La hija de la modista Capítulo 1
2%
La hija de la modista

La hija de la modista

Por M. Estevez

© inepub.com

Capítulo 1

El vestido de lady Ashmore llevaba tres semanas presidiendo el centro del taller.

Era de seda color marfil, con un escote que Eleanor Hoper había rehecho dos veces porque su clienta tenía una opinión muy concreta sobre la cantidad de pecho que resultaba sofisticada, frente a la cantidad que resultaba indecorosa.

Y esa frontera, al parecer, se desplazaba de un lado al otro cada vez que la dama en cuestión se miraba al espejo.

El encaje de las mangas había llegado de Bruselas semanas atrás, y Eleanor se había esforzado en recalcarlo varias veces a su clienta para que no tuviera duda de la calidad de sus tejidos.

En cuanto al dobladillo de la falda, llevaba cuatro metros de labor que Margaret, la hija de la modista, se había dedicado a coser durante toda la tarde anterior, con una vela a medio consumir y los dedos entumecidos.

—El lado derecho sigue sin caer bien —dijo Eleanor sin levantar la vista, con el alfiler entre los labios y la frente levemente fruncida—. ¿Qué te parece a ti, hija?

Margaret se inclinó sobre el maniquí y tiró despacio del tejido hacia la izquierda.

Sus dedos encontraron el problema en una costura ligeramente torcida que distorsionaba la línea del hombro.

Resultaba casi imperceptible, salvo para aquellas personas que llevaban media vida, por no decir su vida entera, mirando la ropa de cerca.

—Creo que aquí es donde hay que ajustar, madre —dijo, señalando el punto concreto.

Eleanor se acercó, comprobó con sus propios dedos y asintió una sola vez.

—Sí, ya lo veo. Habrá que abrir la costura del hombro para colocarlo en su sitio —protestó.

—Ya lo sé.

—Son veinte minutos de trabajo.

—También lo sé, madre —repitió Margaret—, pero no tenemos más remedio que solucionarlo antes de que lady Ashmore venga para recogerlo. No podemos entregarle el vestido tal y como está.

—Tienes razón. Pongámonos manos a la obra, que cuanto antes empecemos, antes lo terminaremos.

El taller de Eleanor Hoper ocupaba dos habitaciones de la planta baja de su casa en Gracechurch Street.

Una estaba dedicada al corte y confección propiamente dicho, y la otra la usaban solo para las visitas y las pruebas.

En esta última había un espejo de cuerpo entero que había costado más que tres meses de alquiler.

Pero la modista había llegado a la conclusión de que había sido una de las mejores inversiones realizadas en su negocio.

La casa entera olía a tela nueva, a cera de vela y, de manera sutil, a aroma de rosas secas que Eleanor ponía en el cuarto de visitas para que las damas de la alta sociedad se sintieran más cómodas.

Margaret había crecido con ese olor, mezclado con el sonido de las tijeras cortando y el rumor de las conversaciones que su madre mantenía con sus clientas.

También tenía interiorizada la voz que Eleanor usaba solo cuando estaba con ellas, perfectamente suave y medida para hacer sentir a cada mujer que el vestido que estaba a punto de encargar era justo lo que necesitaba.

Sin duda, la profesión de su madre era un arte y Margaret, que lo había observado todo durante veinte años, sabía que no había nadie que se manejara mejor en aquellos ambientes como Eleanor Hoper.

Abrió la costura del hombro con el descosedor, centímetro a centímetro, con el cuidado de saber que un tirón mal dado podría arruinar una tela que valía más de lo que ella ganaría en el supuesto de tener asignado un sueldo; cosa que no sucedía, aunque llevara años trabajando con su madre en el taller.

—¿Para cuándo tiene que estar el vestido? —preguntó, mientras separaba con cuidado los dos lados de la costura.

—Para el jueves —dijo Eleanor—, lo que significa que tenemos de plazo al menos hasta el viernes. Ya sabes que lady Ashmore nunca cumple con las fechas que marca.

—¿Y si el jueves, o el viernes, tampoco cae bien el hombro?

Su madre la miró por encima de los anteojos.

—El jueves el hombro estará perfecto —dijo Eleanor—, porque tú y yo nos vamos a asegurar de ello.

Margaret sonrió sin querer. La seguridad que su madre mostraba siempre ante las complicaciones era también un arte, porque era de las que pensaban que todos los problemas tenían solución si uno les dedicaba el tiempo y la atención suficiente.

Eleanor Hoper llevaba veintitrés años cosiendo para las damas de la alta sociedad londinense, y en ese tiempo había aprendido dos cosas fundamentales.

La primera, que la tela siempre dice la verdad, y la segunda, y no menos importante, que las personas, sobre todo las que solía tratar por razón de su trabajo, casi nunca lo hacen.

Margaret recordaba con precisión la primera vez que su madre la había dejado tocar una de las telas de una clienta cuando tenía apenas diez años.

No el vestido terminado, pues eso estaba terminantemente prohibido, sino el tejido aun sin cortar, enrollado todavía en su pieza, apoyado contra la pared del taller como un secreto esperando a ser descubierto.

