32 Tres novedades sentimentales #2
Cualquiera diría, si supiera lo que iba a hacer, que no era un sitio muy seguro, pero quizás lo predecible de su siguiente paso le ayudaría a seguir escondida.
Además, ella sabía, con toda seguridad, que con ellos estaría a salvo.
No sabía si su antigua habitación estaría ocupada, pero era un pequeño riesgo que tenía que correr.
La relación con Carlos había sido más especial que con su hermano.
Cuando comenzó a sentirse atraída por él, coincidió que poco después conoció a Carlota, lo que apagó esos inusuales sentimientos.
Pero, en estos últimos días, en la casa de Amelia, había vuelto a pensar en él y eso le decidió a intentar que la acogieran en su antiguo y caótico domicilio.
—¡Oh, Carlos!
—¡La Deli!
Lo abrazó fuerte, como si fuera a escurrirse de entre sus manos.
Olía ligeramente a sudor y a sábanas arrugadas, como él mismo, que llevaba puesto solo unos calzoncillos tipo bóxer y una de sus famosas sudaderas de grupos de rock de otras épocas, fina de tanto uso y con un roto a la altura del hombro.
—¡Menos mal que estás a salvo!
La apartó un momento de su lado.
—¡Aquí hay una barriga que antes no estaba! —comentó mientras le apartaba y miraba la tripa que se había interpuesto entre los dos. Al ser una chica delgada, el embarazo de cuatro meses se le notaba a simple vista.
—Sí, Carlos, espero un hijo —le dijo ella, con temor al rechazo.
—¡Bueno, bueno, todas son buenas noticias! ¡Pero pasa, que estamos hablando en pleno pasillo, los vecinos se lo van a pasar hoy aún mejor que los demás días! ¡Cómo les gusta cotillear!
Fue decir las últimas palabras cuando Carmen Delia comprendió el peligro que, por su imprudencia, podían correr, tanto ella como los gemelos, así es que pasó dentro del piso y cerró la puerta tras de sí.
—Han venido de la policía a buscarte.
—¿Cómo? ¿Por qué? —se asustó.
—Tranquila, Delia, que solo querían darte una medalla o algo así, por haber salvado a ese niño y por alertar al resto de los pasajeros.
—Realmente no tuvo importancia, fue algo reflejo.
—No hablemos de ello, que seguro que te recordará escenas terribles del atentado.
— No te preocupes, que no hace falta que hable de esa pesadilla, es algo que tengo grabado a fuego, no creo que jamás pueda olvidar tanta muerte y desolación. Pero dime, ¿está tu hermano en casa? —preguntó la joven para cambiar de tema.
—No, no sé qué estará haciendo, hoy no ha dormido en su cama. Ya hemos terminado las clases, estamos en vacaciones navideñas y ayer salimos a celebrarlo, pero él conoció a una chica y…
—¡Ya imagino! —sonrió Carmen Delia, aliviada de que no fuera el propio Carlos el que ligara la noche anterior. Eso le hizo recordar una de las razones por las que no se había acercado a Carlos cuando comenzó a verlo de otra manera.
— Pero nos hemos reformado algo, ya casi hemos terminado tercero, aunque nos queden aún algunas asignaturas sueltas, y yo tengo aprobado Derecho Procesal II, de cuarto curso.
—¡Algún día de estos terminaréis la carrera y vais a tener que trabajar!
—Pero si nos falta muy poco para el grado medio, quizás nos quedemos ahí. ¡En fin, que todo lleva su tiempo, que la vida del estudiante es muy dura! —Se rieron los dos.
Carmen Delia se dio cuenta de que no se había reído así, realmente, desde que salió del piso, años luz atrás. Echó un vistazo alrededor. El desorden campaba a sus anchas por el salón, imaginó que ocurriría lo mismo por el resto de la casa. —¿Tenéis algún inquilino ahora?
—No, nos duran poco. No hemos tenido la suerte de conocer a nadie como tú.
¿Sabes? ¡Te he echado muchísimo de menos, he de reconocer que te había cogido un poquitín de cariño!
—Carmen hubiera jurado que lo había visto enrojecer cuando le dijo las últimas palabras, pero descartó la idea, por ridícula—.
Deli, no hace falta que preguntes, te puedes quedar con nosotros, tienes libre tu antigua habitación.
—¡Gracias, Carlos, no sabía cómo pedírtelo!
—¿Solo tienes eso? —le preguntó el chico, señalando la mochila.
—Tuve que salir corriendo.
—Ya nos comentaron los inspectores tu situación.
Bueno, no son inspectores los dos, hay uno que sí, se llama Angus Ondarreta, que está en la Brigada de Homicidios y Desaparecidos, muy majete, y otra chica, que poco menos que es espía, Marisa se llama, una pelirroja buenísima, a mi hermano Lóscar le hizo tilín, y que le ayuda en tu búsqueda.
Le resumió en breves frases lo acontecido en el piso en el que fueron a interrogarles. Carmen Delia no salía de su asombro.
—Pero yo creo que es bueno tener a esa gente a tu lado, te pueden proteger.
—No conocen a Duncan, es capaz de todo. Hasta de matar, estoy segura.
—¡Puñetero Duncan!
—¡No me fío, no me siento segura, Carlos, no quiero acudir a la policía!
—Por supuesto, aunque te repito que yo creo que te ayudarían. Pero vamos, aquí te puedes quedar el tiempo que quieras, y, si conozco a mi hermano, sé que hablo también por él. Como ya han venido por aquí, no creo que se les ocurra volver.
—¿Sabes algo de mi madre?
—Sí, creo que comentaron que había venido a Madrid a buscarte. Hablaron con ella en cuanto supieron tu nombre y no le faltó tiempo para coger el primer avión. Precisamente ella fue la que les dijo nuestra dirección.
—¡Madre mía!
—Convendría que la llamaras, Pino debe de estar muy preocupada.
—Lo he pensado mil veces, pero he sentido tanta vergüenza por lo que he hecho y encima, embarazada.
—Deli, una madre lo perdona todo y más si has conseguido salir de ese grupo de taraos, perdona la expresión…
—Si tienes razón, ya lo veo así, desde que he puesto distancia, son desde luego unos perturbados, y más el líder. Pero prefiero dejar el tema, de momento. Y, gracias, Carlos, necesitaba salir de la casa de Amelia, allí ya no me sentía segura.
—No te preocupes, aquí estás a salvo, con estos dos hombrones. —La miró a los ojos y le palmeó la mano, y se la cogió brevemente—. Lo sabes ¿verdad?
—Sí, lo sé —musitó Carmen Delia—. Solo espero no poneros a vosotros en peligro.
Cuando reuniera fuerzas llamaría a su madre, pensó, mientras, sin pensarlo mucho, comenzó a recoger el salón y a limpiar y ordenar el desastre habitual de los gemelos. Le serviría de distracción.
Lo gracioso es que estando afuera de prisión era un hombre honrado, recto como una flecha. Tuve que entrar en prisión para convertirme en un criminal.
Tim Robbins
Cadena perpetua