La heroína de Cibeles 25 Amelia
67%

25 Amelia

Cuando Amelia llegó a su apartamento esa noche lo encontró extrañamente silencioso y oscuro. Y no es que Deli hiciera ningún ruido, pero notó inquieta que no le salía al encuentro. Supo que se había ido cuando vio una nota doblada en la mesita de centro del salón.

Además, todo estaba ordenado y no se veía la mochila de ella. El bote de las vitaminas y el ácido fólico, que solían estar en la cómoda del salón, tampoco estaban.

Rápidamente cogió la nota, manuscrita con una letra algo ilegible y de grandes rasgos, con líneas torcidas y desiguales. Parecía haber sido escrita con prisa. Leyó:

Ante todo, Amelia, gracias por acogerme, cuidarme, ser la mejor de las amigas, en suma, convertirme, de nuevo, en persona. Es gracias a ti que mi hijo sigue creciendo, que vislumbro un futuro, que soy otra.

He tenido que irme rápidamente. Han llamado a la puerta con insistencia y me he asustado.

Sé, si lo pienso de forma racional, que puede haber sido un comercial o un vecino, cualquiera, y seguramente que no tenga motivo de preocupación.

Pero mi intuición me dice que debo irme, cambiar de domicilio y no ponerte en peligro.

Para no comprometerte, no te diré a dónde voy, tampoco yo estoy segura de ello.

Simplemente voy a intentar esa opción. Porque quiero pasar el resto del embarazo a salvo, si es posible.

Y cuando tenga las fuerzas para ello, denunciaré a Duncan, pero aún no puedo.

No tengo valor. El poder que tiene sobre mí es todavía enorme, hace que siga siendo una cobarde, una débil, tanto que siento vergüenza de sentir así.

No sabes lo que me avergüenzo de haber caído en sus garras. De todo lo que he hecho. Del daño que he ocasionado a mis seres queridos. Por cómo os he tratado a las amigas, a mi madre, a mi novio. De ser tan tonta, tan crédula. Tan intolerante y tan poco flexible.

Y, además, ahora sé de lo que es capaz. Querrá terminar lo que empezó y se perfectamente que constituyo una amenaza para él y para los Modestos. No quiero tentar más la suerte. Necesito más tiempo. No deseo que ese coste emocional influya en el crecimiento y la felicidad de mi niño.

No te preocupes, estaremos bien. Y perdóname por irme así, sin despedirme. Por enésimo favor, te he cogido veinte euros de la bandeja de la cocina, sabes que te los devolveré. Como no me queda dinero en la cuenta ni tengo tarjeta, me veo en una situación precaria, que espero solucionar en el futuro.

Un gran abrazo, tu amiga.

Suspiró. Se lo temía desde hacía unos días.

La había notado aún más retraída, si cabe.

Aunque habían tomado todas las precauciones, sabía que Deli estaba cada vez más asustada.

Las emociones son más fuertes que la razón.

Ella misma reconocía en la nota que el ascendiente del cabrón ese era aún muy grande, casi insalvable.

En ese momento llamaron al telefonillo. Se asustó. ¿Serían ellos?

—¿Quién es? —preguntó temerosa ella también, con el corazón acelerado.

—¡Somos de la policía! —contestó una voz de hombre.

Automáticamente oprimió el botón de apertura del portal.

Todavía tenía la carta en la mano, la dobló varias veces y se la metió en el bolsillo delantero del pantalón vaquero.

Una blusa verde esmeralda larga le llegaba hasta la mitad de los muslos.

Aún no le había dado tiempo a ponerse cómoda y llevaba puestos la ropa de calle y los botines camperos de piel marrón de media caña.

Oyó que abrían la puerta del ascensor. Tocaron al timbre. Eran un hombre y una mujer jóvenes, según pudo comprobar por la mirilla.

Se identificaron como el inspector Angus Ondarreta, de la Brigada de Desaparecidos y María Luisa Cuesta, del CNI.

Les hizo pasar al salón. Se sentaron en el mismo sitio en el que había dormido Deli durante casi un mes.

—No parece muy sorprendida de vernos —apuntó el inspector Ondarreta.

—La verdad es que no, e incluso me ha aliviado verlos.

—les confesó Amelia.

—Venimos a buscar a Carmen Delia.

—¿Por qué la buscan? —preguntó, aunque creía saber la respuesta, prefería ser prudente y que hablaran ellos primero.

El inspector Ondarreta comenzó a narrar la búsqueda de la heroína de Cibeles desde el principio. No salía de su asombro al conocer los pasos que habían dado hasta llegar a su casa.

—No queremos hacer nada que pueda perjudicarla. Por favor, díganos si la señorita Bencomo se encuentra aquí —terminó su relato el policía, un joven, cerca de la treintena, alto y delgado, con una sonrisa encantadora.

—Siento decirles que, hasta hace unas horas, no sabría cuántas, ha estado viviendo conmigo.

—¿Se ha ido? —preguntó desilusionada la joven pelirroja, que se había identificado como Marisa.

—Estoy tan sorprendida como vosotros. —Sin querer, había pasado a tutearles, los veía casi tan jóvenes como ella—. Cuando he llegado esta noche a casa, hará unos diez o quince minutos antes de que llamarais al telefonillo, ya no estaba. Se ha llevado su mochila, con sus cosas. No hay rastro de ella.

Miró fijamente el tresillo donde había dormido su amiga y en el que se sentaban ahora ellos.

—¿Nos puedes contar desde el principio qué pasó, cómo

llegó a tu casa? —preguntó Marisa—. Porque según le ha contado el inspector Ondarreta …

—Angus, llámame Angus —interrumpió este.