Había extendido los dedos despacio, casi con miedo, y el lienzo había cedido bajo su mano con una suavidad que no se parecía a nada que hubiera tocado antes.

«Así es como se siente ser de ese mundo» , había pensado.

Y ese recuerdo se había quedado grabado en su memoria a medida que el tiempo fue pasando.

Había crecido con él, alimentándolo a través de años de observación silenciosa de aquellas damas que llegaban al taller acompañadas de sus doncellas.

Sus opiniones acerca de la moda y sus sombreros imposibles.

La forma en que ocupaban el espacio como si les perteneciera por derecho natural.

Las conversaciones a medias que Margaret escuchaba desde el cuarto contiguo, donde Eleanor la mantenía deliberadamente apartada durante las visitas.

El taller era territorio de su madre: las clientas llegaban, se probaban sus vestidos, opinaban sobre ellos y se marchaban sin saber que al otro lado de esa puerta había una chica que estaba pendiente de todo lo que allí se decía.

Había aprendido más sobre la alta sociedad londinense en ese cuarto contiguo que en cualquier libro que hubiera leído, que no habían sido pocos, pues su padre era un hombre que valoraba la educación con la misma convicción con que creía en llevar las cuentas al día y en no fiarse de aquel que no es capaz de mirarte a los ojos.

Las damas de su madre solo admiraban los vestidos, los espejos o la lista de invitados de la próxima velada a la que asistirían, mientras trataban a Eleanor con la atención que se le presta a alguien cuyo talento se necesita, pero cuya existencia pertenece a un segundo orden.

Y si en algún momento se percataban de la presencia de la joven Margaret, lo hacían con la curiosidad de quien se limita a observar a una chica de una notable hermosura, pero que vive en un simple taller de costura .

O lo que era lo mismo, alguien insuficiente para poder pertenecer al mundo con el que se codeaba su madre por necesidad.

Demasiado educada, demasiado observadora, demasiado hija de su padre para encajar sin más en el papel de aprendiza silenciosa.

Pero también, demasiado hija de su madre, quien le había enseñado el oficio de coser con destreza, para que nadie del otro lado de esa línea invisible se tomara la molestia de mirarla y valorarla de verdad por cómo era.

Y ella lo sabía. Lo había sabido desde siempre.

Lo cual no evitaba que, cuando una clienta se ponía el vestido terminado y Eleanor daba un paso atrás para mirarlo y dar su conformidad al resultado, Margaret sintiera algo que podría decirse que andaba muy cerca de la envidia.

No aquella de carácter mezquino que desea el mal ajeno —eso no iba con ella—, sino la que anhela conocer la otra cara de la moneda.

Quería ponerse un vestido como esos que ayudaba a su madre a confeccionar para poder entrar a un salón y que nadie supiera, ni por un momento, que era tan solo la hija de la modista.

—Margaret.

Levantó la vista, sobresaltada. Había estado cosiendo la costura del hombro con la mente absorta en los pensamientos que arrastraba desde que tenía diez años.

—¿Qué?

—Estás frunciendo el ceño —dijo su madre, sin apartar la vista de su propio trabajo—. Cuando lo haces, o estás enfadada, o hay algo que te desagrada y que seguramente no me quieras contar.

—Solo estaba pensando, madre. No es nada —contestó su hija.

—Ya veo. Y supongo que no me equivoco y que te lo vas a guardar para ti, ¿no?

—Es que no tiene mayor importancia. De verdad, olvídelo.

Eleanor asintió con la serenidad de una mujer que ha aprendido a respetar los silencios de su hija sin por ello dejar de estar completamente al tanto de todo.

—El hombro —dijo simplemente.

Y Margaret volvió a concentrarse en su tarea.

Thomas Hoper llegó a casa a las seis y cuarto, su hora habitual, con la puntualidad de un hombre que valora el tiempo en su justa medida.

Margaret distinguió en el recibidor el sonido inconfundible de su bastón apoyado contra la pared, el ruido del tercer peldaño de la escalera que llevaba años crujiendo y, por último, sus pasos dirigiéndose hacia el taller.

—¿Puedo pasar?

—Puedes si no tocas nada —dijo Eleanor.

Thomas Hoper era un hombre de estatura media, complexión sólida y una presencia que inspiraba confianza de forma inmediata.

Había construido su fortuna a base de trabajo, de criterio y de la convicción práctica de que los negocios funcionan mejor cuando uno cumple lo que promete; una idea tan sencilla que resultaba casi revolucionaria en ciertos círculos comerciales de Londres.

Tenía cincuenta y dos años, las manos de alguien que había empezado a trabajar desde muy joven, y una mirada que era capaz de evaluar las oportunidades que se le presentaban con rapidez y acierto.

—¿El vestido de la Ashmore ? —preguntó.

—El mismo —confirmó Eleanor.

—Lleva aquí más tiempo que yo —bufó, dejando asomar una sonrisa a sus labios.

—Claro, porque tú no llevas encajes de Bruselas.

Thomas asintió al tiempo que hacía una mueca con la boca.