29 Javier
Javier llegó puntual a la cita con su novia. Extrañamente estaba nervioso. Había notado en Esther un tono que no le había gustado nada. Además, nunca quedaban en verse a mitad de la mañana. Lo extraordinario del hecho era suficiente para barruntar que pasaba algo. En la relación con
Esther no había sorpresas, lo tenía todo controlado.
Tras consultarlo con ella pidió un par de barritas con tomate, para untar con aceite de oliva, y dos cafés con leche en taza grande. Hablaron de cómo les había ido el comienzo de la jornada en sus respectivos trabajos, lo que les llevó un par de minutos.
—El lunes que viene tenemos la comida de Navidad en el trabajo, en el restaurante de todos los años.
—¡Vosotros, afortunados, que podéis planificar esas cosas con antelación! En la brigada si no es una urgencia es un caso, como mucho tendremos un piscolabis el día 24, esté quién esté.
—No te pierdes nada, la comida de mi trabajo será el mismo rollo, con los compañeros graciosillos de siempre, que aprovechan para comer y beber como si no hubiera un mañana.
—¡Procura no sentarte con el jefe, como en las navidades pasadas! —le advirtió Esther con una sonrisa.
—¡Sí, este año pienso estar más listo, que menuda chapa me dio! Por cierto, podríamos ir a ver el piso este fin de semana —le dijo Javier.
—Mira por dónde, por ahí podríamos empezar a hablar.
Ya hace dos años que la cooperativa nos ha entregado las llaves del piso.
Lo hemos amueblado, ya no le falta detalle, y últimamente solo vamos de visita, aún no sé a qué.
Javier, ¿por qué no nos hemos ido a vivir juntos?
Después de casi doce años de novios, creo que es el paso lógico.
—Yo creía que estábamos bien así.
—¿Así cómo?
—Pues como hasta ahora —respondió Javier.
—Pues no.
—¿No?
—No, yo por lo menos no creo que estemos bien.
—Pero si nunca discutimos.
—Ahí puede estar el problema. Eso no es sano. ¡Qué menos que tener discrepancias, diferencias de opiniones!
¡Javier, no podemos seguir así!
—Yo estoy cómodo contigo.
—¡Cómodo! Cómodo es un sofá viejo, pero ¿una relación?
—¡No he querido decir eso, yo te quiero, Esther!
—No lo pongo en duda, yo también. Pero estamos anquilosados, no avanzamos. Y ¿los hijos? Yo voy cumpliendo años.
—Pero si nunca te han gustado. Creía que por lo menos estábamos de acuerdo en eso.
—He cambiado de opinión. —Esther recordó a la criaturita que había rescatado de la familia del padre, en Cádiz, y su olor a chucherías mientras le pringaba la cara de besos y babas—. Javier, creo que tenemos muchas cosas en las que pensar.
—Desde luego, a mí me has pillado totalmente de sorpresa.
—A mí me sorprende mucho que te haya sorprendido. ¿Te parece que nos pensemos las cosas, los dos, y que nos veamos en un par de días para hablarlo? Por ejemplo, el domingo.
—De acuerdo —contestó el novio, con voz queda, mirando fijamente un trozo de pan que devoraba, mientras el aceite caía inadvertidamente entre sus dedos.
La inspectora volvió al trabajo, sin apenas haber desayunado, con un nudo en el estómago.
«¡Los hombres son la hostia!», pensó. No pierden el apetito ni así les caiga una bomba encima.
El muy puñetero le había preguntado si se podía comer casi toda la barrita de su pan, que ella había dejado sobre el plato.
Y encima era de los que dormían como lirones, por muchas preocupaciones que pudiera tener.
Esther Alonso intentó distraerse el resto de la tarde buscando pistas sobre Carmen Delia.
Se encontró con alguna buena noticia. Ya le iban llegando las grabaciones que había solicitado, inclusive las de las estaciones de autobuses. Pero las que más le interesaban eran las correspondientes a las cámaras de vigilancia cercanas al domicilio de Amelia Campos.
