La heroína de Cibeles 33 Un lunes frenético #2
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33 Un lunes frenético #2

—¡Joaquín, no me toques los cojones, no estoy para bromas, dímelo de una puñetera vez!

—Pues, aunque no he visto nada, he oído claramente que decía algo así como: «Soy yo, Deli, no te preocupes».

¡Por fin! Ya tenía la confirmación de sus sospechas.

Si es que realmente la niñata no tenía muchas opciones, y su antiguo piso compartido era lo más lógico como segunda opción, después de estar en el piso de su amiga Amelia. La policía ya había estado ahí y no se le ocurriría volver. Lo más simple, lo más obvio, estaba delante de sus narices.

—Joaquín, escúchame, no hagas nada más, no te pongas en riesgo de que te descubran. ¿Me has conseguido el producto que te dije?

—Ha costado, pero sí, lo tengo.

—Te vas, te piras y desapareces del mapa, cuanto más lejos mejor. Quedamos si quieres donde siempre, que yo soy generoso con los que me son fieles. Me das lo que te he pedido y después, te repito, no quiero volver a saber nada más de ti.

—¡Por supuesto, jefe!

—Y me vas a traer además otro par de cositas, que ahora te cuento.

Marisa estaba totalmente emocionada

—¿No os dais cuenta? El camino que sigue, desde la calle Princesa, es el del antiguo piso, el de los gemelos.

ha podido encontrarla antes que nosotros.

Duncan vio bajar a los gemelos, juntos, trotando por el último tramo de las escaleras, que rodeaban el ascensor, riendo y dándose codazos. U—¡Claro, tiene su lógica! —estuvo de acuerdo Esther Alonso.

—¡Dejemos de mirar cintas, que ya estoy harto, y vayamos a ver otra vez a los gemelos!

—sugirió Angus—. ¡Y cagando leches! ¡No hay tiempo que perder!

Que el tipo ese lleva varios días desaparecido y n oportuno kiosco le permitía leer las portadas de las revistas del corazón, mientras vigilaba el viejo portal.

¡Qué suerte! No corrió, aunque la puerta con verja, pintada de negro, se cerró lentamente y podría haberla detenido. No quería alertarlos. Cuando los vio desaparecer dos calles más allá de su observatorio, oprimió varios botones, cuidando de no picar el piso y letra del apartamento de los chicos.

—¡Cartero comercial!

Una inocente alma caritativa le abrió y se introdujo en el portal. Efectivamente, un vetusto ascensor reposaba esperando a que los vecinos se arriesgaran a subir en él. Optó por las escaleras, como Joaquín.

Ascendió sin dificultad los tres pisos, estaba en buena forma gracias tanto a sus actividades placenteras, al baile y a unas tablas de ejercicios que se había auto impuesto hacer desde hacía algunos años.

«Mens sana in corpore sano», pensó.

Los dos inspectores y María Luisa Cuesta se apresuraron.

Fueron al aparcamiento y apenas les dio tiempo a pedir un coche del servicio del parque móvil.

No había disponible ningún conductor, por lo que la inspectora Alonso firmó rápidamente la recogida del vehículo, cogió las llaves que el recepcionista le lanzó al vuelo y entraron en el coche.

Angus se sentó de copiloto y Marisa se acomodó en la parte de atrás.

—Lo mejor es no llamar al piso de los gemelos, no se vaya a mosquear otra vez Carmen Delia, como cuando llamaron a la casa de Amelia por el telefonillo y huyó —les dijo el inspector.

—¿Vas a poner la sirena? —preguntó Marisa, entusiasmada ante el rumbo que tomaban los acontecimientos.

—¿Por qué no? —sonrió Esther, a la vez que oprimía el botón de esta, por lo que salieron con gran escándalo de la brigada.

—¿Has avisado al inspector jefe? —le preguntó Esther a su compañero.

— Lo estoy intentado, pero lo tiene apagado o fuera de cobertura —le contestó el inspector Ondarreta, que le estaba llamando desde su móvil corporativo.

—¡Ah, ahora que me acuerdo, tenía un juicio esta mañana! El de la señora Pardo, la desaparecida del año pasado.

—Pues con los juicios no se sabe, te pueden llamar pronto, como tenerte toda la mañana.

Duncan intentaría llevar a la práctica un par de trucos para forzar una cerradura.

Uno de ellos, del que su persona de confianza —Joaquín— le había puesto al corriente, consistía en introducir una llave maestra, y con un golpe seco anular el mecanismo de seguridad.

Antes de irse, le había hecho una demostración y no le pareció muy difícil.

Lo iba a comprobar, porque solo tenía una oportunidad de pillar desprevenida a su presa. No podía permitirse el lujo de fallar.

Llevaba también una pequeña pero efectiva cizalla, con la que romper la cadena, si la hubiera. Podría tener otros usos, pensó, mientras apretaba los labios, en un arranque de rabia ante la causante de sus desdichas. ¡Le iba a dar a la heroína de Cibeles su recompensa!

A media mañana la Gran Vía, a la que habían quitado un par de carriles en pro de los madrileños de a pie, estaba absolutamente colapsada. Se introdujeron en el carril bus, intentando vencer al terrible tráfico que les ralentizaba.

—En estas ocasiones quisiera volar con un dron —decía Angus, desesperado en el asiento del copiloto y que estaba intentando vanamente acelerar con su propio pie, machacando sin piedad la pobre alfombrilla.

Aunque el carril bus les permitía avanzar algo más que el otro carril restante, los autobuses urbanos y los taxis se iban retrasando al ritmo de cada parada.

En un tiempo que se les antojó eterno, por fin alcanzaron la calle Princesa, faltaba poco para llegar a la zona de Argüelles.

Enterramos nuestros pecados, lavamos nuestras conciencias.

Sean Penn

Mystic River