La hija de la modista Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Argumento difícil de rebatir —admitió. Se apoyó en el marco de la puerta sin pasar de allí, sabiendo exactamente hasta dónde llegaban sus límites sin que le costara una mirada de reprobación.

Posó sus ojos en Margaret y su hija le devolvió la mirada, junto a una sonrisa afectuosa. Podía percibirse entre ambos, a través de ese intercambio mudo, un tipo de entendimiento y afinidad que siempre estaba presente entre padre e hija.

—Hoy he hablado con el abogado de Merrow —dijo Thomas, dirigiéndose a Eleanor.

Su esposa no levantó la vista de la labor.

—¿Y?

—Tiene una propuesta interesante a la que creo que podríamos sacarle provecho.

Merrow era uno de los socios comerciales de Thomas.

Un hombre al que Margaret había visto media docena de veces en su vida, y que, por lo que le había oído decir a su padre, siempre estaba debiéndole dinero a alguien.

Lo recordaba delgado, con patillas excesivas y la costumbre de ajustarse el cuello de la camisa cada pocos minutos como si le apretara.

—¿Qué clase de propuesta? —preguntó Eleanor, frunciendo el entrecejo. Aquella afirmación había captado su atención.

Thomas dudó un momento. Era un hombre que elegía sus palabras con el mismo cuidado con que elegía sus inversiones; es decir, pensando en lo que podían producir y en lo que podían costar.

—Una que involucra a nuestra hija —dijo al fin.

Margaret, al oír su nombre, detuvo el movimiento de la aguja de inmediato.

—Cariño, ¿nos dejas solos a tu padre y a mí? —sugirió Eleanor.

—No —la detuvo Thomas—. Si esto le afecta a ella, creo que es mejor que esté presente.

Eleanor asintió, dando su conformidad.

—Ya sabéis que Merrow falleció hace poco dejando unas deudas, las cuales han resultado ser por un importe considerable —dijo al fin—. Su viuda, lady Constance, se encuentra ahora en una situación delicada tras su muerte.

—Lo lamento mucho, pero no sé qué puede tener eso que ver con nuestra hija.

—Yo podría ayudar a mejorar la situación de lady Constance, y, a cambio, ella podría hacer algo por nosotros.

Eleanor dejó de lado la costura por completo, para centrarse en las palabras de su marido.

—¿A qué te refieres con algo ?

Thomas la miró. Luego miró a Margaret y de nuevo, a su mujer.

—Una temporada —dijo—. En sociedad. Para Margaret.

—¡Padre! —exclamó su hija con entusiasmo. Aquel era un sueño para ella y la posibilidad de que pudiera hacerse realidad…

Eleanor Hoper no era una mujer que perdiera la compostura con facilidad.

Había pasado veintitrés años midiendo, cortando y cosiendo para las damas más exigentes de Londres sin que se le notara en la cara nada que no hubiera decidido mostrar.

Había soportado caprichos, cambios de opinión, insultos disfrazados de observaciones y una clienta memorable que había rechazado seis versiones distintas del mismo vestido antes de admitir que el problema no era el vestido sino su propio matrimonio.

Eleanor había sobrevivido a todo eso con la misma expresión tranquila y profesional.

Pero esto era distinto.

Lo que ahora se ponía sobre la mesa era la exposición pública de su propia hija.

—¿Una temporada? —repitió, y en su voz había algo que no era exactamente alegría.

—Eleanor… —dijo Thomas, sabiendo lo que vendría a continuación.

—¿En sociedad? —Su madre se había enderezado completamente, la labor olvidada sobre la mesa—. Thomas, ¿sabes lo que eso significa?

—Claro que sí —contestó el señor Hoper—. Por eso quería hablarlo con vosotras antes de…

—¡No la respetarán, Thomas! —lo cortó—. Y lo sabes.

—Eleanor...

—Sé que podrían surgir oportunidades para ella, para nosotros. Pero, ¿de verdad crees que algún hombre respetable la tomaría en serio? No quiero que le hagan daño…

— ¡Eleanor!

Su madre se detuvo. Thomas no levantaba la voz casi nunca, pero cuando lo hacía, aunque fuera solo un poco, el efecto era considerable.

Margaret los miraba a los dos sin intervenir, mirando a uno y a otro alternativamente, pero sin atreverse a interrumpir. Lo cual no evitaba que tuviera los nervios atravesados en el estómago.

