33 Un lunes frenético
Lunes, 18 de diciembre.
Duncan estaba esperando la llamada de Joaquín.
Mientras tanto, se alojaba en un hostal, con un nombre falso.
Ni siquiera le habían pedido la identificación, tan bajo era el nivel del antro.
No le había dicho dónde se alojaba ni siquiera a su número dos, Tristana, que estaría contenta si el desaparecía del mapa y la dejaba al mando.
Había notado ciertas señales que le indicaban que, agazapada tras su aparente sumisión, envidiaba su poder como líder de las Mentes Creyentes.
Su casa estaba bajo vigilancia, y había notado también la presencia policial en los alrededores de su local.
Joaquín le había informado del patético intento de suicidio de Carlota y de su estancia en el hospital. Se rio al recordar la visita que le había hecho el día anterior, a su habitación.
Esperó pacientemente a que salieran los padres a por un café de máquina. Prácticamente, no dejaban sola a su antigua pupila y agradable amante ni un segundo, por lo que aprovechó la ocasión.
Entró silenciosamente. Estaba dormida en una cama. No había nadie más. Del brazo le colgaba un gotero y tenía los ojos cerrados. La televisión, que funcionaba con fichas, estaba encendida, como compañía de fondo. Se acercó sigiloso y le oprimió el brazo. Carlota abrió los ojos y le vio.
El pánico le hizo abrirlos aún más, en una mirada de terror. Él sonrió satisfecho por la reacción, y con sus propias manos hizo el ademán de apretarle figuradamente el cuello. Luego se llevó un dedo a la boca, indicándole, como si fuera una cremallera que la cerrara, que no debía hablar.
No le llevó más de unos pocos segundos, cuando desapareció, según había entrado. Al salir, aun vio a los padres peleándose con la máquina, intentando decidir si querían un expreso, un capuchino o un café solo.
Controlada a la tonta de Modesta Siete, ahora debía dedicar todas sus fuerzas en encontrar a la hija de puta de Modesta Treinta.
Él, como líder de mentes que era, y si había tenido éxito en su empresa de dirigir y utilizar las mentes humanas, también podía adelantar acontecimientos y adivinar el rumbo de los pensamientos de sus acólitos, antes incluso de que estos los pensaran.
Lo del escondite en la casa de Amelia, simplemente, no lo había sabido porque le faltaban datos sobre la vida anterior de Carmen Delia.
Pero ahora disponía de un buen dosier de información, gracias a Joaquín.
El hombre le estaba resultando ser un buen aliado.
Y tenía una ligera idea de cuál era el segundo refugio de Modesta Treinta.
Y también de lo que tenía que hacer para que toda su vida actual no se derrumbara como un castillo de naipes.
Tenía enemigos dentro y fuera. Simplemente, había que llegar el primero. Se lo jugaba todo.
Miró el móvil. Esperaba la confirmación de sus sospechas de un momento a otro.
A las nueve en punto era el juicio. Daniel Hurtado llegó un cuarto de hora antes, con el traje de declarar en perfecto estado de revista y una discreta corbata azul marino con rayas grises, que le había escogido su mujer, que tenía más ojo que él con las concordancias de los colores.
La camisa, azul cielo, hacía resaltar sus ojos grises, según las observaciones de Carmen.
Él, como testigo, debía esperar fuera a que le llamaran. Tuvo que aguardar más de una hora a que el ujier le reclamara para entrar en la sala.
Había pasado cerca de un año desde que viera a su antigua desaparecida. Casi no la reconoció, cuando la vio sentada en la bancada de la izquierda, junto a quien supuso sería su abogada, y la madre y hermanos. Los hijos, supuso que no habían acudido, dada sus cortas edades.
Rosa Pardo había engordado varios kilos y le sentaban bien.
Recordó su figura en aquella cama, atada, sin posibilidad de comer ni de beber.
Poco había faltado para que ese criminal hubiera acabado con su vida.
Pero, gracias a Dios y a las pistas que ella, sin querer, había ido dando en sus escritos íntimos, habían podido encontrarla a tiempo.
Observó que el acusado, sin esposas, estaba sentado en el lado opuesto a la señora Pardo y sus familiares. Le acompañaba también una abogada, buena baza elegir una mujer para la defensa de un hombre misógino y acomplejado.
Las primeras preguntas se las hizo la abogada de la acusación. Le fue llevando, clara y concisamente, en el desarrollo del caso hasta llegar a la liberación de la desaparecida, que resultó que estaba secuestrada y había sido abandonada a su suerte, que era la de morir de inanición.
Con voz segura y profesional, su relato coherente con la tesis de la acusación, de asesinato con predeterminación y alevosía, se sostenía cada vez más, cuanto más claro hablaba el inspector jefe Daniel Hurtado.
Era un buen activo para la fiscalía, siempre daba sensación de profesionalidad y formalidad.
La defensa del acusado, que había contratado una buena letrada, intentó dinamitar todas sus aseveraciones.
Mientras rebatía uno a uno todos los intentos por poner en entredicho su declaración miraba al criminal que tenía enfrente.
Al contrario que la señora Pardo, Andrés Real había adelgazado, por lo menos, veinte kilos, y se le veía muy elegante, como un tipo equilibrado, que no hubiera roto un plato en su malvada existencia.
