La heroína de Cibeles 31 En el hospital
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31 En el hospital

Sonó el teléfono. Primero el fijo, con insistencia. El contestador se hizo cargo de la llamada.

Después sonó el móvil, que había dejado en la mesilla. El tono era mucho más alto. El insistente sonido le molestó tanto a su cerebro en suspensión que, mecánicamente, alargó la mano y lo alcanzó.

Oprimió a tientas el punto verde y oyó a su madre.

—¡Carlota, hija!

—¡Mamá! —consiguió susurrar, antes de sumirse en la inconsciencia total.

—¡Carlota, Carlota!

Menos de veinte minutos después, un taxi y una ambulancia llegaban a la vez.

La madre de Carlota, Engracia, les abrió la puerta con las llaves del apartamento que le había dado su hija.

No había nadie en el salón. Se dirigieron al único dormitorio.

La joven estaba tumbada en la cama, con los ojos cerrados.

Descubrieron la caja de las pastillas, vacía, sobre la mesita de noche, al lado de un libro y un vaso de cristal.

El móvil descansaba sobre sus piernas. Los sanitarios comenzaron su trabajo.

—¡Ay, Carlota! ¿Qué has hecho? —susurraba la madre, mientras hacían vomitar a su hija.

Después, una vez estabilizada, los acompañó en la ambulancia.

Los diez minutos de trayecto hacia el hospital se le hicieron eternos. Su hija respiraba levemente, con la ayuda de una mascarilla de oxígeno.

Tenía cogida su fría mano, en el otro lado el médico de urgencia le revisaba las constantes vitales. De repente, algo le llamó la atención. Descubrió unas marcas en el cuello, rojizas.

—¡No es posible! —Lo impensable se abría camino en su mente.

Después de avisar a su marido, con el que quedó en el hospital directamente, llamó al inspector Medina.

Gregorio Medina apresuró el paso. Engracia le había intentado localizar desde hacía un par de horas. Tenía apagado el volumen del móvil, le había pillado en una reunión con unos padres cuyo hijo sospechaban había sido captado por un grupo de lunáticos adoradores de los ritos satánicos.

A Carlota la acababan de subir a planta, según el último mensaje de la madre. Se dirigió a la habitación 322.

Tocó con los nudillos en la puerta y entró.

De las dos camas que había en la habitación solo estaba ocupada la de Carlota.

—¡Inspector Medina! —le llamó la madre de Carlota, que junto a su padre estaban a ambos lados de la cama. La enferma, cabizbaja, no levantó los ojos. El pelo rubio le tapaba el semblante.

—¿Qué tal estás, Carlota? —Pero la chica no dio muestras de haberle escuchado porque no le respondió.

Engracia le hizo un ademán al inspector, que salió con ella al pasillo, por lo que pudieron hablar sin que la joven los pudiese escuchar.

—¿Qué ha sucedido?

—¡Ay, inspector Medina! —se lamentó la mujer—.

Como me pidió el teléfono de Carlota para los inspectores que buscaban a Carmen Delia, no me quedé tranquila y la llamé por si la habían alterado.

A pesar del tiempo transcurrido, mi hija no ha superado aún lo de la secta, y temí que se le removieran los sentimientos.

Aparentemente no lo parece, porque es una chica muy habladora y simpática, pero la procesión iba por dentro y le estábamos pagando una psicóloga.

El caso es que como no me cogía el teléfono del apartamento, le he llamado al móvil, y cuando por fin ha respondido, me ha dicho un «mamá» tan quedo y desesperado que he ido corriendo en un taxi y he llamado desde él a una ambulancia.

Me temía cualquier cosa. ¡Qué angustia he pasado!

El caso es que se había tomado un montón de pastillas, pero han llegado a tiempo, y le acaban de hacer un lavado de estómago, por lo que su vida ya no corre peligro.

Pero lo peor de todo, inspector, es que… —La mujer calló.

—Continúe, por favor.

—Pues, ya se lo he comentado a los doctores y la han examinado. Vi que tenía unas marcas rojas en el cuello, que no me parecían normales ¡Resulta que alguien ha intentado estrangular a mi hija…!

—Pero ¿cómo es posible? Si el inspector Ondarreta acababa de hablar con ella.

—¡Ha sido ese desgraciado, Duncan, estoy segura, inspector Medina! Debió de entrar después de que se fueran.

—¿Qué ha dicho Carlota?

—¡Nada! ¡No quiere hablar! Y los médicos nos han dicho que no la presionemos.

—Por favor, Engracia, cuando Carlota esté mejor, si consigue que diga algo, me llama a cualquier hora. El individuo ese está suelto, y si ella declara podemos emitir ya una orden de arresto para que no vuelva a hacer daño a nadie más.

—Gracias por todo, inspector Medina.

Al salir del hospital, y antes de coger el coche, llamó a Angus.

Estaban con el postre cuando recibieron la llamada del inspector.

—¿Gregorio? —se extrañó Angus al ver reflejado al autor en la pantalla del móvil. Pulsó el volumen de voz para que Marisa oyera la conversación. Cuando terminó de narrarles lo ocurrido, hubo un momento de silencio.

—Gracias, Gregorio, y por favor, cualquier novedad sobre el estado de Carlota, y si se decide a hablar, me lo dices, que como se confirme que ha sido el culpable de haber estrangulado a la pobre chica, vamos a ir a por él.

—Ya, Angus, pero no sabes lo difícil que es que las chicas que han sido abducidas por estos tipos hablen en contra de ellos. Y más cuando han intentado matarla.

Al cortar la llamada, ambos se miraron serios.

—¡El tipo está descontrolado, Marisa! ¡Se ha convertido en un peligro! Tenemos que encontrar a Carmen Delia urgentemente.

—Angus, ¿crees que Duncan sabía dónde vivía Carlota? ¿O que lo ha sabido por nuestra culpa, si, por ejemplo, nos ha seguido? ¿No le estaremos conduciendo hacia su víctima?

—No lo sé, pero tenemos que tener mucho cuidado sobre eso a partir de ahora.

Quiero que lo último que veas en este mundo sea el rostro del amor, así

que mírame mientras lo hagan.

Pena de muerte