Thomas se pasó una mano por la cara.

—Escúchame —dijo, y su voz había vuelto al tono habitual—. Conozco ese mundo. No tan bien como tú lo conoces desde aquí, pero sé cómo funciona. Y estoy seguro de que nuestra hija podría encajar.

—Thomas, no dudo que Margaret sea capaz de desenvolverse a la perfección en un ambiente como ese.

Pero el que ella sea capaz no significa que ellos vayan a verlo.

Para la alta sociedad, el apellido lo es todo.

El origen lo es todo. Por muy hermosa e inteligente que sea, y los dos sabemos que lo es, hay una línea que no se cruza. Jamás.

Margaret escuchaba la conversación que corroboraba lo que ella siempre había sabido, que había aprendido mientras miraba los vestidos desde el otro lado. Pero, por otro lado, había una parte de sí, pequeña y terca, que se rebelaba a aceptarlo.

—Me consta lo que hacen con la gente que no es de los suyos, Eleanor.

—Si lo sabes, ¿por qué lo propones siquiera? —preguntó su esposa.

En ese momento, ambos se volvieron para mirarla. Thomas con seguridad y convencimiento y Eleanor, sin lugar a duda, con el temor reflejado en sus ojos. Porque, aunque sabía exactamente de qué era capaz su hija, no quería que le hicieran daño por unas malditas reglas de sociedad.

Thomas cruzó los brazos.

—Voy a ser muy sincero en esto, y no quiero que ninguna de las dos malinterpretéis mis palabras.

Si lo propongo —dijo lentamente— es porque tanto tú como Margaret lleváis años mirando ese mundo desde esta ventana.

Y sé bien que para ella el poder formar parte de él, es un deseo que persigue desde hace años y que no la va a dejar seguir su camino hasta que no lo cumpla.

Sin embargo, también creo que hay cosas que solo se entienden cuando las vives en primera persona.

No desde aquí, desde la distancia. —Hizo una pausa—.

No negaré que yo también pienso que esta oportunidad corre el riesgo de volverse decepción si el resultado no es el esperado.

Pero incluso en tal caso, prefiero que ella aprenda la realidad tal y como es de primera mano, y que, si tiene que volver a casa, que sepa que siempre va a tener a sus padres dispuestos a acogerla con los brazos abiertos si el sueño se torna en pesadilla.

—Y si eso es lo que piensas, ¿por qué hacerle pasar por ello?

—Porque tanto tú como yo sabemos lo mucho que lo desea.

El taller quedó en silencio.

Margaret, incapaz de poner voz a sus anhelos, miró el vestido de lady Ashmore. La seda marfil recogía la última luz de la tarde y la devolvía suavizada, casi cálida.

«Así es como se siente» , había pensado a los diez años. Y ahora se abría la posibilidad de vivirlo de verdad, más allá de un simple sueño.

—¿Y lady Constance? —preguntó Margaret, interviniendo por primera vez en la conversación—. ¿Ella está de acuerdo?

Thomas tardó un segundo de más en responder.

—Lo estará —dijo, entrecerrando los ojos, convencido de su afirmación.

—¿Y para cuándo sería? —preguntó Eleanor, sin estar convencida del todo, pero incapaz de tirar por tierra los sueños de su hija.

—Si todo sale como espero, será pronto —dijo Thomas.

Eleanor miró a su hija y vio la ilusión reflejada en sus ojos.

Sabía que Margaret podía salir adelante. Era una chica lista. Pero eso no restaba ni un ápice la preocupación que todo aquello le provocaba.

—Está bien. Sea pues. —Se giró para hablarle directamente a Margaret—.

Pero si hay algo que te disgusta, que te hace sentir incómoda, o si en algún momento decides que ese mundo no es para ti y que prefieres volver a casa, prométeme que regresarás con nosotros, haya o no terminado la temporada, ¿de acuerdo?

Que la decisión sea solo tuya y que nadie te diga lo que debes hacer.

Margaret tuvo que contener la emoción que la embargaba.

—Se lo prometo, madre.

Eleanor suspiró, consciente de que la decisión había sido tomada.

—Y ahora, vuelve a coger la aguja. El vestido de lady Ashmore no va a terminarse solo.