Pero a él no le engañaba tras esa fachada.
Con esos ojos crueles y vengativos que no perdían el control sobre su víctima, con afán, quizá, de seguir intimidándola.
Pero esta no le dirigió la vista ni una sola vez, pendiente, como estaba, de las palabras que iba desgranando Daniel en su defensa.
Cuando abandonó el estrado y se levantó de la silla, ella le sonrió levemente e inclinó la cabeza, casi imperceptiblemente, en un ademán de agradecimiento que solo él pudo interpretar.
Con los ojos de ella en la nuca, se dirigió a la salida, pasando ante el público que abarrotaba la sala.
Respiró fuerte. Ya había pasado todo. Por su parte había hecho lo posible para que ese criminal acabara con sus huesos en la cárcel el mayor tiempo que la ley podría condenar.
En cuanto a encontrarse otra vez con la mujer, única que había hecho tambalear los sólidos cimientos de su matrimonio, sin que su mujer se enterara, le había servido para comprobar que le había afectado profundamente volver a verla.
Pero no a tal punto de que volviera a ese estado de consternación y dudas que sintió cuando, poco a poco, se fue enamorando de la persona investigada, aun sin conocerla físicamente, por la personalidad tan original y atrayente que traspasaba las palabras por ella escritas.
Pero debería considerar ese episodio como algo platónico, aunque real.
Estaba seguro de que nunca la olvidaría, pero quedaría en eso, un caso entrañable que vino a romper la rutina de su matrimonio, y que quizás, ahora que lo había superado, le hacía valorar más lo que tenía en casa.
Se acordó de su mujer cuando le guardaba la comida en el microondas, en un inútil pero cariñoso intento de mantener caliente la comida; o le preparaba su cocido preferido; o cuando no le ponía suavizante a la ropa porque a él le gustaba que le rascaran las toallas; o cuando le recibía en casa,
alegre, enseñándole la última acuarela que había pintado en el centro cultural del barrio.
Un sinfín de pequeños detalles que había que estar muy atentos para valorar en su vida de pareja.
E igual que ella le había preparado un viaje sorpresa a las Canarias, pensó, de camino a la brigada, que bien se merecían los dos alguna que otra sorpresa, y en la ilusión que le haría, no solo a ella, sino a él también.
Angus se había despertado en una esquina de su cama, arrinconado.
Esta Marisa, cuando dormía, abusaba totalmente del espacio y se cruzaba sin ningún miramiento.
Con un codazo aquí y otro allá, consiguió que se moviera hacia el lado contrario.
Aun así, la observó mientras dormía, el pelo rizado, totalmente despeinado, desparramado en la almohada; que esa era otra, también había acaparado.
Pero le perdonaba esas minucias, dormida estaba preciosa también.
Se quedaría horas así, velando su sueño.
Ella lo debió de advertir porque abrió levemente los ojos.
—¿Qué miras? —le sonrió.
—Lo guapa que estás sin peinar —le respondió Angus, con ojos de cordero degollado—. Y lo abusona que eres, que me tienes aquí, en una esquinita, con lo largo que soy, y encima me has robado la almohada.
—Jo, Angus, es que estoy acostumbrada a abrazarme a la almohada.
—¡Ya, pero teniendo aquí un hombre hecho y derecho a quien abrazar, que se quite esa miserable almohada, no valdrá ella más que yo!
—Ya nos acostumbraremos, ¿a que sí? —le dijo ella.
—¡Pues claro, si protesto por protestar, que estoy encantado!
En ese momento sonó el despertador.
—¡Oh, no! —dijo Marisa, tapándose la cabeza con la sábana.
—¡Oh, sí! ¡Vamos, princesa, que el deber nos llama!
En la brigada, Esther Alonso les esperaba ya. Parecía particularmente contenta.
—¡Eh, chicos, parece que se os han pegado las sábanas!
—bromeó cuando los vio aparecer dedicándose miraditas tiernas. «Estos han pasado a mayores», se aseguró con regocijo. Y pensar que gracias a ellos y al niño de Cádiz había dado un vuelco a su propia vida. Se encontraba ilusionada, deseando empezar una nueva etapa.
Pronto estuvieron visionando las nuevas imágenes que habían ido llegando el fin de semana y ese mismo lunes por la mañana.
La habían perdido en plaza de España. Les costó un par de horas, pero al fin la localizaron. Cruzaba la plaza hacia la calle Princesa.
—¡La tenemos! —Marisa daba palmas. Se la veía muy contenta.
Duncan recibió por fin la llamada que esperaba, en el móvil prepago que había adquirido para las comunicaciones con su informador.
—¿Joaquín?
—¿Sí, señor García?
—¿Has estado vigilando el domicilio que te dije?
—Sí, y en principio no noté nada, pero he seguido a uno de los chicos, cuando entraba en el piso, él ha subido en una tartana de ascensor y yo corriendo por las escaleras, he subido un tramo de escaleras más, desde el que tenía controlada la puerta.
¡Uf, he llegado un poco antes que él! Ha abierto la puerta con su llave, y ¿a qué no sabe qué ha dicho?