en un contexto completamente diferente. La gente solo ve lo que espera ver .
Margaret asintió. Era verdad. Ella misma lo había comprobado en numerosas ocasiones: las clientas de su madre miraban a Eleanor, miraban el vestido o miraban el espejo. El resto del mundo no era más que decorado.
—Aun así —dijo Eleanor, en voz baja— deberías tener cuidado con lady Ashmore. Es de las que se fijan en todo.
—De acuerdo, lo tendré.
Thomas anotó todas las cuestiones que habían quedado decididas en el papel que tenía delante, y cuando terminó, lo dobló en dos y se lo entregó a Margaret.
—Apréndetelo, hija —dijo—. Hazlo tuyo, porque hay una gran diferencia entre memorizar una historia y creerla de verdad. Y no debemos permitir que la gente note cuál de las dos cosas estás haciendo.
Margaret cogió el papel.
Margaret Ashby. Shropshire. Padre fallecido. Propiedad vendida. Madre enferma en el campo.
Lo leyó un par de veces. Después lo dobló y se lo guardó en el bolsillo.
—Pierda cuidado, padre. Así lo haré.
Esa misma mañana, mientras Margaret releía por enésima vez el papel con su nueva historia y Thomas revisaba documentos en su despacho con la puerta entornada, Eleanor desapareció en el taller, del que no salió durante horas.
Cuando Margaret fue a buscarla para anunciarle que el almuerzo se serviría en breve, pudo ver sobre la silla del pasillo tres piezas de tela que reconoció al instante.
La primera era una muselina de color crema de tacto fino y delicado.
La segunda, una seda de color verde oscuro que Eleanor guardaba desde hacía dos años en el fondo del armario con la excusa de para cuando haga falta .
Y la tercera era un paño azul medianoche que su madre pensó que causaría furor entre sus clientas la temporada anterior, pero que por algún motivo que nunca llegó a entender, nadie quiso utilizar.
—Madre…, ¿las tres? —preguntó, en alusión al material.
—Sí, hija —confirmó Eleanor, sin volverse—. Y serán necesarias más, pero al menos, es importante que lleves algo adecuado para el comienzo de la temporada.
—Pero… es demasiado trabajo para tan solo dos semanas.
—Ya lo sé.
—No puede coser tres vestidos en tan poco tiempo y además…
—Margaret —Eleanor se volvió y la miró con una expresión que no parecía tener discusión—, puedo coser tres vestidos en dos semanas porque llevo veintitrés años cosiendo para mujeres que me exigían tenerlo en menos tiempo y por un motivo menos importante que este.
Margaret consideró un momento si valía la pena seguir discutiendo, y llegó a la conclusión de que no.
—Está bien. Yo me ocuparé de los vestidos de las clientas que están pendientes de terminar. Entre las dos, podremos hacerlo.
—Claro que sí. Con tu ayuda, lo sacaremos adelante, como siempre.