34 Un brick de leche enriquecido con calcio y algo más #3
Cuando hubieron puesto a buen recaudo al detenido, en las celdas provisionales de la brigada, los inspectores fueron al despacho de Daniel Hurtado. Todavía no había llegado, comprobaron cuando se asomaron. Justo cuando se daban la vuelta, apareció por la entrada a la oficina.
—¿Alguna novedad? —preguntó cuando los vio salir de su despacho.
—¡Y tanto! —le respondió Angus Ondarreta, mientras que Esther Alonso asentía.
Ante el entusiasmo evidente de sus subordinados, su jefe les hizo ademán de que pasaran a su pequeño cubículo, a comentarle las noticias.
—En resumen, jefe, la hemos encontrado en la casa de los gemelos y ahí mismo hemos detenido al pájaro ese, Duncan, que se había colado en el piso, a saber, con qué intenciones. ¡Justo a tiempo!
Entre los dos le hicieron un relato pormenorizado de los últimos acontecimientos. Su serio jefe iba asumiendo las novedades con tranquilidad, y se permitió una sonrisa de aprobación cuando le comentaron que acababa de ingresar en una de las celdas de detención temporal.
En ese momento sonó el teléfono fijo de la mesa del inspector Ondarreta. Era el agente Arturo Vázquez, el encargado del turno de mañana de recepcionar y custodiar a los detenidos.
—Te quería comentar algo que hemos encontrado en el abrigo del detenido, el señor Francisco Javier García Pérez.
—¡Ah, sí! —En un principio no cayó en que, con ese nombre y apellidos, estaba hablando de Duncan—. Dime Arturo.
—Pues cuando he revisado los bolsillos, casi me corto porque había una ampolla de cristal, justo en una esquina, por eso había pasado desapercibida en una primera inspección.
—¿Cómo? —preguntó extrañado Angus.
—Sí, de esas que se usan para las inyecciones, solo que abierta, partida por la parte superior, y sin ningún contenido.
—¿Pone qué medicina pueda ser?
—No, eso es lo raro, es una ampolla sin ningún tipo de marca ni nada que indique cuál ha podido ser su contenido.
— Arturo, ¡coge esa ampolla con guantes y métela en una bolsa de pruebas y envíasela con carácter de urgencia al doctor Marín!
—¿Qué pasa? —preguntaban en ese momento, al ver los aspavientos que hacía Angus al teléfono, los inspectores Alonso y Hurtado.
—Arturo Vázquez, de calabozos, que ha encontrado una ampolla rota, vacía, en el bolsillo de Duncan. La va a llevar urgentemente al laboratorio.
—¿Y si es un veneno o algo así? —preguntó Esther Alonso.
—¡Rápido, llamad por teléfono a la casa de los gemelos, que no tomen nada! —Urgió el inspector jefe Hurtado.
Mientras Angus daba a la rellamada en la memoria del móvil corporativo, recordó en ese momento la mirada de triunfo que ostentaba el líder de la secta cuando se lo llevaron esposado.
Un tono, dos tonos. No lo cogían.
—¡Dios mío, que lo cojan! —Pensó sobre todo en Marisa, su Marisa, que en ese momento podía yacer muerta, envenenada.
Tres tonos.
—¿Sí? —Era Carmen Delia.
—¡Deli, Deli, soy Angus, por favor, creemos que Duncan ha podido introducir veneno en alguna comida o bebida, por favor no toméis nada!
—¿Cómo? ¿Veneno? ¿Angus?
—¡Por favor, por favor, no comáis, no bebáis!
—¡De acuerdo! ¡En este momento íbamos a empezar a… espera, espera…!
Oyó cómo depositaba con estruendo el teléfono en algún sitio.
—¡Mamá, Marisa, no toquéis los cafés ni las pastas! ¡Pueden estar envenenados! —Oyó Angus que les decía a voces.
Fueron los segundos más angustiosos de su vida. Hicieron honor a su nombre. Comprendió por qué su madre le había bautizado con ese nombre. Por fin, alguien cogió el teléfono.
—¡Angus, que es eso del veneno?
—¡Marisa! ¡Gracias a Dios, ay, qué mal lo he pasado!
¡Pensar que te podía perder, ahora que te había encontrado!
No es seguro, Marisa, pero el agente Arturo Vázquez, el que custodia a los detenidos en la brigada, ha encontrado en el bolsillo del abrigo de Duncan una ampolla de cristal rota, y vacía.
Nos hemos temido lo peor, así es que lo mejor, por si acaso, es que no toquéis nada.
La han mandado urgentemente al laboratorio, y ya nos dirá el doctor Marín cuál era su contenido.
Pero es culpa mía, debí sospechar algo. Esa mirada, esa sonrisa de Duncan en su detención no eran normales. Escondía algo y no lo supe ver.
—¡No te culpes, Angus! ¿Quién podría sospechar? Pero, cariño, has llegado muy a tiempo, precisamente Deli acababa de prepararnos unos cafés con leche a su madre y a mí, y para ella la leche sola. Y además para acompañar nos ha traído unas pastitas.
—¿Dónde crees que lo ha podido poner?
—¿Sabes? Yo creo, que, si es una ampolla, un líquido, tiene que ser en la leche, y además creo saber por qué. Ella la toma enriquecida con calcio, solo ella, según nos ha comentado. Y, además, nos dijo que estaba tomando un vaso de leche cuando cree ella que entró el criminal ese.
—De todas formas, no toquéis nada de nada.
Cuando Angus colgó, vio que los inspectores no habían perdido detalle de la conversación.
— ¡Menos mal! —suspiró Esther Alonso.
—¡Buenos reflejos! —le dijo el inspector jefe, con lo que el inspector Ondarreta se hinchó tanto que a punto estuvo de aumentar una talla.
Las cosas buenas no hace falta entenderlas.
Morgan Freeman
Cadena perpetua