Situó las fotos de los protagonistas al lado del teclado, sobre todo la de Carmen Delia.
El tramo horario era amplio. Desde la mañana del jueves 16 de diciembre hasta la noche, Amelia se había ido a trabajar a las siete y media de la mañana.
Visualizó las cámaras de dos bancos, uno en un extremo de la calle y otro en el contrario.
Comenzó por la cámara más cercana a Cibeles, sin ningún motivo concreto.
En la grabación vio pasar a Amelia a las 7:34 minutos.
Perfecto. No creyó que la chica pasara inmediatamente, tenía que recoger sus cosas, si acaso desayunar y escribir la carta, pero no debía dejar de mirar ni un solo tramo.
Afortunadamente no era una calle muy concurrida y pudo, de vez en cuando, dar a avanzar la imagen. A las 8:55 la vio. ¡Eso sí que era un golpe de suerte! El pelo rubio lucía suelto, y vestía un chaquetón oscuro. A la espalda le colgaba la mochila.
A partir de aquí el seguimiento se convirtió en una labor tediosa, muy lenta.
Una vez que hubo visto a Carmen Delia, y gracias al minutaje, fue siguiendo su recorrido.
La chica se había dirigido, a buen paso, hacia la calle de Alcalá.
De ahí entró a la Gran Vía, según pudo comprobar en una cámara del Instituto Cervantes.
«Desde luego, en las películas esto parece más fácil», pensó mientras seguía captando imágenes de la desaparecida. Más lento, imposible. De momento estaba teniendo suerte porque no se había metido en el metro o cogido un autobús.
¿Qué estaría pensando Javier? Los dos días que le había dado de plazo, hasta el domingo, le parecieron ahora una eternidad ¡Qué fallo por su parte!
Aunque cuando habló con él estaba segura de que había sido razonable.
¡Pero si ser razonable es lo que le había llevado a la situación actual!
Le estaban entrando ganas de desmelenarse, de hacer algo distinto.
¡Qué mal estaban las mentes últimamente, sobre todo la suya!
Se concentró de nuevo en las imágenes. La había perdido en la plaza de Callao. Llevaba ya un tiempo que los ojos le picaban, no distinguiría a la chica de un oso.
Debía descansar. O pedir ayuda. Llamó a Angus al móvil.
—Nos pillas abajo, en el bar, íbamos a comer el menú. —le contestó el inspector Ondarreta—. ¿Por qué no bajas y nos cuentas? Y nosotros te ponemos al día de las últimas novedades.
—¡Genial! —Así se distraería con otros seres humanos.
En diez minutos estaba decidiendo si quería judías verdes o lentejas, sentada en la mesa de la esquina, en la que la parejita había tomado como de propiedad particular.
Se dio cuenta de que tenía hambre, después de no haber probado bocado en el desayuno, por lo que se decidió por las legumbres y el pollo asado.
Había sido un día muy intenso. Le vendría bien distraerse con la conversación de Angus y Marisa, que le contaron con todo detalle sus entrevistas.
El inspector Ondarreta había entregado el informe vía correo electrónico al inspector jefe, resumiendo el contenido de lo que habían hablado con Duncan y Carlota.
Por lo visto, les había contestado Daniel Hurtado, la labor de seguimiento al líder de la secta se había interrumpido, pues, después de que ellos terminaran de hablar con él, había despistado hábilmente al agente en unos grandes almacenes y desconocían su paradero actual.
Esther Alonso les puso, a su vez, al tanto de sus pesquisas.
—Cuando terminemos de comer subimos contigo, que tres pares de ojos ven más que un par —le dijo el siempre optimista Angus.
El sentido común es el hombrecillo de traje gris que nunca se equivoca al sumar; pero casualmente siempre hace cálculos con el dinero de los demás.
Philip Marlowe