35 La maitoxina
Martes, 19 de diciembre.
El doctor Marín estuvo trabajando a contrarreloj tanto en el contenido de la ampolla, como en los alimentos y bebidas encontrados en el piso de los hermanos Ortiz Ortiz.
Tuvieron que descartar los más comunes, como arsénico, cianuro o cualquier veneno matarratas o anti plagas.
Al final dieron con el nombre y apellidos del veneno.
—¿Daniel?
—Dime, Julio.
—Ya tengo los resultados. Nos ha costado, no era nada normal, pero hemos dado con el veneno.
Si no fuera porque lo hemos buscado exhaustivamente, no hubiéramos dado con él.
Como lo cogimos al poco de que abriera la ampolla ha sido posible localizarlo.
Te mando los resultados vía correo electrónico y un sobre a tu atención con todos los análisis toxicológicos.
Pero, ya te estoy oyendo pensar, y tú lo que quieres es que te lo traduzca en dos palabras.
—¡Cómo me conoces! Nos urge, porque tenemos retenido al sospechoso por allanamiento de morada y poco más, y si no me das algo vamos a tener que soltarlo ya, y es un mal bicho como para tenerlo por ahí.
—Bueno, en dos palabras no, pero te lo voy a intentar resumir. Se trata de una toxina que se llama maitoxina, que provoca un ataque cardíaco, sin causa aparente, y que a las pocas horas de su ingesta no deja huella en el cuerpo. Vamos, el asesinato ideal.
—No había oído hablar de ella en toda mi vida.
—Sí, afortunadamente es desconocida para casi todo el mundo.
El caso es que esta toxina contamina a los peces coralinos y a otros peces, en su cadena alimenticia, se comen a estos y de ahí se incorpora al consumo humano.
En su variante menos tóxica es causante de la ciguatera, enfermedad común de los trópicos.
Incluso hemos tenido casos de esta enfermedad en las islas Canarias.
—¡Qué casualidad, precisamente nuestra aparecida es canaria! ¿Y habéis encontrado la toxina esa en algunos de los alimentos que analizasteis?
—Sí, precisamente en donde nos dijo Angus que miráramos, en la leche enriquecida con calcio, que, por cierto, me parece una bobada eso de que las enriquezcan con calcio, con tener una alimentación equilibrada… —¡Ya, ya, continúa, Julio!
—¡Ya voy, ya voy! Hemos localizado la maitoxina tanto en el resto de un brik de leche que estaba a punto de terminarse, en un vaso de leche sola, y en los dos cafés con leche.
Ni rastro en los demás alimentos. Si tienes que acusar de intento de asesinato, lo tienes muy fácil.
La ampolla que habéis encontrado en su abrigo tiene el mismo veneno que en la leche.
Y para rematar la faena, una huella clarísima del sospechoso.
Tienes para encerrarlo casi de por vida.
—Me quitas un peso de encima. Estaba descontrolado y casi termina con la vida de tres personas, y la que está por nacer. Y sin contar con que creemos que intentó estrangular a otra. Gracias, Julio, como siempre me has sido de gran ayuda, te debo una.
—No una, sino un par de cañas, que es el precio estipulado de siempre —bromeó su amigo, antes de colgar.
El inspector reenvió los informes a sus inspectores, antes incluso de abrirlos.
Mientras leía el informe del doctor Marín, llamaron a la puerta. Era María Luisa Cuesta.
—¿Se puede?
—¡Por supuesto, pase, Marisa!
—Venía a despedirme. Mañana me reincorporo a mi puesto de trabajo.
—Ya he enviado un informe con el resumen de todo el caso y lo importante que ha sido su colaboración. Hemos estado encantados con usted.
—¡Gracias, inspector Hurtado!
—Confío en que la veamos a menudo por aquí.
Marisa se despidió con un apretón de manos. Pero hubiera jurado que cuando le dijo las últimas palabras, había sonreído, como si supiera que Angus y ella… Pero desechó esos pensamientos, con lo formal que era el inspector jefe, no le creía capaz de bromear sobre eso.
Cuando Pino Cabrera y su hija Carmen Delia Bencomo se acercaron al hospital, tenían dos visitas en la mente.
La primera, con el volante que la ginecóloga le había dado para la ecografía y la segunda visita, casualidades de la vida, en el mismo hospital estaba ingresada su antigua compañera exModesta Siete, Carlota.
Carmen Delia tenía una gran preocupación por el resultado de la ecografía.
Hacía ya días que Amelia, con la cual acababa de hablar para tranquilizarla, y ella habían escuchado el latido del corazón, y con los acontecimientos y preocupaciones recientes, no sabía si podría haberse visto afectado el niño.
Como aún no había sentido los movimientos, no tenía forma de saber si todo iba bien.
Ante su madre disimulaba ese temor, procurando aparecer feliz en todo momento desde su reencuentro. La veía tan contenta con su recién recuperada relación, que no quería alterarla sin necesidad.
La sala de espera de la consulta de radiología estaba llena hasta los topes. Como iban por urgencias, tuvieron que pedir cita presentando el volante. No sabían si les iban a hacer esperar, pero tuvieron realmente suerte, porque a la media hora escasa las llamaron.
Entraron las dos en una sala, donde les recibió el radiólogo y su auxiliar.
Tras ponerle un gel algo frío en la tripa, y una vez tumbada en una camilla, por fin tuvieron noticias. Ante el mutismo del médico, que tomaba medidas con el teclado del aparato, en completo silencio.
—¿Qué tal? ¿Cómo está? —preguntó Pino Cabrera.
