La hija de la modista Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Algo en la expresión de Constance cambió levemente, en parte sorprendida por la seguridad que destilaba aquella respuesta.

—No obstante, debo insistir en mi pregunta: ¿y si no encaja? ¿Y si resulta que es imposible presentarla de forma convincente?

Había que valorar todas las opciones.

—Entonces habremos hecho lo que hemos podido y la deuda quedará saldada igualmente —afirmó Thomas—. No le pido garantías de resultado, señora. Le pido un esfuerzo razonable de su parte y, por supuesto, buena fe.

Buena fe. Constance repitió esas palabras mentalmente y casi sonrió. Casi.

—Bien —dijo al fin—. Creo entonces que tenemos un acuerdo.

Thomas asintió una sola vez.

—Perfecto. Me alegra oírlo.

Constance dejó la taza y se puso de pie. Era su forma de indicar que la entrevista había terminado. Él se levantó también, con la certeza de quien reconoce una señal.

—Le haré llegar el acuerdo por escrito esta semana: los términos de nuestro acuerdo, la condonación... todo firmado —le aseguró el señor Hoper.

—Puede enviárselos a mi abogado.

—Por supuesto.

Durante un instante, ambos se miraron sin decir nada, pero sabedores de lo que pasaba por la cabeza del otro.

Thomas pensó que aquella mujer iba a cumplir el trato porque no le quedaba otra, pero que no iba a disfrutar de ello ni un solo día.

Y Constance, por su parte, que aquel hombre sabía exactamente lo que estaba comprando, y que esa claridad era, al mismo tiempo, lo más respetable y lo más insolente de él.

—Buenos días, señor Hoper.

—Buenos días, lady Constance.

El mayordomo apareció como por arte de magia y acompañó a Thomas hasta la puerta.

Al llegar a la calle, el olor a carbón y a lluvia inminente, tan propio de aquella ciudad, le inundó sus fosas nasales.

Se limitó a colocarse el sombrero y echó a andar, deseoso de contar a su familia las nuevas noticias.

El señor Hoper llegó a su casa más temprano de lo habitual, lo que provocó que Eleanor levantara la vista de la labor para centrarla en su esposo que acababa de entrar en el salón.

Margaret, sentada junto a la ventana que daba a la calle principal, tenía en su regazo un libro que era evidente que no había estado leyendo.

Los nervios que la atenazaban desde que su padre salió por la mañana de casa le habían impedido mantener la concentración en la historia que tenía en sus manos.

Thomas colgó el sombrero y aceptó la taza de té que Eleanor le puso delante sin necesidad de preguntarle.

Si había algo que había aprendido en sus treinta años de matrimonio, era que su marido necesitaba un momento de paz mental antes de contar algo importante. Y si era con un té de por medio, mejor.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Eleanor al fin, cuando consideró que el tiempo transcurrido era suficiente.

—Como era de esperar —contestó Thomas soltando un suspiro. Dejó la taza sobre una mesa cercana y miró a su mujer—. Ha aceptado, aunque estoy seguro de que mi oferta no ha sido de su agrado.

—¿Sin condiciones? —quiso saber Eleanor.

—Bueno, ambos estamos conformes en que nadie debe saber de dónde viene Margaret, pues de lo contrario, esta farsa nunca funcionaría. Así que puede decirse que sí, que estamos de acuerdo.

Margaret cerró el libro de un golpe seco, mientras luchaba por controlar la agitación que aquellas palabras acababan de provocarle.

—¿Cómo es ella? —preguntó la joven, mostrando un ligero temblor en la voz.

Era la primera vez que hablaba desde que Thomas llegara y había seguido con intensidad el breve intercambio de frases entre sus padres.

—Es una mujer que sabe lo que hace y a qué precio —respondió al fin—. Inteligente, correcta... —Hizo una pausa—. Fría.

—¿Fría? —repitió Eleanor, frunciendo el ceño.

—Tengo la impresión de que esa mujer solo sonríe si el momento lo requiere.

Ni antes, ni después —Thomas volvió a coger la taza y la giró entre sus manos.

Sopesó sus siguientes palabras antes de continuar—.

A pesar de todo, creo que no es mala persona.

Pero tampoco es alguien que vaya a hacer esto con entusiasmo, sino porque no tiene alternativa. Y eso hay que tenerlo en cuenta.

El salón quedó en silencio durante un momento. Aquella no era una afirmación baladí, y de la actitud que la señora pudiera adoptar, dependería muchas cosas.

—¿Y Margaret? —preguntó Eleanor—. ¿Habló de ella?

—Preguntó si sabía lo que implicaba ese mundo.

—¿Y qué le dijiste?

Thomas se encogió de hombros y le dio un sorbo a su té.

—Que nuestra hija es más lista de lo que parece.

Margaret lo miró.

—¿No se le ocurrió una respuesta mejor, padre? —dijo.

—Sea como fuere, funcionó. Y eso es lo que importa —argumentó Thomas, con la legitimidad de saber que aquella aseveración había logrado el efecto que él había pretendido.

Eleanor dejó su taza junto a la de su marido.

—¿Y eso en qué se traduce? ¿Cuándo se irá la niña con esa señora?

—Antes de que empiece la temporada. Tres semanas, cuatro a lo sumo. El tiempo suficiente para que lady Constance prepare el terreno y para que Margaret —miró a su hija— prepare lo que va a necesitar.

—¿A qué se refiere? —preguntó Margaret, sin comprender—. ¿Qué debo preparar?

—Lo más importante de todo: una historia con una buena genealogía, que sea coherente y que aguante todo tipo de preguntas. ¿Entiendes a qué me refiero?