28 Carlota
El piso de Carlota era antiguo como el de los gemelos. Vivía en un primero, por lo que no tuvieron que arriesgarse a coger el viejo ascensor.
Los escalones de madera crujieron mientras subían. Eso les debió de delatar, porque se abrió una de las puertas. Era Carlota, que les estaba esperando.
Una joven rubia les hizo pasar. Era delgada, pero con la cara redonda, y sonrisa triste, muy habladora, de las que no paran.
Enseguida se presentaron.
—Ya me han contado mis padres lo que le ha ocurrido a Deli.
¡Qué fuerte todo! Lo del autobús del 17-N y lo de Duncan.
¡Qué fuerte! Y no me debería sorprender por lo que Duncan haga, pero nunca pensé que llegaría a esos extremos.
Y eso que no fue fácil para mí salir de ese infierno, sobre todo emocionalmente.
—¿Cómo fue su ingreso en las Mentes Creyentes? —se interesó Marisa.
—Por favor, llamadme de tú, que somos muy jóvenes, ¿no?
Lo mío también fue un caso típico de entrada en una secta.
Chica en un momento delicado, en mi caso un fracaso sentimental, que conoce a una persona, un chico, Juan, Modesto Cinco, que te escucha, que te entiende, que se pone en tu lugar.
Pasas de ser una persona desgraciada y desubicada a tener amigos con tus mismas inquietudes y gustos.
Te encuentras de repente con otra familia, pero que no has heredado y has elegido tú.
Al principio, sobre todo, no tienes, aparentemente, las obligaciones y las imposiciones de una familia.
En la familia priman los lazos de sangre, pero aquí solo derechos, no deberes.
No se te cuestiona, todo es motivo de aplauso y aprobación.
Te crees mejor persona. Nadie te educa ni te pone limitaciones por tu bien.
Te suben la moral. Y la parte sexual, quieras que no, también enganchaba —confesó Carlota, mientras un ligero rubor afloraba a sus mejillas—.
Lo increíble que es relacionarte con otras personas, chicos y chicas, de una forma tan entregada, tan natural y sin conflictos emocionales.
En ese aspecto no había malos rollos, como una se pudiera imaginar visto desde fuera, y eso contribuía a unirnos más entre nosotros.
Yo nunca me hubiera imaginado tener relaciones con ninguna mujer, pero nos hablaban tanto de que era natural, que ante todo éramos personas y el sexo algo secundario, que incluso ahora lo veo de esa forma.
» El caso es que poco a poco, porque la comida de coco está reñida con las prisas, vas entrando en «un mundo de Yupi», una especie de paraíso emocional. Te sientes como si te hubiera tocado la lotería. Una privilegiada a la que han dejado entrar por méritos propios.
» Cuando conocí a Duncan quedé verdaderamente impactada.
Me pareció encantador, asequible. Las palabras que me dedicaba con esa voz tan profunda me hacían sentir especial, única.
El resto del mundo se me fue antojando, ¿cómo lo diría?
, gris, sin valores, desdibujado. De repente había dos bandos, nosotros, los que teníamos la llave de la verdad y del amor.
Y los demás, enemigos de nuestro bienestar.
» Fueron días de inconsciente felicidad.
A la vez que avanzaba mi convencimiento personal retrocedía en las relaciones de familia y amistades.
Solo los nuevos amigos para la causa estaban permitidos.
De ahí mi labor proselitista. Y es de lo que más me arrepiento, lo que más me pesa en la conciencia.
Las personas que he captado para la secta. Las he condenado.
» Entre ellas estaba Carmen Delia, con la que me sentí
más unida que con los demás, aunque en esos años no lo reconociera ante mí misma. ¡Era tan cariñosa y entregada! Cuando me fui, realmente me dolió no haber podido despedirme de ella.
—¿Cómo conseguiste salir de todo eso? Por lo que veo, no debió de ser fácil —le preguntó Angus.
—En realidad, casi me echaron, pero sin el casi —bromeó—.
Aun abducida como estaba, siempre me ha costado obedecer las reglas y según iban pasando los meses más me costaba cumplir órdenes.
Como os he comentado, al principio parecía solo que teníamos derechos y ventajas, pero no era así en absoluto.
Duncan, lo veo ahora, se iba inventando sobre la marcha un montón de rutinas y normas.
Al final organizaba absolutamente todos los minutos de nuestra vida, supongo que por paladear la sensación de control sobre nosotros.
Se creía un dios y manejaba nuestros destinos.
La sensación de libertad se fue desvaneciendo y excepto en el terreno sexual, no teníamos posibilidad de elección de ningún aspecto de las rutinas que se nos imponían, disfrazadas con todo el seudo lenguaje que iba enriqueciendo con el tiempo.
De tal forma que hablábamos una jerga apenas inteligible para los extraños que pudieran escucharnos.
¡Qué ridículas me parecen ahora esas palabras, los nombres con los que nos llamábamos!
» Llegó un día en el que parecía que vivíamos en un cuartel y poco a poco me fui dando cuenta de que me había metido en una ratonera.
Cualquier intento de opinión por mi parte era ridiculizado ante los demás y no se admitía ninguna discrepancia sobre ningún tema, por más nimio e insignificante que fuera.
