La heroína de Cibeles 26 Tras el sospechoso #2
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26 Tras el sospechoso #2

—Te estaba entendiendo —sonrió Marisa, maliciosa—. ¡Pero me agrada hacerte rabiar! ¡La de vueltas que das para decirme las cosas!

—¡Si te gusta verme sufrir, no te vas a salir con la tuya, da la casualidad de que yo soy masoquista! Bueno, ¿qué dices a, por ejemplo, cuando tengamos un rato libre, que vayamos al cine o algo así?

—¡Algo así, claro, Angus! —La joven se reía cada vez más abiertamente.

—¡Vale, tenemos una cita pendiente!

Y justo antes de llegar a su destino, le dio un breve beso en la boca. Los dos se sonrieron tontamente. Pero volvieron rápidamente a la realidad. Les esperaba un hueso duro de roer.

Se pararon a los pies del lujoso edificio. Era este un rascacielos de tamaño regular, considerado de «alto standing».

—¡Y no te dejes camelar por su encanto! —le advirtió Angus antes de subir. Aún se acordaba de que Marisa le había visto guapo en la anterior entrevista. Bueno, guapo no, atractivo ¿Pero dónde coño estaba la diferencia?

Como el edificio albergaba diversas empresas, encontraron abierta la puerta de entrada.

El conserje, sentado dentro de la garita, ni levantó la mirada del periódico gratuito que estaba leyendo.

Subieron en el ascensor. En cada rellano solo había dos puertas, los pisos debían de ser enormes.

Montar una secta parecía ser rentable. Oprimieron el timbre.

Sonó tipo campana. Oyeron pasos que se acercaban. Alguien les observó por la mirilla.

—¿Qué quieren? —Oyeron una voz masculina, amortiguada por la puerta blindada.

—¡La policía! —tronó Angus, lleno de autoridad, al tiempo que Marisa sonreía, cómplice.

—¡Esperen un momento, por favor!

Tuvieron que aguardar varios minutos, impacientes, en el rellano, al cabo de los cuales oyeron cómo se abría la puerta. El mismo Duncan en persona les sonrió.

—¡Pasen, pasen, inspector Ondarreta, señorita Cuesta, les estaba esperando!

—Gracias, señor García —le respondió Angus, remarcando el acento en el apellido, obviando llamarle por su nombre de guerra. Ahora que sabía cómo era el personaje, su sonrisa le parecía ladina y astuta.

Les hizo pasar por un largo pasillo, lleno de puertas cerradas a ambos lados. Llegaron casi al final y abrió uno de los cubículos de la derecha.

Era en realidad una estancia multifunción, porque además de una mesa de despacho, con su correspondiente sillón, en una esquina había un cómodo tresillo y una mesita baja de cristal ribeteada de dorado.

Él se sentó ante la mesa de despacho y les indicó que se acomodaran en las sillas confidentes, colocándoles delante de él, en una situación de supremacía.

—¿Qué se les ofrece? —preguntó, con una sonrisa socarrona.

—No nos hagamos los tontos —le respondió Angus—. Sabe perfectamente qué hacemos aquí. Querríamos saber por qué nos mintió descaradamente cuando nos dijo desconocer la identidad de Carmen Delia, cuyo retrato robot miró con detenimiento, mientras se bebía su té verde.

—No estará enfadado porque tuvieron que invitarme, ¿verdad? De todas formas, los asuntos de mi grupo de Mentes Modestas …

—¿Se refiere a su secta?

—¡Va por mal camino, inspector, con sus ironías! Solo quería advertirle de que los asuntos de mi grupo no les conciernen a los extraños. Todo lo que pase se soluciona a nivel interno.

—¿A nivel interno, dice? Si se refiere a herir a una de sus miembros, eso ya se sale de su ámbito estrictamente interno.

—¿Qué dice de herir a nadie? No me consta. Por lo que yo sé, Modesta Treinta pudo haber resultado herida en el atentado, de la misma manera en la que yo me partí el brazo. —Y les enseñó este, tapado con una simple venda. Le debían de haber quitado la escayola recientemente.