—Todo perfecto, como corresponde a dieciséis semanas más dos. —Y les señaló con el puntero la cabecita y las piernas, y el corazón, que pulsaba.
—¡Qué emocionante! —exclamó Pino Cabrera.
—¡A ver, a ver, si mueve un poco las piernas y nos deja ver! ¡Sí, sí! Toda una señorita tenemos aquí.
—¡Niña! —dijeron las dos a la vez.
Gracias a la hija que esperaba, Delia comprendió que iba a servir para cicatrizar heridas, un paso de gigante en la recuperación de su ser anterior.
Lo que en principio era un drama, que casi le cuesta la vida, se había convertido en lo contrario.
Debido a ello, se sentía más madura, con más fuerzas para encarar al futuro.
Cuando vio a su madre, hipnotizada por la imagen del minúsculo cuerpo de quien sería su nieta, del tamaño de un aguacate, había dicho el radiólogo, le emocionó su semblante, su felicidad.
—¿Sabes, hija? Estoy pensando en traspasar la tienda y venirme a vivir a Madrid contigo —le dijo, cuando salían de la consulta—. Así, si quieres terminar tus estudios de enfermería, yo te podría ayudar con la niña.
—Sí, quisiera terminarlos, ya el curso que viene, cuando nazca. ¡Pero, mamá! ¡La tienda de papá!
—¡Sí, tú lo has dicho, de tu padre! Mi lugar ahora es donde tú estés. Y, además, podrás estar cerca también de cierto gemelo que yo me sé.
—¡Mamá! —protestó Carmen Delia, enrojecido el rostro, Preguntaron en recepción por el número de habitación de
Carlota. Tras perderse varias veces por el laberíntico hospital, por fin llegaron a la séptima planta: Psiquiatría.
—Mira mamá, por aquí.
Entraron en la habitación de la enferma, que estaba tumbada de lado y les daba la espalda, por lo que no pudieron verla el rostro. La que supusieron que era su madre, leía un libro, sentada en un lado de la cama. Levantó la vista.
—Soy Carmen Delia y esta es mi madre —se presentaron.
La madre de Carlota dejó el libro en la mesilla, les rogó silencio y salieron de la habitación.
En la sala de visitas, ellas le pusieron en antecedentes de las últimas noticias. Su alegría fue evidente cuando le informaron de la detención del criminal que había atentado contra su hija. —¿Cómo está Carlota? —preguntó Carmen Delia.
—¡Fatal! ¡Se niega a hablar! ¡Nos tiene muy preocupados! —Pero ¿a hablar de lo ocurrido o simplemente hablar?
—No ha dicho ninguna palabra. ¡Es horrible lo que le ha hecho ese asesino! ¡La veo tan frágil, tan perdida!
—Por favor, no se altere, pero ya está detenido, no tiene por qué temer ya.
—Sí, me lo ha comentado el inspector Medina, y se lo he dicho. Me pareció que quería hablar, pero parece que en el último momento se arrepintió. Creo que solo necesita un empujoncito. Sigue asustada, no se fía. ¡Por favor, Carmen Delia, inténtalo tú!
—Si me deja a solas con ella… —Por supuesto.
Deli entró en la habitación y se colocó en la silla que había dejado libre la madre. Observó a su antigua compañera, Modesta Siete. El pelo rubio le tapaba la mitad de la cara.
Se lo retiró. Tenía los ojos cerrados.
—¡Carlota! —le dijo—. Soy Deli.
La aludida abrió los ojos y se encontró con los de su amiga, en una señal de reconocimiento.
—¡Estoy bien! Le han detenido, y te aseguro que va a estar por una buena temporada, años, encerrado.
¡Carlota, te lo prometo! No hace falta que declares, no tienes ninguna obligación ni deber de hacerlo.
Con lo que tiene la policía es suficiente.
Si no quieres contar lo que pasó, da igual.
Lo primero y más importante eres tú, y tu familia, que se preocupa por ti.
—¡Deli! —Alargó la mano y esta se la cogió. Estaba fría pese al calor reinante en la habitación—. ¡Deli, estás aquí!
—¡Sí, sana y salva! Y no solo yo —le dijo, mientras ponía su mano en la tripa—. Estoy esperando una niña, me acabo de enterar, ¡tienes la primicia!
Carlota abrió más los ojos y siguió la trayectoria de su mano, y notó el pequeño abultamiento.
—¿Esto es real? ¿No eres un sueño? Y ¿preñada?
—Carlota, mírame ¿te parezco un fantasma?
—¡No, no! —E hizo algo increíble, esbozó una pequeña sonrisa y soltó su típico—: ¡Qué fuerte!
Oyeron una exclamación de alegría. Era la madre de Carlota, que abría la puerta y era testigo de la última frase.
Cuando les contó que Duncan había entrado en su habitación del hospital y la había amenazado con matarla si hablaba, se miraron horrorizadas. Era peor aún de lo que podían haber imaginado. Así se entendía que la pobre muchacha no quisiera hablar.
La inspectora Alonso acompañó por primera vez a Javier a la cena de Navidad del trabajo.
Aunque algunos de los compañeros de su novio llevaban habitualmente a sus parejas, a ella nunca le había apetecido.
Y fue una buena idea. Aunque conocía a algunos de sus compañeros, puso cara a otros tantos de los que había oído hablar y a sus parejas.
Luego se fueron a bailar a una discoteca, hubo unos cuantos que se tomaron unas copas de más, pero en general resultaban graciosos y se divirtió como hacía tiempo.
—¡Me encanta esta nueva Esther! —le dijo Javier—.
Ya solo falta que hagamos las maletas y nos traslademos al piso.
—¿Ponemos fecha? —le preguntó su novia.