La heroína de Cibeles 32 Tres novedades sentimentales
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32 Tres novedades sentimentales

en un fin de semana

Sábado, 16 y domingo, 17 de diciembre.

El fin de semana el inspector jefe Daniel Hurtado lo pasó en su hogar. Que los inspectores siguieran trabajando con los casos más urgentes, pero él, como jefe, tenía el privilegio de irse a casa, si así lo consideraba.

Angus le puso al corriente de los graves sucesos ocurridos en el apartamento de la captadora de Carmen Delia, Carlota.

Mientras la antigua integrante de las Mentes Modestas, se recuperaba en el hospital y se decidía a hablar, había que continuar con la investigación.

Los agentes encargados de vigilar a Duncan le habían perdido el rastro y eso casi había resultado fatal.

Habló con ellos y les encargó que prioritariamente dieran con su paradero.

Había estado hablando con Pino Cabrera, la madre de Carmen Delia, que seguía alojada en el hostal que le había recomendado Berta, y le había puesto al corriente de las últimas novedades. Por su parte, le aseguró que los amigos y familiares de Canarias no habían tenido ninguna noticia sobre su hija.

Agradeció que Carmen no le tuviera preparado ningún viaje exprés ni ninguna otra sorpresa.

Solo sugirió ir a ver la decoración navideña de las calles del centro.

Ya llevaban los adornos puestos más de tres semanas y era tradición en la pareja pasear por los puestos navideños de la plaza Mayor, y dar una vuelta por la Gran Vía o por la calle Preciados.

Eso significaba que habría aglomeraciones de gente preparando sus compras o ruidosos turistas que invadían la capital en esas fechas.

O que estarían comprando lotería en Doña Manolita o en las loteras ambulantes de Sol, sufriendo colas interminables antes del próximo sorteo de Navidad del 22 de diciembre.

Ya estaban acostumbrados, pero Daniel, que estaba para pocos jolgorios, sugirió ir después de comer, para no coincidir en la hora punta de los transeúntes.

Debía de ser la edad, pero cada vez le apetecía menos festejar las navidades.

Solían reunirse con su suegra, que unos días antes se instalaba en la casa, y con algunos primos y sobrinos.

La familia era escasa, pero bien avenida.

Que, por cierto, su suegra debía de estar a punto de llegar, por las fechas que eran.

Seguramente su mujer le había comentado y él, distraído, no la habría escuchado.

También estaba algo nervioso. El lunes tenía que ir a declarar al juicio sobre Rosa Pardo, su querida desparecida del pasado año.

No solía llevarse trabajo a casa, pero se había traído el expediente sobre ella.

Utilizaría el fin de semana para preparar minuciosamente la declaración.

Advirtió a su mujer que tenía que trabajar en el despacho sobre un caso, sin especificarle cuál, y en cuanto se lo permitieran sus obligaciones navideñas, pensaba dedicarle el resto de su tiempo libre.

Marisa y Angus terminaron rápidamente de comer, y ante la agresión sufrida por Carlota, encontrar a la desaparecida se había convertido en prioritario.

En la brigada, los tres pares de ojos no habían conseguido ningún resultado durante la tarde anterior, así es que, como habían perdido la última imagen de Carmen Delia en Callao, y mientras llegaban las solicitadas por los alrededores, descartaron, con lo que tenían,

que hubiera acudido a las estaciones de autobuses o trenes más concurridas.

Eso los había llevado hasta las nueve de la noche, cuando se habían dado por vencidos.

Quedaron el sábado para seguir chequeando las cámaras de seguridad, con el nuevo material que les acababa de llegar.

—¡Por fin, ahí está! —gritó Marisa, al descubrir en el último visionado de la cafetería a Carmen Delia.

La aburrida tarea les ocupó toda la mañana.

Acababan de llegar las cintas del Cine Callao, del Palacio de la Prensa y de una conocida cafetería.

Las visionaron con avidez.

Bajaba por Gran Vía, dirección a plaza de España.

—Pediremos las cintas de plaza de España, hay varias tiendas de ropa y cámaras de tráfico en la plaza —les dijo Esther Alonso—.

Chicos, por hoy no podemos hacer nada más.

Sugiero esperar al lunes a que nos llegue el material que hemos pedido.

Si hay alguna novedad por parte de Carlota, el inspector Medina ya nos la comunicará.

Nuestros agentes no han logrado encontrar todavía a Duncan, pero no dejarán de buscarlo el fin de semana.

Después de despedirse de Esther Alonso, que declinó la oferta de acompañarlos a comer, se encontraron de nuevo en su cafetería casi particular. En breve se produciría una primera novedad sentimental.

Su rincón estaba libre, por lo que pudieron acomodarse enseguida. Prestaron poca atención al menú. Angus era consciente de que tenían casi todo el fin de semana por delante, sin el lastre del trabajo, que hasta ahora no les había dado ningún respiro.

Los ojos de Marisa le sonreían, mientras comían sin apenas darse cuenta. El postre les llegó muy pronto. Tomaron melón los dos. El inspector Ondarreta cada vez estaba más nervioso, ante la propuesta que quería hacerle a Marisa. Inquieto, sugirió al fin:

—Marisa, ¿quieres que tomemos el café en mi casa? —Nada más decirlo, la frase le pareció infantil, sabiendo que era una excusa manifiesta para lo que deseaba desde que conoció a la pelirroja.

