La hija de la modista Capítulo 2
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Capítulo 2

La residencia de lady Constance Merrow, en Belgrave Square, era exactamente el tipo de casa que no necesita presentación.

Sin ser ostentosa, resultaba evidente que quien vivía allí pertenecía a un mundo acomodado donde bastantes cosas se daban por supuestas.

La fachada era impecable. Los escalones de entrada, de mármol blanco.

Y el llamador de la puerta, de bronce pulido hasta un extremo que sugería que alguien lo frotaba cada mañana con una dedicación que rozaba la devoción.

Thomas Hoper llamó a las once en punto.

Había llegado cinco minutos antes y había esperado en la acera el tiempo suficiente para ser correctamente puntual. Llevaba su mejor traje y el sombrero que Eleanor le había cepillado esa mañana para que luciera impecable en tan importante cita.

Abrió la puerta un mayordomo vestido con uniforme, de edad indefinible y expresión neutra.

—El señor Hoper —anunció Thomas.

—Por supuesto. Lady Constance le espera en el salón azul —respondió el sirviente sin mostrar ningún tipo de énfasis en la voz. Igual podía estar dándole la bienvenida que podía estar atendiendo al tendero que le suministraba los alimentos para la cocina.

Thomas lo siguió.

El interior de la casa era coherente con su exterior.

Contaba con techos altos, hermosas alfombras persas y cuadros en las paredes que representaban tanto paisajes bucólicos como antepasados familiares.

Thomas lo observaba todo con detenimiento a su paso, mientras llegaba a la conclusión de que nadie había cambiado nada allí desde hacía décadas.

El salón azul era elegante, pero sin llegar a ser del todo acogedor.

Había dos sillones frente a la chimenea y una mesita con el servicio de té ya dispuesto.

En una esquina, apartado, un clavicordio de madera oscura envejecida, sobre cuyo atril se veían unas partituras ya amarillentas por el paso del tiempo.

Lady Constance Merrow estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia Belgrave Square.

Por la rigidez en su postura, cualquiera hubiera afirmado que no le apetecía demasiado recibir visitas aquella mañana.

Se volvió cuando el mayordomo anunció a Thomas.

—Señor Hoper —lo saludó con fría cortesía.

—Lady Constance —respondió el recién llegado.

Se estudiaron mutuamente durante unos segundos.

Thomas vio a una mujer de unos cuarenta y tantos años, bien conservada, vestida de medio luto con una elegancia que dejaba claro que la ropa oscura era más un estado social que uno emocional.

Tenía los ojos de un gris claro que en otro contexto podrían haber resultado agradables, pero que en aquel instante solo resultaban evaluadores.

Por su parte, lady Constance vio a un hombre de aspecto sólido, bien vestido sin llegar a la afectación, con manos de quien en otro tiempo había tenido que trabajar con ellas y los modales de alguien que había aprendido a usarlos según su conveniencia.

Lo cual era, en su experiencia, el tipo más irritante de hombre de negocios: el que no necesita impresionar porque sabe que eres tú quien precisa algo de él.

—Siéntese, por favor —le ofreció con la corrección justa para no desatender sus obligaciones sociales.

Thomas así lo hizo, mientras Constance ocupaba su lugar en el sillón opuesto, con la espalda completamente recta.

—¿Té?

—Gracias.

Hubo una pausa mientras la viuda servía el líquido con movimientos metódicos y sin derramar una gota.

—Debo suponer, señor Hoper, que no ha venido a hablar del tiempo —dijo, depositando la taza ante Thomas con una delicadeza estudiada.

—En efecto, señora —le confirmó.

—Bien. —Tomó su propia taza—. Entonces hablemos.

Thomas Hoper había aprendido durante sus treinta años en los negocios que las conversaciones difíciles fluyen mejor cuando se afrontan con sencillez.

El dinero, en particular, pierde buena parte de su poder incómodo cuando se habla de él con la misma naturalidad con que se hablaría del precio del trigo o de las condiciones del tiempo en el canal.

Así que fue directo.

—Las deudas de su marido —comenzó sin inmutarse— ascienden, según mis cálculos, a unas ocho mil libras.

Esta suma incluye el préstamo que me debe a mí directamente, las letras pendientes con otros tres acreedores cuyos documentos obran en mi poder, y los gastos de la propiedad de Suffolk que llevan sin saldarse desde hace catorce meses.

Constance no parpadeó. Thomas tuvo que reconocer que se trataba de una mujer con un control considerable sobre sus propios gestos.

—Sus cálculos son correctos, señor —admitió sin más.

—Me alegra que estemos de acuerdo en los números. —Dejó la porcelana en la mesita—. No he venido a recordarle lo que debe, lady Constance. Es evidente que eso lo sabe usted perfectamente. Por el contrario, he venido a proponerle una solución.

Por un instante, un gesto próximo al alivio cruzó el rostro de Constance. Tan rápido que Thomas no habría podido nombrarlo con certeza, porque en un abrir y cerrar de ojos, volvió a mostrar su máscara de contención férrea de la que había hecho gala desde que llegó.