—Disimula usted muy mal.

—¿Hay acaso alguna denuncia de la que no he sido informado? —preguntó con su voz profunda, ligeramente amenazadora.

—Bien sabe usted que no, porque si no estaríamos hablando en otro sitio.

—Entonces, no entiendo bien el motivo de su visita.

Si han venido a insultarme, pueden coger la puerta e irse de una propiedad privada, que no tienen el mínimo derecho de allanar.

He sido muy condescendiente. Ya les he explicado que mi negativa a reconocerla obedeció, simplemente, al simple hecho de que no queremos exponer a nuestra asociación al dominio público, tergiversando los hechos a su antojo.

No nos interesa la publicidad en ninguna de sus formas.

—Si lo piensa usted bien, habría sido una buena propaganda para su banda que una de sus miembros salvara de un peligro cierto a los pasajeros del autobús. Cualquiera se hubiera sentido orgulloso de ello. Y, además, permítanos preguntarle la razón de por qué la siguió usted hasta el autobús.

—¿Quién ha dicho que la siguiera?

—Eso nos lo suponemos. Porque no me dirá que no es muy extraño que los dos estuvieran en el mismo autobús, aun subiendo en paradas diferentes.

—Como opino que de suposiciones no se gana usted la vida, inspector Ondarreta, si a mí también me permite suponer, creo que no tiene nada, ninguna prueba, y ha venido aquí, a mi propia casa, a importunar y a dar palos de ciego.

No tienen nada contra mí y esta conversación se ha terminado.

Bastante paciencia he gastado con ustedes.

—Tenemos más de lo que usted se cree, no se confíe —le retó Angus, mientras se levantaban.

Marisa había permanecido callada en toda la conversación con el sospechoso.

Hicieron el camino de vuelta por el largo pasillo, comprobando los detalles que se les había pasado por alto a la ida.

El suelo era de madera maciza, barnizado de caoba, y las puertas, clásicas, debían de valer una pequeña fortuna cada una de ellas.

De camino a la salida, se cruzaron con una mujer de pelo muy corto, teñido de blanco.

—Les presento a Modesta Dos —les dijo Duncan, pomposamente—. Son los dos inspectores de policía que te comenté.

—Encantada —dijo Marisa, mientras estrechaba la mano blanda de la mujer, a la que calculó más de cuarenta años.

—Encantado, pero ¿cuál es su verdadero nombre? —le preguntó Angus con mala leche, al mismo tiempo que le apretujaba la delgada mano.

—Modesta Dos —le remarcó ella, mientras le dirigía una gélida mirada.

—Nos veremos pronto —amenazó el inspector Ondarreta.

Después de la escueta presentación, y tras dejar que el brazo derecho del líder siguiera su camino, ninguno de los tres dijo ni una palabra. Duncan les despidió, con la sonrisa artificial de una hiena y abriéndoles obsequiosamente la puerta, para que salieran.

Hasta que llegaron al ascensor Marisa no habló.

—¡Uf! —suspiró—. ¡Qué tía más antipática! Y respecto a él, no sé cómo, en ningún momento de la anterior entrevista, he podido yo pensar que este tipo tuviera un mínimo de atractivo. ¡Si parece una serpiente con patas! ¡Qué tipo más siniestro!

—Opinas eso porque ya has comprobado de lo que es capaz.

Y tienes razón, es un cabrón con todas las letras.

Y pensar que todos esos jóvenes que tiene alojados aquí están sometidos a su voluntad.

¡Pobres de ellos y de sus familias! No me imagino, porque no soy padre, cómo ha debido de sentirse Pino Cabrera al perder a su hija en las garras de este ser sin escrúpulos.

Y la número dos no solo es antipática, da escalofríos.

—Lo peor es que las víctimas de este par, como las del maltrato, no son conscientes de ello. Si el líder chasca los dedos, le seguirán hasta el fin del mundo.

Yo nunca dije que fuera siempre un error entrar en el país de las hadas. Sólo dije que siempre era peligroso.

Padre Brown

Los pecados del príncipe Seradine