—¿Qué pasa, Angus, me estás invitando realmente a un café? —Marisa sonreía.

—¡Bueno, eh, o a una infusión! —La muy traviesa no se lo quería poner fácil y se veía que disfrutaba con los apuros que estaba pasando.

—¿Tienes té verde? Yo lo bebo igual que Duncan.

—¡Eh, pues, no, creo que solo tengo té normal, no sé el color, y manzanilla! Pero lo que te quería decir es que ya sé que me habías dicho que más despacio, que esperáramos a tener el caso resuelto y demás, pero...

—¡Da igual, te acepto la propuesta! —le interrumpió ella.

—¡Pues vamos! —Angus se levantó de un salto, dejó en el mostrador el importe de los dos menús, y cogiendo a Marisa de la mano, salió disparado en dirección al autobús. ¡Que aceptaba su propuesta! ¿Eso quería decir lo que él creía que quería decir? ¿A un té o a lo otro?

Lo iba a comprobar en breve.

Cuando llegaron a la casa de Angus en un tiempo récord, no perdieron ni un segundo, después de cerrar la puerta del piso, en preparar ninguna infusión. Estaban dedicados a acciones más productivas.

La segunda novedad sentimental estaba a punto de suceder.

El domingo por la mañana, mientras la recién estrenada pareja estaba despertando después de una larga noche, Esther Alonso, sin embargo, se dirigió a una reunión, en principio, menos placentera.

Apenas había pegado ojo y pasó toda la noche dando vueltas y vueltas en la cama, con total desasosiego.

Se tomó el desayuno con desgana, se dio un baño de sales para relajarse e intentó leer uno de los dos o tres libros que tenía empezados.

No le sirvió de nada, a la una, hora en la que había quedado en el parque de al lado de su casa con Javier, ya estaba sentada en un banco, temiendo esperar si se retrasaba.

Afortunadamente, no fue el caso y apareció casi a la vez que ella.

—¡Hola! —se dijeron los dos a la vez, cohibidos.

—Esther, yo…

—Javier, yo…

Se rieron, llevaban tanto tiempo juntos que parecían siameses.

—Comienza tú —le dijo la inspectora.

—He estado pensando mucho en nuestra situación, Esther, y realmente tienes razón en todo.

Nos habíamos acomodado en nuestras vidas y hemos descuidado nuestra relación de pareja.

Aunque no vivamos juntos, la rutina está presente en todo lo que hacemos juntos.

He analizado lo que siento realmente, me he preguntado si es verdad que todavía te quiero o seguimos juntos por seguir.

—Y ¿qué es lo que sientes, Javier?

—He tenido mis dudas estos dos días, no te lo voy a negar y ha habido momentos en los que he pensado que lo que siento por ti es más como el amor de una hermana o una amiga, pero después, pensando en la idea de no volvernos a ver, de no estar juntos, me ha venido una angustia enorme, insoportable,

un miedo horrible de perderte, y no quiero eso.

—Javier, jamás te he oído hablar tanto tiempo seguido y menos de este tema. ¡Has hablado más de sentimientos que en todos estos años que llevamos juntos!

—Ya sabes que no soy muy expresivo.

—Y yo tampoco, menudo par nos hemos juntado.

—¿Tú qué piensas, Esther? —le preguntó su novio, y ella le vio la cara de asustado.

Estaba acostumbrada a ver los detalles del comportamiento de las personas en los interrogatorios y no pudo evitar comprobar que a él le temblaban ligeramente las manos y que movía las piernas sin darse cuenta.

—¿Sabes? Yo he pasado casi por las mismas fases que tú, duda, temor, ansiedad por la conversación que estamos teniendo. Nuestra relación últimamente era como las de antes,

cuando los novios vivían en la casa de sus padres y se veían de vez en cuando. Eso tendría que haber cambiado cuando terminamos de amueblar nuestro piso. ¿Por qué no hemos dado ese paso?

—No lo sé, Esther, no nos hemos exigido nada. Pero yo quiero que nos demos una oportunidad de cambiar, creo que aún estamos a tiempo. ¡Te quiero!

—¿Estás seguro?

—Sí, es más, creo que deberíamos dar un giro total —le contestó él.

—¿Qué tipo de giro?

—Esther, pero ¡si tenemos piso! No tenemos nada más que trasladarnos. Lo quiero todo, vivir juntos y tener un hijo.

—¿No lo estarás diciendo por contentarme, porque piensas que es lo que yo quiero?

—¡No, en serio, realmente me apetece muchísimo este cambio! Y, además, ¡un hijo! Si estoy deseando que nos pongamos inmediatamente a ello.

—¡Qué exagerado! Nunca me habías dicho que lo desearas.

—Porque creía que tú no querías, porque entorpecería tu carrera.

—¿Qué hemos hecho estos años, Javier? ¡No hemos hablado ni nos hemos comunicado entre nosotros!

—¡Todavía estamos a tiempo de arreglar lo nuestro, Esther, por favor, dime que sí!

—¡Sí! —le contestó ella.

Para sellar el nuevo rumbo, se abrazaron con un sentimiento, fuerte, que les recordó a sus primeros años juntos.

La tercera novedad sentimental llevó a Carmen Delia a llamar al timbre de una puerta, después de salir la mañana del jueves de la casa de Amelia.

Realmente, tenía un presentimiento de que debía abandonar la casa de su amiga, como le dijo en la carta que le había escrito.