La heroína de Cibeles 34 Un brick de leche enriquecido con calcio y algo más
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34 Un brick de leche enriquecido con calcio y algo más

Duncan, conocido en su pueblo y en el DNI con el nombre más prosaico de Francisco Javier García Pérez, observó la cerradura, introdujo con dedos firmes la llave mágica, sin ningún ruido, y con una especie de maza, la empujó.

Hizo un «click» apenas audible, pero aun así se paró a escuchar.

No se oía nada, ni siquiera la televisión, a la que los humanos hacen bien en llamarla «caja tonta».

Milimétricamente fue abriendo la puerta.

Algo le impedía avanzar. Vio una irrisoria cadena que iba desde la puerta a la pared.

Muy despacio, cogió la cizalla. Pequeña pero muy afilada, no le costó nada cortar por lo sano la cadenita.

Estaba sudando, pese al frío que hacía fuera, como en el portal.

Por la rendija de la gran puerta de madera, muy alta, observó un pequeño recibidor, que le impedía ver el resto de la casa.

Con el sigilo de un gato se introdujo en la casa. ¡Estaba dentro!

Se asomó al salón. Todo perfectamente ordenado.

Según sus informes, los chicos eran un desastre.

Ahí se veía la mano de Carmen Delia. Oyó ruidos de cacharros y el sonido de una voz femenina, en lo que supuso sería la cocina.

Debía de estar ordenando. Eso había jugado a su favor.

Por más silencioso que hubiera sido, el salón estaba demasiado cerca de la puerta y una persona, en silencio, le habría oído.

La fortuna le estaba sonriendo. Se sintió potente. Pletórico. En realidad, era esa sensación de superioridad, más incluso que el poder del dinero, lo que le había mantenido en el lugar más alto, el que maneja los hilos de los seres humanos, a su total merced.

Sentía la cizalla en su mano derecha. Pero se retuvo, no eran esos sus planes iniciales, pese a que su lado más salvaje le impelía a usarla, a machacar a aquella que se atrevió a desafiar su autoridad. Debía de estar hablando por teléfono, porque de vez en cuando decía: «¡Sí, sí!».

Cuando se asomó levemente vio que con una mano sostenía un teléfono inalámbrico y con la otra fregaba una encimera o llevaba las cazuelas recién fregadas a su destino en los armarios bajos de la cocina.

Escuchó atentamente las palabras, pocas, que podía intercambiar Carmen Delia en la conversación.

—¡Lo siento, mamá, yo… Pero todos los disgustos que te he dado… No me atrevía… Sí, creo que el niño va bien, supongo que creciendo … Por supuesto, sí… Sí…

Francisco García esperó a que terminara de hablar.

No convenía que la madre se alertara al otro lado del teléfono.

Pero lo que parecía ser un primer contacto entre madre e hija se podía alargar más de lo que a él le convenía.

Alguno de los gemelos, o ambos, podían volver en cualquier momento.

Dudó. Pero debía tener paciencia. Tocó en el bolsillo la ampolla de cristal cuyo contenido quería que Modesta Treinta tragara.

Según sus investigaciones, provocaban un paro cardíaco, como si fuera natural, y no dejaba el menor rastro a las pocas horas de su ingesta.

Tuvo una idea, al ver cómo su futura víctima, mientras seguía hablando por teléfono, había sacado de la nevera un brick de leche y se había servido en un vaso.

Esperó a que saliera de la cocina en uno de los dormitorios.

Una leonera auténtica, seguro que, ocupado por uno de los chicos, y donde no había llegado la mano limpiadora de Carmen Delia.

Desde su observatorio, con la puerta entornada, vio que no tardó mucho en salir.

Ella se sentó en un sofá del salón. Le daba la espalda.

La adrenalina le subía por las extremidades.

En absoluto silencio, como un zorro, se coló en la cocina, no debía tardar más que unos pocos segundos.

Rompió la parte de arriba de la ampolla, abrió la nevera.

Había dos cartones de leche. ¿Cuál cogería, por Dios?

Observó que uno de ellos pregonaba que estaba enriquecido con calcio.

¡Ese! Desenroscó el tapón e introdujo el líquido en el recipiente, lo volvió a enroscar y cerró la nevera.

Se guardó la ampolla en el bolsillo del abrigo y salió furtivamente hasta el dormitorio del gemelo, con la espalda de Carmen Delia apoyada en el respaldo del sofá del salón, y el vaso de leche bebido a medias.

Pensó que su plan no iba a fallar. Solo ella debía de beber la leche con calcio extra, porque si no, ¿para qué tener dos tipos de leche?

Ahora solo tenía que esperar a que la chica entrara otra vez a la cocina y él saldría por la puerta.

Ante lo osado de su acción, a punto de ser descubierto en cualquier momento, se felicitó a sí mismo.

Realmente se sentía tocado por una varita mágica que le confería del poder de volverse invisible.

—Estoy en la casa de los gemelos, mamá, pero preferiría que no vengas de momento. Es muy arriesgado. Sí, sí… No… No… La policía todavía no… No estoy preparada —Oyó que seguía la conversación.

¡Qué ilusa! Pero había llegado muy a tiempo. Y tras la rendija observó el perfil de la incipiente barriga, causante de todos sus males. Mataría dos pájaros de un tiro. Solo tenía que salir de la casa sin ser visto.

