La heroína de Cibeles 34 Un brick de leche enriquecido con calcio y algo más #2
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34 Un brick de leche enriquecido con calcio y algo más #2

Era absolutamente chocante estar buscando durante las últimas semanas, casi a tiempo total, a una persona, y que esta se materializara en una persona de carne y hueso, y además sana y salva.

Y lo más increíble era que la habían salvado in extremis del prepotente ese, Duncan se hacía llamar.

Este los miraba con aires de superioridad y una cierta expresión de triunfo en sus ojos, como si no hubiera sido interrumpido para llevar a cabo cualquier acto criminal.

Hacía poco que había intentado estrangular a Carlota, aunque esta no había vuelto a pronunciar ni una palabra desde el hecho y no habían podido inculparlo por ello.

Y gracias al caso había conocido a Angus, que era una persona maravillosa.

Ahora todo se había acabado y añoraría no trabajar con él a todas horas.

Todo esto se le pasó a Marisa por la mente en unos breves segundos.

Llamaron a un coche patrulla y un par de agentes, que se hicieron cargo del detenido, que desdeñoso, con la cabeza alta, aun iba riéndose de algún chiste suyo particular. Era un espectáculo inquietante.

Por fin, se quedaron solos con Carmen Delia. Se identificaron los tres, aunque ella había sabido que eran policías desde que vio cómo Angus detenía velozmente a su enemigo. Le sorprendió que María Luisa Cuesta, del CNI, estuviera tan implicada en su búsqueda y las razones de ella.

A Angus le pareció una persona interesante.

Ya habían visto que era guapa en las fotos que disponían de ella, pero tenía una suavidad de maneras en persona que la hacía más atractiva.

Lucía una pequeña barriguita de embarazada, el único hecho incuestionable de la investigación, cuando todo eran dudas.

Aun cuando se la veía todavía asustada, sus formas delataban que tenía carácter.

Eso no le cuadraba con que hubiera estado metida en esa secta y con ese personaje.

¡Por fin la habían encontrado y cuán a tiempo! No quería pensar en lo que hubiera podido pasar si no hubieran llegado en ese momento.

—No sé cómo me habéis encontrado, pero os agradezco que lo hicierais. ¡Me habéis salvado la vida!

—¡Si supieras todo lo que hemos tenido que hacer para encontrarte! —le dijo Angus—. Partíamos de cero, sin saber tu nombre ni quién eras, porque no acudiste a los hospitales de campaña, desapareciste realmente.

—¿Y cómo disteis conmigo?

—Por ciertas pistas que nos llevaron a pensar que podrías pertenecer a una secta, perdona si la llamamos así.

—No importa, ya lo he empezado a asumir como tal.

—Y eso nos llevó a Duncan, claro. Siento decírtelo, pero supongo que estarás curada de espanto. Pero te siguió y entró en tu autobús un par de paradas después, y por la puerta de salida.

—¡No me lo puedo creer!

—Se podría decir que el atentado te salvó de males mayores.

—¡Me parece tan increíble la doble personalidad de Duncan! Para mí ha pasado de ángel a demonio.

—Carmen Delia… —comenzó a hablar Marisa.

—Llamadme Deli, por favor.

—Deli, nuestro encargo de encontrarte es porque la Asociación de Víctimas del 17-N te quería reconocer tu acto de valor.

—Ya me lo han dicho los gemelos, pero realmente ya les he comentado que no creo merecer nada, fue un acto reflejo, no pensé en lo que hacía. Fue tan rápido que me cuesta recordar los detalles.

—Pero ¿estarías dispuesta a recibir ese reconocimiento?

—Ahora no os puedo dar una respuesta. Con lo que pasó ese día tan terrible, en todos los aspectos, y lo de hoy, estoy todavía agobiada, y sobre todo asustada.

No sabéis la impresión que me ha causado ver a Duncan saliendo del dormitorio, casi se me para el corazón.

Ha sido ver al protagonista de mis pesadillas en persona, he creído morir de miedo por lo que podría hacerme a mí y a mi futuro hijo.

El embarazo, el reencuentro con mi madre, asimilar lo que me está ocurriendo, tengo muchas dudas.

—Yo creo que no es lo más importante lo de la medalla, Deli —dijo Esther Alonso—. Y perdona que sea sincera, pero lo primordial es saber si vas a declarar sobre la agresión con el punzón. Un poco más y, en vez del hombro, casi te atraviesa un órgano vital.

—Sí, ya, en ese caso, y no es que quiera defenderle, creo que fue un accidente porque él lo que quería era provocar que… —Le tembló la voz.

—En ese caso también se le podría acusar de intentar provocar un aborto ilegal.

¡Deli, es aún más peligroso de lo que crees!

Pensamos que el viernes atacó a tu amiga Carlota, está ingresada, pudo haber intentado estrangularla.

Pero la pobre está tan aterrorizada que no ha vuelto a hablar ninguna palabra.

—¡Pero eso es espantoso! ¡Ay, no puedo continuar!

—¡Ya te dejamos tranquila, no te preocupes!

—le dijo el inspector Ondarreta—. El peligro ya ha pasado, está encerrado, pero esto es importante, para que te libres de él y estés a salvo, que cuando estés mejor, acudas a declarar a la brigada sobre lo ocurrido el 17 de noviembre.

Por un allanamiento de morada no puede permanecer en la cárcel, pero sí por un delito de agresión, si le denuncias.

Y quizás eso anime también a Carlota a denunciarle.

—Siendo así… No quiero que lo suelten, no podría vivir con el temor de que puede volver a aparecer por aquí.

—Comprendemos que es muy duro, yo creo que lo mejor es que llames a tu madre o a tu amiga Amelia para que estén contigo, y cuando sientas que tienes más fuerzas, te acompañen a declarar.

Carmen Delia se decidió por fin a llamar a su madre otra vez.

Marisa se quedaría con ella mientras tanto y los inspectores se fueron en el coche que habían traído, para recibir al recién detenido, que en esos momentos estaría pasando por admisión en los calabozos para interrogarle lo más pronto posible.

Pino Cabrera se presentó apenas media hora después, el tiempo que tardó en coger un taxi y sortear el caótico tráfico del Madrid centro.

Mientras tanto, su hija había llamado a su amiga Amelia, que estaba en el trabajo, para, en una breve conversación, ponerle al corriente de los últimos acontecimientos.

Madre e hija se fundieron en un abrazo interminable.

—¡Perdóname, mamá!

—¡Ay, hija! No hay nada que perdonar, ¡has vuelto!

Se separaron y la madre le acarició la tripa.

—¡Si encima traes un regalo precioso!

A Marisa le pudo la vena romántica, que no solía aflorar en ella, y se le humedecieron los ojos. ¡Qué tonta, por Dios, eso no era propio de una espía de pro!

Se le hacía tan raro ver a la ahora aparecida, era una sensación extraña. Como veía que estorbaba, quiso marcharse ya.

—¡Yo me tengo que ir, tengo que volver…!

—¡Pero qué dice usted, Marisa, tómese algo con nosotras, un cafetito, una infusión! Que supongo habrá, ¿no hija? ¡Si tengo tanto que agradecerles a ustedes vosotros!

—¡Claro que sí, Marisa, por favor! —le coreó la hija.

—Si acaso, un café con leche.

—Y yo me tomaré otro —apuntó Pino Cabrera.

—¡Estupendo! Tengo yo una leche especial, enriquecida en calcio, si no te importa. Pero yo la tomo sola, el café es un excitante y no me conviene. Tengo también unas pastas muy ricas que me ha traído Carlos, que se me ha antojado —sonrió.