—Le escucho.

Thomas apoyó los codos en las rodillas e inclinó el cuerpo hacia adelante, atrayendo más la atención hacia su persona.

—Tengo una hija —explicó—. Se llama Margaret.

Tiene veinte años, buena educación y el criterio suficiente para manejarse en situaciones que no le son familiares.

—La miró directamente a los ojos—. Lo que no tiene es un apellido que abra puertas en ciertos círculos.

Ni los contactos necesarios para moverse en ellos. Usted, en cambio, tiene ambas cosas.

El silencio que siguió fue denso.

—Continúe —indicó Constance, con una voz que no revelaba ninguna emoción.

—Lo que le propongo es sencillo. Estoy dispuesto a condonar la totalidad de la deuda.

Las ocho mil libras. Los intereses. Todo.

—Hizo una pausa para dejar que el número hiciera su trabajo—.

A cambio, usted presentará a mi hija en sociedad durante la próxima temporada.

La acogerá en esta casa, la introducirá en los círculos adecuados y la presentará como su pupila.

Una joven de familia provinciana empobrecida a quien usted recibe por una deuda de honor con su familia.

El origen exacto de Margaret no tiene por qué ser parte de la conversación.

Constance dejó la taza en el platillo con un sonido muy pequeño y controlado.

—Es decir, me está usted pidiendo que mienta —expuso al fin.

—Quiero que omita —corrigió Thomas, sin énfasis—. Son cosas distintas, como usted sabe perfectamente.

Lady Constance Merrow había navegado en la alta sociedad londinense durante veintiún años con una habilidad que sus contemporáneas admiraban y sus conocidas envidiaban.

Sabía exactamente qué decir, cuándo callarse, cómo entrar a un salón y cómo salir de él sin que nadie pudiera señalar nada concreto, pero con la certeza de haber dejado una impresión entre sus asistentes.

Lo que no había sabido hacer —al igual que William, su difunto marido— era administrar el dinero que ese mundo requería para sostenerse.

William Merrow había sido un hombre encantador, generoso hasta el absurdo y completamente incapaz de decir no a ningún gasto que produjera la impresión de prosperidad.

Cenas, caballos, una propiedad en Suffolk que nadie utilizaba pero que quedaba muy bien en los círculos sociales, apuestas discretas que habían dejado de serlo en algún momento de los últimos cinco años…

Constance lo había visto venir, pero no había podido hacer nada para evitarlo. El control de la economía familiar había sido asunto de su difunto esposo, y ella jamás hubiera intervenido en cuestiones monetarias. Sencillamente, no era su cometido.

Y ahora William llevaba cuatro meses muerto y, a diferencia de él, las deudas seguían demasiado vivas. Una ironía que Constance no encontraba en absoluto graciosa.

Miró al hombre sentado frente a ella.

Le habían hablado de Thomas Hoper en buenos términos comerciales, aunque no fuera un tema que ella dominara, y su abogado le había asegurado que era alguien al que se le podía calificar de fiable .

No era de su mundo, ni lo sería nunca por mucho dinero que tuviera, pero por más que le pesara, era el tipo de hombre que en esos instantes necesitaba.

La propuesta era clara. Humillante para alguien como ella, que tendría que rebajarse a tratar como una igual —aunque nunca lo fuera— a la hija de un simple comerciante. Pero su situación se volvía extrema con el paso del tiempo.

Acoger a su hija. Presentarla en sociedad. Fingir que era una pupila de familia respetable.

Constance pensó en las veladas, en los bailes, en las miradas de sus conocidas.

Pensó en tener que presentar a esa chica —que, aunque el señor Hoper no lo hubiera mencionado, sabía que se trataba de la hija de Eleanor Hoper, la modista — como si fuera alguien. Como si perteneciera a su propio mundo.

Un auténtico horror.

Pero también pensó en las ocho mil libras… y en la imposibilidad de saldar aquella inmensa deuda por sus propios medios.

—¿Cuánto tiempo ha dicho? —preguntó mientras su cabeza no dejaba de hacer cábalas.

—Una temporada completa —contestó Thomas—. Desde su presentación hasta el final de los compromisos sociales del otoño. Después, el acuerdo quedará completado por ambas partes y cada uno seguirá su camino.

—¿Y si alguien descubre quién es ella realmente?

—Eso —dijo Thomas con una calma que a Constance le resultó irritante— sería un problema para los dos. Así que ambos tenemos los mismos incentivos para que no suceda, ¿verdad?

La viuda lo observó durante un momento, mientras evaluaba en silencio la situación.

—¿Sabe su hija lo que esto implica? —inquirió—. No me refiero al acuerdo, sino a este mundo donde usted pretende que yo la introduzca. Lo que le va a costar entrar en él.

—No se inquiete por ello. Margaret es más lista de lo que parece —argumentó Thomas con total confianza.