26 Tras el sospechoso
Viernes, 15 de diciembre.
Recién había llegado a su despacho Daniel
Hurtado, cuando le avisaron de que la madre de Carmen Delia, Pino Cabrera, había preguntado por él.
Le esperaba en la salita de visitantes. Antes de recibirla quería hablar con el inspector Ondarreta con el que había intercambiado unas pocas palabras la noche anterior, lo suficiente como para saber que la chica había huido del piso en el que se había refugiado,
unas horas antes de la llegada de Angus y María Luisa Cuesta.
Iba a llamar al móvil de su inspector cuando vio a la pareja hacer su aparición.
Se dirigieron directamente a su despacho.
—Perdone, inspector jefe, ayer se nos hizo tardísimo y ya no nos pudimos pasar a redactar el informe.
—¡Déjese de redactar informes y cuénteme lo que pasó! O, mejor, espere, vaya a por la madre, la señora Pino Cabrera, que está esperando en recepción y nos hace un resumen a todos.
—Por supuesto, jefe. —Angus se dio la vuelta, seguido por Marisa.
En breve, aparecieron acompañados por la madre de Carmen Delia, que se frotaba nerviosa las manos.
—¿Cómo se encuentra? —le preguntó.
—No muy bien. Gracias, inspector Hurtado, por preguntar. Apenas he pegado ojo. Aunque el alojamiento que me recomendó Berta está de maravilla y muy cerca de la brigada.
—Señora Cabrera, el inspector Ondarreta y María Luisa Cuesta acaban de llegar y me iban a poner al corriente de las investigaciones del día de ayer. Quiero comentarle que su hija, hasta ayer, se encontraba perfectamente, pero que ha cambiado de domicilio.
—¡Gracias a Dios, por las buenas noticias! —sollozó Pino, llevándose la mano al pecho, emocionada.
—¡Comience, Angus, por favor!
El inspector aludido inició un relato pormenorizado de sus andanzas junto a Marisa desde que habían hablado con la madre.
Su visita a los gemelos y la charla que mantuvieron con la secretaria de la Facultad de Enfermería, Fisioterapia y Podología, Roció Canales, que les facilitó el nombre de su compañera de estudios, de nombre Amelia Campos Campos.
De cómo habían averiguado su domicilio y que habían ido inmediatamente al apartamento.
—¡Justo se acababa de marchar unas horas antes!
—exclamó Marisa, compungida.
—Sí, pero Amelia ya nos contó que se encontraba perfectamente, que la había curado el hombro y se encontraba casi restablecida de la herida y de que… —el inspector Ondarreta se cayó de repente.
—¿De qué, por qué ha parado de hablar de pronto, inspector? —preguntó alarmada Pino Cabrera.
Angus miró a su jefe y este asintió.
—Su hija está embarazada, señora Pino.
—Pero ¿qué me dicen ustedes vosotros? —exclamó la madre de Carmen Delia, a la cual, con la sorprendente noticia, le había aflorado un fuerte acento canario.
—Sí —asintió Angus—. No se preocupe, que según nos comentó Amelia, se encuentra perfectamente.
—¡Pero, pero...! ¿De cuántos meses está?
—De poco más de tres meses, al parecer —le dijo Marisa.
—En realidad, señora Cabrera —le informó el inspector Ondarreta—, conocemos ese dato desde el principio, gracias a los análisis de la sangre encontrada en la ropa del bebé al que su hija salvó. No quisimos comentarle nada ayer, porque desconocíamos si había salido adelante, con las heridas sufridas…
—¡Si no estuviera ya sentada, me habría caído de la silla! Son muchas novedades en poco tiempo. Pero, continúen, por favor. No me hago a la idea de que de repente pueda recuperar a mi hija y, ojalá, también a un nieto.
Angus le relató la terrible historia del líder de la secta, intentando que abortara de una manera tan cruel y de cómo Carmen Delia resultó apuñalada; de que había encontrado refugio y cura para su herida en el apartamento de Amelia.
Pino Cabrera escuchaba sin apenas respirar, angustiada al conocer las penalidades por las que había pasado su hija.
Como pudieron comprobar, Carmen Delia Bencomo estaba atemorizada en grado extremo por Duncan. No se sentía a salvo y había huido pocas horas antes de que la localizaran.
Hubo un pequeño silencio, tras las últimas palabras de la narración. Angus aprovechó para enseñarle la fotografía que había hecho con su móvil de la nota que le había dedicado a su amiga Amelia.
Cuando Pino la leyó, apenas pudo contener las lágrimas.
—¡He recuperado a mi hija! Aunque no sea físicamente, ella ha vuelto. ¡Ha podido salir de ese mundo oscuro! —exclamó, más emocionada aún—. ¡Esto no tiene precio para una madre!
—Por su nota, se ve que su hija, aunque esté aún atemorizada por el líder de la secta, va a luchar por salir de esta situación tan complicada.
—¡Cierto, esta es mi verdadera Deli! Por favor, díganme ustedes, ¿qué van a hacer ustedes ahora?
—Por un lado, vamos a hablar con el líder de los Modestos y, por otro, seguiremos buscando a su hija —le comentó el inspector Ondarreta—.
Por lo visto, otra integrante del grupo, Carlota, de la que usted nos habló, y que en el grupo la numeraban como Modesta Siete, abandonó la secta un tiempo antes.
¿Y si Carmen Delia sabe dónde vive esta joven?
