La heroína de Cibeles 30 Una visita inesperada
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30 Una visita inesperada

Carlota se quedó paralizada ante la aparición de su antiguo líder.

Su rostro empalideció. La mano que sujetaba el picaporte de la puerta principal actuó por su cuenta e intentó cerrarla.

Pero Duncan empujó a la chica, con fuerza, y se introdujo en el pequeño apartamento. Él mismo cerró la puerta tras de sí.

—¿Sorprendida? —le preguntó—. ¿No contestas, se te ha comido la lengua el gato?

—¡Yo…! —balbuceó la joven.

—No te preocupes, si colaboras me iré enseguida. Pero anda, ¡siéntate! —Y la empujó bruscamente hacia el sofá, mientras él se sentaba a su lado.

—¡No sé nada, Duncan!

—¡Vamos, vamos, si ni siquiera he formulado ninguna pregunta y ya estás a la defensiva! Si te iba a preguntar primero cómo te encuentras desde que nos abandonaste, no cuesta nada ser educada.

—¡Sabes bien que me echasteis, pero bien, realmente me hicisteis un favor!

—¿Que te hemos hecho un favor? ¡Pues bien que has disfrutado con nuestra compañía, eh, pequeña fogosa! A eso no le ponías ningún reparo, ¿verdad? Y, por cierto, ¿qué tal con la psicóloga? ¿Te sigue haciendo falta arreglar esa cabecita tuya tan protestona?

—¿Cómo sabes…?

—Vamos, Carlota, me subestimas, he seguido tus patéticos pasos desde que nos entregaste las llaves —mintió, se acababa de enterar—. Tienes muy mono el apartamento, quizás un poco pequeño para mi gusto. Te has construido un bonito nido. Y supongo que seguirás queriendo disfrutar de él.

—¿Qué quieres? —La chica no pudo evitar que le temblara la voz.

—Nada, saber qué les has dicho a esos dos policías que acaban de salir. Por lo que habéis tardado, supongo que habréis tenido una buena charla y creo saber el motivo. ¿Quién sino nuestra querida Modesta Treinta? ¿Tengo o no razón?

—Sí, me preguntaban por Carmen Delia.

—Y ¿qué querían saber exactamente?

—Que si yo sabía dónde estaba, por lo visto le quieren dar un premio o algo así, por salvar la vida a un niño en el atentado de Cibeles.

—Sí, el famoso atentado y su famosa heroína. Y ¿qué les has contado?

—¡La verdad, que no tengo ni idea de dónde está! ¡Que no he vuelto a saber nada de ella! ¡Que no la he visto desde que me fui de los Modestos!

—No te creo, pero ¿qué más te han dicho? ¿Qué saben ellos?

—Pues que tú, tú… se sospechaba que tú…

—¿Yo qué?

—¡Que le habías herido con un punzón!

—¡Maldita sea, esos cabrones! Y tú, ¿seguro que no sabes nada? ¡Alguna idea tendrás! De otro modo, no habrían venido a verte.

—¡No, lo juro!

—¡Dímelo, mentirosa! —le gritó, mientras se giraba hacia ella para cogerla [mh1]del cuello—. ¡Dímelo, dímelo!

¡Dime adónde ha podido ir esa puta!

—¡No lo sé, no… no…!

Sin darse cuenta, cegado como estaba, fue apretando la carne que tenía entre las manos, privándole de respirar. El rostro de Carlota iba adquiriendo un color morado, los ojos desorbitados del pánico.

Duncan pareció recuperar la cordura, porque soltó de golpe las manos del cuello de la joven. Esta se derrumbó en el suelo, presa de un angustioso ataque de tos, por el que intentaba recuperar la respiración.

El hombre se miró las manos, que a punto habían estado de matar a una persona. Su víctima sollozaba ahora, con grandes hipidos.

—¡Cómo cuentes algo de lo que ha pasado, te mataré, te escondas dónde te escondas! La próxima vez no me detendré. ¡Ya sabes de lo que soy capaz!

—¡No diré nada, Duncan, por favor! ¡Lo siento, lo siento, lo siento! ¡Siento si te he molestado! —suplicaba Carlota, con la voz entrecortada, aún no recuperada la respiración.

No había terminado de decir las últimas palabras cuando oyó un portazo.

¡Se había ido! Temblando se dirigió a la cómoda.

De una caja de antidepresivos, sacó torpemente todas las píldoras de un blíster, le añadió unos calmantes y se fue a la cocina a por un vaso de agua.

Debía tranquilizarse. Carraspeó, miró la mano con las pastillas.

Se olvidó de todo lo aprendido en las sesiones con la psicóloga, que tanto le habían ayudado.

La fragilidad volvió a aparecer. El equilibrio, roto.

En ese momento solo deseaba echarse en su cama, dormir en paz, olvidarse de la pesadilla que acababa de vivir.

Ni en sus peores sueños habría imaginado que el protagonista de sus desgracias apareciera, en el lugar al que ella creía seguro, e intentar matarla.

La sensación que le producía era insoportable.

Un agradable sopor fue sustituyendo a la angustia del maltrato, y cerró los ojos para olvidar que Duncan había vuelto, real, e invadido su espacio, hasta ahora seguro.

¿Te has parado a pensar alguna vez como una decisión sin importancia

puede cambiar totalmente el rumbo de tu vida?

Sean Penn

Mystic River