Capítulo 2 #3
Margaret asintió despacio. Aquello estaba dejando de ser el sueño ideal que había imaginado durante media vida, para convertirse en algo mucho más complicado y real.
—¿Y si alguien me pregunta por mis orígenes? —le cuestionó, preocupada no tanto por el relato que debía inventar, sino por la idea de tener que renunciar, al menos temporalmente, a aquel apellido del que estaba tan orgullosa, por más que careciera de abolengo.
—Dirás que provienes de una familia empobrecida de provincias —soltó Thomas sin inmutarse—.
Los detalles los trabajaremos juntos. No hace falta que sea demasiado elaborado; las historias simples son más fáciles de sostener que las complejas.
Un padre fallecido, una propiedad que ya no existe...
Podríamos decir que lady Constance te acoge por una deuda de honor que tenía con él.
—¿Y mi acento?
Thomas la miró y frunció el ceño.
—¿Qué pasa con tu acento?
—Que no parece de provincias.
—Por supuesto que no. Suena al de alguien que ha sido bien educada, lo cual es más que correcto. Las familias venidas a menos también educaban a sus hijos.
Margaret consideró esto.
—¿Podría mantener al menos mi nombre?
—Margaret es un nombre perfectamente aceptable en cualquier salón de Londres. El apellido lo ajustaremos. Algo que no llame la atención y que no haga que nadie busque en los registros.
Eleanor, que había estado escuchando con atención, volvió a participar en la conversación:
—Thomas... ¿Crees que ella va a tratarla bien?
La pregunta era sencilla.
—Creo que va a cumplir el trato —dijo con sinceridad—, que no es exactamente lo mismo.
Eleanor asintió. Era la respuesta que esperaba, aunque no la que habría querido escuchar.
—Entonces —dijo, y se volvió hacia su hija con una mirada que mezclaba preocupación y determinación a partes iguales—, ya que has decidido seguir adelante, hagámoslo bien. Empezando por el guardarropa.
—¿El guardarropa? —repitió Margaret, con el entusiasmo contenido.
—No puedes llegar a casa de lady Constance Merrow con lo que tienes en el armario.
—Eleanor ya estaba de pie, con la energía de quien sabe que tiene mucho trabajo por delante—.
Voy a necesitar tela de las buenas; no cualquier retal.
Y tiempo. Durante las próximas dos semanas, tendré que dejar un poco de lado los encargos. Mi hija va primero.
—Eleanor —dijo Thomas—, acabamos de resolver un problema de ocho mil libras. Creo que podemos permitirnos…
—No es cuestión de dinero —lo interrumpió ella con determinación—. Es cuestión de que, si mi hija va a entrar en ese mundo, va a hacerlo vestida como corresponde. Y eso sí que puedo dárselo yo.
Esa noche, mucho después de que la conversación hubiera terminado y la casa se hubiera quedado en silencio, Thomas Hoper se quedó sentado en su despacho con las cuentas abiertas delante y la vista puesta en algún punto por encima de ellas.
Se dijo a sí mismo que había hecho lo correcto, dentro de las opciones disponibles.
Margaret quería ese mundo. Lo había querido desde los siete años, desde los diez, desde los quince… con esa perseverancia, a veces silenciosa, que era uno de sus rasgos más definitorios y que había heredado, sin ninguna duda, de Eleanor.
Estaba en sus manos el poder cumplir el sueño de su hija, si bien no era ajeno a lo que podría ocurrir en el futuro.
Era probable que Margaret, en algún momento de la temporada, descubriera que el mundo que había visto desde la ventana del taller no era tal y como ella imaginaba y que durante tanto tiempo había idealizado.
No quería que le hicieran daño. Eso era lo primero y lo último.
Pero también sabía que el daño controlado era a veces la única forma de que ciertas verdades se mostraran tal cual eran. Y eso solo podía descubrirlo desde dentro, desde el interior de aquella sociedad decadente.
Cerró las cuentas y apagó la vela.
Antes de subir, pasó por delante del cuarto de Margaret. Había luz por debajo de la puerta cerrada; su hija seguía despierta. Probablemente pensando. Seguramente, imaginando.
Luego siguió hacia su propia habitación.
En efecto, Margaret estaba sentada en el borde de la cama con una tarjeta de lady Constance con su dirección grabada en relieve que su padre le había entregado.
No sentía miedo. O sí… pero mezclado con una sensación de anticipación.
Pensó en el vestido de lady Ashmore. En la seda marfil a contraluz.
«Así es como se siente ser de ese mundo.»
Dejó la tarjeta en la mesilla y apagó la vela.
En Belgrave Square, a dos millas de distancia, lady Constance Merrow estaba también despierta.
Sentada ante su escritorio, con una hoja de papel en blanco delante y la pluma en la mano, pensaba en cómo redactar la nota que tendría que enviar a sus conocidas para anunciar la llegada de su nueva pupila.
«Una joven de familia respetable a quien acojo con mucho gusto» —dijo en voz baja, probando cómo quedaba la frase.
Eran el tipo de palabras que sonaban bien y no decían nada, que era precisamente su utilidad.
Y con esa idea, empezó a escribir y a planificar la próxima temporada.