» Duncan y Tristana debieron de pensar que yo no les convenía en el grupo.
Podría activar el germen del descontento entre sus dóciles miembros.
Además, unos ahorros que yo tenía, provenientes de un fondo que me había abierto mi abuela cuando nací, ya hacía tiempo que se los había ido dando, en concepto de manutención, y me había quedado sin dinero.
Aunque mis padres tienen un cierto nivel, había roto cualquier contacto, por lo que, sumando a eso el hecho de que ya apenas les hacía ganar dinero con nuevas adquisiciones, debí de parecerles peligrosa.
Mis dudas constantes sobre la organización debilitaron mi labor de proselitismo, y ya no pregonaba sus dogmas con la ilusión que da la ignorancia.
» Así, una noche, y sin darme tiempo a hablar con nadie, me pidieron que abandonara la casa. No me dejaron siquiera recoger mis pocas pertenencias y no es que eso tuviera importancia, era más bien el hecho. Les devolví las llaves.
» Estuve dando vueltas sin rumbo fijo por la calle, llorando sin parar.
Me sentía totalmente desubicada. Luego, en plena madrugada, me presenté en la casa de mis padres.
Pensé que ni siquiera me abrirían la puerta, y que no querrían saber nada de su hija.
Al contrario, pasado el susto inicial, lloraron de alegría y jamás me han hecho un reproche.
Es como si esos años fuera de sus vidas no hubieran existido para ellos.
O es lo que quieren hacerme creer. Ya sé que no.
Fui la responsable de que mis seres queridos sufrieran por mis desvaríos.
Eso de la culpa debo aún trabajarlo más con mi psicóloga.
Junto con la autoestima, que la tengo aún un poco baja.
» Han sido super cariñosos conmigo, ya os he mencionado lo de mi psicóloga, pues me la están pagando ellos.
Es una gran ayuda para salir del pozo. Porque aun cuando yo tenía dudas al «invitarme» a salir, yo me sentí fatal por ello, como excluida de golpe de la vida que había llevado con ellos.
Estaba totalmente enganchada a mis compañeros.
Tenía una dependencia absoluta de cada uno de ellos, no solo de Duncan.
Y con Deli muchísimo más. Cientos de veces me dieron ganas de volver, de llamar a su puerta, pedir perdón de rodillas, humillándome, y rogarles que me permitieran entrar.
» Aun sigo en terapia. Pero tengo un trabajo y hace pocos meses que me he independizado de mis padres.
Carlota terminó su relato con una breve sonrisa, aun triste.
—¿Has sabido algo de ellos desde entonces? —preguntó Marisa.
—No, realmente no.
—Y ¿de Carmen Delia tampoco?
—Tampoco. Y eso que hace algún tiempo me encontré a uno de sus compañeros de piso, que viven por aquí por el barrio, uno de los gemelos, no sabría decir cuál.
¡Qué fuerte! No me atreví a preguntarle.
Yo sabía que no les caía bien, realmente lo comprendo y además tenía miedo de que no supiera nada.
Que me dijera que todavía seguía allí, encerrada.
Hasta hoy no he tenido noticias de ninguno de ellos, y ha sido gracias a mis padres.
Realmente me alegro, aunque hay sido en esas circunstancias, de que saliera por fin.
Solo espero que ese hijo de la gran puta, perdonad la palabrota, pero me hierve la sangre cuando pienso lo que le ha hecho, no la encuentre.
¡Es increíble, qué fuerte, herida como estaba y ha salvado la vida a tanta gente, sobre todo a un niño!
» Por favor, encontradla, y no por lo del homenaje, que es una chorrada, sino porque su vida corre peligro. Ya habéis visto de lo que es capaz ese criminal. Tenéis que ponerla a salvo.
—Haremos todo lo posible, Carlota —le tranquilizó el inspector Ondarreta—. Entonces, ¿no ves probable que ella conozca tu dirección actual y pueda venir a verte?
—Que yo sepa no tiene ni idea de dónde vivo.
Y, desgraciadamente, no sé si se fiaría de mí como para acudir a mi casa en busca de refugio.
Al fin y al cabo, yo fui la que la metí en esa pesadilla.
Además, que yo sepa, desconoce las circunstancias de mi marcha y el rumbo que he tomado ahora.
Estoy segura, por algún otro caso, de que guardaron el más estricto silencio sobre mí, eso sería muy típico de ellos.
Pero, por supuesto, que cualquier noticia que sepa os la comunicaré inmediatamente, soy la primera interesada.
Charlaron de algunas banalidades antes de despedirse de Carlota.
—Muchas gracias por todo.
—De nada, Marisa y Angus, si sabéis vosotros algo, por favor, yo también estoy preocupada por mi amiga, llamadme.
No habían pasado ni dos minutos cuando volvieron a llamar a la puerta. Pensando que eran los inspectores, que volvían para preguntarle algo, Carlota abrió inmediatamente.
Era Duncan.
La verdad no está siempre en el fondo de un pozo. En realidad, yo pienso que, en cuanto a lo que más importa conocer, es invariablemente superficial. La profundidad se encuentra en los valles, donde la buscamos,
pero no en las montañas, que es donde la vemos.
Auguste Dupin