Esther Alonso aparcó en un paso de cebra, apagó la sirena y dejó las luces intermitentes puestas. Bajaron los tres. La inspectora Alonso siguió a la pareja, que ya antes había estado en el domicilio de Carlos y Lóscar.

Como el ascensor estaba parado en el bajo, lo cogieron hacia el tercer piso.

—¿Es seguro esto? —preguntó la inspectora al entrar detrás de ellos, que habían abierto las dos puertas con una manilla antigua. En los laterales, una urdimbre de enrejado de pequeños cuadrados protegía la cabina en su lento recorrido.

—¡Claro, no te preocupes, está controlado! —le dijo Angus, animoso.

—Al menos parecen haberle cambiado el mecanismo. —comprobó ella, ante lo silencioso del motor del ascensor, aunque crujía un poco el interior.

Pronto llegaron a la planta deseada. Ya en el descansillo oprimieron el botón de llamada, que resonó, con el clásico ring, en toda la casa.

Carmen Delia estaba despidiéndose de su madre en la primera conversación mantenida con ella desde su entrada en las Mentes Modestas.

Todavía le palpitaba el corazón ante el dolor del reencuentro, sobre todo por la sensación de culpabilidad que había sentido al oír la voz de ella y constatar lo mucho que le había hecho padecer ¿Cómo había sido capaz?

¿Por qué había abandonado a la persona a la que más quería en el mundo y que, tras la muerte de su padre, había dado todo por ella?

¿Cómo puede una persona perder la cabeza y equivocarse tanto?

Aun así, había notado que haberla recuperado le había dado a su madre una fuerza extraordinaria, que le había perdonado todos los sinsabores y más sabiendo que iba a ser abuela.

Iba a llevar el vaso de leche vacío al fregadero, para enjuagarlo, porque tanto hablar con su madre y las emociones vividas en la conversación le habían dado sed.

Tenía la boca totalmente reseca, también por la ansiedad.

Pero decidió rellenarlo con leche en el mismo vaso y se levantó para ir a la cocina y abrir la nevera.

Al entrar en la cocina sonó el timbre. Depósito inadvertidamente el vaso en la encimera y se dirigió hacia el recibidor, asustada, pensando en si debía abrir o no la puerta.

Recibió la mayor de las sorpresas cuando, en ese mismo instante vio a Duncan. ¡Sí, él! Salía del dormitorio de Lóscar e intentaba volver a él cuando sonó el timbre de la puerta.

Se quedaron paralizados los dos, como congelados en una imagen increíble. Le recordó a cuando veía una película grabada en la televisión y, por alguna interrupción, le daba al «pausa» y la escena permanecía hasta que se volvía a dar a continuar.

Pero un segundo después, en Carmen Delia, el espíritu de supervivencia le empujó a correr hacia la puerta, en sentido contrario a su enemigo. Sentía que estaba detrás de ella cuando logró asir el picaporte y abrirla, sin cadena que la retuviera. Chocó contra unas personas.

Por su parte, Duncan había visto que ya era hora de abandonar de una vez el piso, cuando vio que Carmen Delia se había levantado y se dirigía hacia la cocina.

Salió del dormitorio hacia el salón en el mismo instante en que oyó el timbre con sonido de campana de la puerta.

Ella salió de la cocina en ese momento, alertada por el estruendoso timbre.

Se miraron los dos, totalmente desconcertados.

Modesta Treinta fue más ágil que él, simplemente reaccionó una milésima de segundo antes, y corrió hacia la puerta. No pudo alcanzarla, por los pelos, y ya la había abierto. Bajo el dintel, reconoció a los inspectores que habían ido a interrogarle, acompañados por una mujer desconocida.

Todo sucedió muy deprisa. El inspector Ondarreta le vio a la vez que él.

Le había visto y en dos zancadas había llegado hasta él, apartando a Carmen Delia para entrar.

Le puso los brazos en la espalda y le inmovilizó, aun antes de que pudiera asimilar lo que había pasado.

Le sentó de un empujón en el sofá individual del salón.

—¡Quieto y no se mueva!

—¿De qué se me acusa, inspector Ondarreta? —encima, se atrevió a preguntar el tipo.

Carmen Delia Bencomo los miraba con estupor. Su enemigo, esposado, y los policías que habían invadido la casa, campaban por esta a sus anchas.

—Ya le leeré sus derechos. Por lo pronto, está acusado de allanamiento de morada. Porque, ¿ha dejado usted entrar a esta persona en su casa?

—¡No, no, yo no sé ni cómo ha podido entrar…! ¡Lo acabo de ver salir de un dormitorio cuando han llamado ustedes a la puerta!

—¡Pues ahí tiene su acusación! Y, además, le voy a informar de sus derechos. —Y procedió a cachearle—. Pero, ¿qué tenemos aquí? Una maza muy extraña, y una cizalla. Las pruebas del delito.

Se acercó a la puerta de entrada de la casa, observó la cerradura y vio unas pequeñas marcas que le indicaron que había sido forzada. La pequeña cadena había sido cortada limpiamente. Estaba claro que la chica no le había dejado entrar voluntariamente.

—Para empezar, tenemos suficiente con la acusación de allanamiento de morada. Estoy seguro de que a esta le podremos añadir otras tantas, que no van a ser tan de poca monta.

—¿Se encuentra bien? —le preguntó María Luisa Cuesta a Carmen Delia. La inspectora Alonso también se acercó para interesarse por su bienestar.