La heroína de Cibeles 27 Las pesquisas de Esther Alonso
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27 Las pesquisas de Esther Alonso

Cambiar de caso animó a Esther. Personalmente, le gustaban más los asuntos policiales relacionados con las desapariciones que los de homicidios.

Para avanzar en su carrera profesional, le aportaba más investigar en diferentes casos, labrarse una fama de inspectora todo terreno que no se especializada únicamente en desaparecidos.

Pero tratar con el tipo de gente que no solo mata, sino que es capaz de mutilar o de extraer órganos vitales y ponérselos de corbata en la garganta a sus víctimas, le producía una cierta angustia que procuraba acallar bajo una capa de calma, como haría su admirado Daniel Hurtado.

¡Qué cruel era el mundo de la droga! No solo destrozaba vidas, jóvenes en su mayoría, sino que iba acompañado de crímenes y secuestros.

Trabajar con el veterano inspector Ramírez era un plus.

Había aprendido más de investigación de homicidios con él en tan poco tiempo como en cien clases en la academia.

En la policía la práctica lo era todo. Él era una persona muy minuciosa y, sin embargo, con imaginación; cualidades muy útiles en el estudio de los crímenes.

Y contaba con la ayuda inestimable de sus confidentes, sin los cuales no hubieran podido prosperar en este tipo de casos.

Marisa y Angus le habían puesto al día de su propio caso. Estaba convencida de que ya eran pareja, no había que ser un lince para darse cuenta. La confianza entre ellos había aumentado en los dos días en los que nos los había visto.

Ante su presencia, otra vez pensó en Javier.

Se reconcomía al notar intranquilo su espíritu.

Echaba de menos esa complicidad, esa ilusión de la que hacían gala esos dos.

¿Necesitaba ese acicate para tener el valor de hablar con su novio?

¿Y si hablaban y se daban una oportunidad de cambiar las cosas, antes de tirar la toalla?

Porque hacía tiempo que su relación era sinónimo de rutina. No iba ni para adelante ni para atrás.

Aunque estos pensamientos habían transcurrido en su cabeza a la velocidad de un rayo, se recriminó por perder el tiempo y se dedicó de lleno a la rutinaria tarea de la búsqueda de Carmen Delia Bencomo Cabrera.

Primero se leyó rápidamente el expediente, intentando memorizar los datos de la secta, sobre su líder y también de la propia Carmen Delia, y los testigos del autobús.

Tendría que buscarla en la lista de pasajeros de cualquier medio de transporte, tanto dentro del ámbito urbano de Madrid como fuera de él.

El rastro de la propia capital era más difícil de seguir, a no ser que recurriera a visionar la ingente cantidad de cámaras de vigilancia cercanas al domicilio de Amelia Campos.

La joven no tenía abono mensual de transporte, eso cerraba otra puerta.

La simple tarjeta recargable era totalmente anónima a la hora de dejar rastros.

La persona de contacto habitual con la sociedad aeroportuaria, Aena, le descartó, hasta ese momento, que la joven hubiera cogido ningún vuelo.

De todas formas, emitirían una alerta para que les avisara, si en los próximos días tomaba, con su propio nombre, algún vuelo.

Pero dado que según había dicho Amelia, se creía que Carmen Delia disponía de poco efectivo —veinte euros— y que no tenía ninguna tarjeta de banco operativa, pocas salidas tenía en cuanto a tomar un avión

La vía ferroviaria, que incluía tanto los trenes de cercanías como de larga distancia, tampoco arrojó ningún resultado.

Eso no significaba gran cosa. Un gran porcentaje de las compras de billetes de tren eran totalmente anónimas.

En cuanto a los autobuses, ese era un tema aún si cabe más difícil de controlar.

Solo en las compras por internet se pedían los datos identificativos de los pasajeros, pero si compraba el billete por ventanilla, esta vía de escape era también anónima.

Y veinte euros podían dar mucho de sí en cuanto a coger un autobús o un tren de cercanías.

Decidió pedir una copia de lo grabado por las cámaras de vigilancia de las estaciones de autobuses más usuales de Madrid. No eran tantas y quizás eso ayudara. Las de plaza de Castilla, Moncloa, estación de autobuses Sur y la de la Avenida de América.

Después de un par de horas de pesquisas, no había conseguido ni el más mínimo resultado. Y las grabaciones de las cámaras aún tardarían. El retraso burocrático a la hora de conseguirlas ralentizaba la investigación. Y encima estaba el próximo fin de semana por medio.

Se tomó un descanso para hacer una breve llamada.

—Javier.

—Hola, Esther ¿pasa algo? —preguntó preocupado su novio. Como no me sueles llamar cuando estás trabajando…

—¡No! ¡Sí! Bueno, ¿podríamos quedar en un ratito, en el descanso para el café?

—¡Pues claro! Pero ¿me tengo que preocupar?

—¡No, no, por supuesto que no! Luego te pongo un mensaje, cuando lo sepa. Si quieres quedamos en el bar de siempre y desayunamos algo. ¡Hasta luego, un beso!

Sus respectivos trabajos no quedaban muy lejos, considerando las dimensiones de una gran ciudad, y en alguna ocasión habían quedado en una cafetería a mitad de camino entre ambas oficinas.

Se alegraba de haber dado por fin el paso.

Si se lo hubiese pensado, quizá no habría tenido valor.

No tenía ni idea de lo que le iba a deparar su improvisada cita, ni de lo que le iba a decir a Javier.

Como hacía tiempo que pensaba sobre su situación, esperaba que las palabras le salieran solas. Terminó

de visionar unas cintas, avisó a Javier con un mensaje que ya salía, cogió el bolso y partió a la cita.

Acababan de salir hacia la calle Orense cuando sonó el móvil de Angus.

—¿Inspector Medina? ¿Gregorio?

—Sí, tengo varias llamadas perdidas tuyas y como todavía no había localizado a los padres de Carlota no te había respondido, pero acabo de hablar con ellos.

—¿Tienes la dirección?

—Sí, han hablado primero con su hija y esta ha accedido a dárnosla. Apunta, Angus. Además, si vais para allá inmediatamente, os espera.

—¡Marisa! ¿Tienes un bolígrafo? Toma nota. ¿Qué no lo encuentras? ¡No me extraña, con esos bolsos tan grandes que os gastáis las mujeres! ¡Pues apúntalo en el móvil, anda, por favor!

El piso de Carlota estaba en el barrio de Argüelles, cerca de la calle Princesa. Justo donde se la había encontrado uno de los gemelos, Lóscar. Vivían en pisos cercanos.

Se dirigieron hacia allí.

Tal vez sea la propia simplicidad del asunto lo que nos conduce al error.

Auguste Dupin