Uno de los gemelos, no me acuerdo de cuál… —Lóscar —le dijo Marisa.
—Ya sabía que tú te acordarías. Pues eso, Lóscar nos comentó que había visto a Carlota por la calle Princesa.
—Debéis insistir otra vez al inspector Gregorio Medina. —les aconsejó Daniel Hurtado.
—Nos prometió que averiguaría la dirección actual de Carlota. Nos dijo que se pondría en contacto con los padres y que, en cuanto que lo supiera, nos llamaría —le contestó Angus.
—Deben volver a llamarle, por favor, es importante averiguar el nuevo paradero de la señorita Bencomo.
—Sí, pero ¿cómo lo pudo saber Carmen Delia, en el ambiente tan cerrado de la secta? —preguntó María Luisa Cuesta.
—Ellos hacían una especie de apostolado, no solo en la academia de baile sino también por la calle, no es descabellado pensar que, si Lóscar se la encontró un día, ella también pudo verla y así averiguar su dirección. No podemos descartar nada.
—También es posible que intente ir a Las Palmas —intervino de repente Pino, que había estado callada durante los últimos intercambios de palabras, escuchando a Daniel Hurtado, Angus y Marisa—. ¡Ay, si mi niña intenta localizarme en casa, no me va a encontrar!
—Por favor, señora Cabrera, póngase en contacto con sus familiares y amistades de Las Palmas —le pidió el inspector jefe. Y hable también con el exnovio, Ramsés… —Rumén Marrero.
—Sí, Rumén, es que no me hago con estos nombres tan raros de hoy en día. Su hija, aunque usted no lo crea probable, puede intentar contactar con él, nunca se sabe.
—Inspector jefe, también podemos averiguar si ha salido en algún vuelo o va a salir, a las islas Canarias o a algún otro lugar. Y chequear también las estaciones de trenes y autobuses.
—Por supuesto, activen el protocolo de búsqueda habitual. Como veo que van a necesitar ayuda, llamaré a la inspectora Alonso, para que se encargue ella personalmente de la búsqueda.
—Si no les importa, yo iré al hotel y desde allí me pondré a hacer las llamadas oportunas —les informó Pino Cabrera, despidiéndose apresuradamente.
Era otra persona la que salió del despacho que la que había entrado. Llevaba la esperanza escrita en la frente.
—Inspectora Alonso, por favor, ¿puede pasar por mi despacho?
En breves instantes, Esther llamaba a la puerta.
—¿Sí, inspector jefe?
—¿Cómo va el caso que lleva con el inspector Ramírez?
—Precisamente le iba a poner un correo electrónico con los avances, o, mejor dicho, de los no avances de ayer.
La búsqueda de los asesinos colombianos está siendo más difícil de lo esperado.
Y es que aún no hemos identificado siquiera a las víctimas.
Eso de que les hayan cortado las manos y los pies no nos ayuda y tampoco hemos encontrado en sus cuerpos prótesis, cicatrices o tatuajes que nos den alguna pista.
Seguimos con la teoría de que es un ajuste de cuentas.
Hay mucho terror y esos sicarios mutilan a sus víctimas, no solo para evitar su identificación, sino como castigo ejemplar para evitar que los testigos hablen o que alguno de los suyos se le ocurra traicionarles.
—Sí, es un caso difícil. Pero no creo que, si lo deja por unas horas, se resienta su resolución. Lo decía porque el inspector Ondarreta y María Luisa Cuesta necesitan de su ayuda en esta misma mañana.
—¡Por supuesto! —respondió Esther Alonso, ilusionada por cambiar de tercio, aunque fuera ocasionalmente.
—Le va a tocar la parte más tediosa, pero no menos importante. ¡Angus, por favor! Vayan con la inspectora Alonso y la ponen en antecedentes.
Pronto salieron los tres de su despacho y se quedó solo.
¡Por qué poco no habían encontrado a Carmen Delia en el apartamento en el que se escondía!
Por lo menos habían confirmado casi todas sus, hasta ese momento, teorías y, lo más importante, que estaba viva.
Pero no debían menospreciar al líder de la secta, también estaría trabajando contrarreloj para encontrarla.
Y si la heroína de Cibeles estaba atemorizada por él, realmente tenía sus razones. Ya le había agredido una vez.
«Convendría —pensó— poner vigilancia al sujeto, después de la entrevista con el inspector Ondarreta. Esperaría a ver qué sacaba en claro la pareja y luego tomaría decisiones. Al fin y al cabo, era una persona sin escrúpulos y no le costaría ningún dilema moral si tenía que volver a atacarla.
Aunque no hubiera denuncia por parte de la víctima, se lo debía a ella».
Angus y Marisa, después de dejar a la inspectora Alonso buscando por tierra, mar y aire a la desaparecida, se dirigieron a la calle Alfonso X.
En el camino habían intentado contactar con Gregorio Medina, sin resultado. Otra vez que estaba apagado o fuera de cobertura.
—Oye, Marisa, ¿te has dado cuenta de que estamos ya en viernes? —le había preguntado Angus, antes de llegar.
—¡Sí, se me ha pasado la semana volando!
—Lo digo por si quieres que nos veamos.
—Como siga así el caso, nos vamos a tener que ver sí o sí.
—Yo lo que quiero decir es que no solo nos sigamos viendo en plan de trabajo, si, como es probable, en el finde tendremos que seguir currando, sino que quedemos tú y yo.