—Decía que todo lo que te hemos contando son los pasos que hemos dado hasta llegar a tu casa. Pero, en este caso, todo han sido especulaciones. No tenemos certezas. Hay muchas lagunas en nuestras investigaciones y esperamos que tú nos ayudes a completarlas.

—Vais muy bien encaminados. Efectivamente, Deli estaba herida ya cuando subió al autobús del terror. La bestia esa quiso provocar un aborto ejemplar ante los demás miembros de la secta. Para ello, intentó hacerlo con un punzón.

—¡Qué barbaridad! Creíamos que la habían herido con un cuchillo o cualquier arma blanca, no de esa manera y por esa causa —se escandalizó Marisa—. Pero ¿por qué?

—El demente ese les tenía prohibida de cualquier manera la reproducción entre ellos, y hacía tomar a las chicas la píldora.

Las relaciones sexuales entre ellos, sin distinguir si eran chicos o chicas, era una de las formas de sometimiento.

Se sentían más aceptados y amados, según me dijo mi amiga.

Si fallaba el método anticonceptivo les daba pastillas abortivas.

En este caso, Deli ocultó su embarazo, algo casi impensable dentro del ambiente de «sinceridad de los sentimientos» que pregonaban en la secta.

Ante lo que el líder consideraba una falta muy grave, quiso cortar por lo sano a lo bestia, creo yo que, para reforzar su ascendiente sobre los miembros, que se debatían entre el temor y la admiración.

Creo que pretendía luego que acudiera a un hospital para que remataran la faena.

—¿Cómo acabó hiriéndola en el hombro? —preguntó el inspector Ondarreta.

—Porque ella tuvo que esperar quieta, con las piernas abiertas, a que él interviniera.

Pero, antes de que él se le acercara, se revolvió y, según me contó, desconocía cómo fue, pero Duncan acabó clavándole el punzón en el hombro.

La herida era muy profunda y causó una hemorragia muy grande, pero, afortunadamente, no afectó a órganos vitales, por muy poco.

Cuando vino estaba en un estado muy lamentable.

Estaba muy pálida, parecía una muerta viviente.

No sé cómo consiguió llegar hasta aquí sin desmayarse.

Porque cuando entró se me desplomó en el suelo.

Quise llamar a una ambulancia y solo repetía: «¡No llames a nadie, no llames a nadie, cúrame tú, Amelia, por favor, que no quiero que él me encuentre!»

. Y no le saqué ninguna palabra más. Más tarde, ante el sonido de ambulancias y jaleo que se oía desde la calle, encendí la televisión y me enteré del atentado.

En ese momento, no sabía que ella había estado en uno de los autobuses, eso me hubiera dejado aún más pasmada.

En otras circunstancias hubiera ido a ayudar, como hicieron realmente mis compañeros sanitarios.

Yo me encargué de la primera cura y de las siguientes.

Ya os he comentado que ella estaba absolutamente aterrada y, excepto para decirme que no avisara a nadie, todas las frases que decían eran incoherentes.

No quería acudir al hospital de ninguna de las maneras.

Se cree que él es una especie de dios, que puede averiguar su paradero en cualquier momento.

Teme que vuelva a rematarla, a terminar lo que empezó.

Es un miedo tan irracional que es incapaz, de momento, de denunciarle ni de acudir a vosotros en busca de ayuda.

—Y ¿cómo va el embarazo?

—¿Estáis enterados? —se extrañó Amelia.

—Era la única certeza que teníamos, gracias al análisis de la sangre que encontramos en el bebé.

—Pues es cierto. Va bien, en lo que conseguimos comprobar, pero no hemos podido hacerle una ecografía.

Sin embargo, sí oímos el corazón del feto.

He traído del trabajo, en un par de ocasiones, un monitor fetal Doppler para escuchar sus latidos.

¡Qué emoción sentimos las dos la primera vez, al escucharlos rápidos y fuertes!

Deli rompió a llorar y yo, lo reconozco, también.

Justo acaba de pasar ya el primer trimestre, que es el de más riesgo, y todo sigue adelante, gracias a Dios.

—¡Cómo me alegro! —sonrió María Luisa Cuesta, la

chica le pareció a Amelia despierta y agradable. Se notaba que se llevaba muy bien con el policía. Se dirigían miraditas cómplices continuamente.

—¿Tenía teléfono móvil? —se interesó el inspector Ondarreta.

—No. En la secta, creo que los únicos que lo tenían eran el líder y su segunda de a bordo, una tal Tristana, según me comentó Deli.

Yo quise facilitarle uno, el que tenía antes del actual, ya sabéis, enseguida se quedan obsoletos.

Tenía problemas de espacio en la memoria del móvil, pero por lo demás funcionaba perfectamente.

Pero no quiso, decía que al fin y al cabo aquí no lo iba a necesitar y fuera solo serviría para emitir una señal que permitiría dar con ella.

—Y con razón. No sabéis todos los usos de un móvil, no solo para localizar a la gente, sino para saber toda clase de datos del que lo utiliza —le dio la razón la funcionaria del CNI.

—¿A dónde crees que puede haber ido? —le preguntó Angus.

—La verdad es que no lo sé, ha sido una sorpresa cuando he llegado a casa y no la he visto. Todavía estoy temblando de la impresión.

—¿Ha dejado alguna nota?

—¡Bueno, sí… pero… es personal! —dudó Amelia, mientras se palpaba inconscientemente el bolsillo del pantalón. Era una pregunta muy lógica pero no se la esperaba.

—Quizás diga algo que nos pueda ayudar —sugirió Marisa.

—No, simplemente, me agradece mi apoyo y cariño.

—¡Por favor, Amelia! —insistió la joven pelirroja, que no tenía pinta de espía para nada—. Déjanos leerla, nunca se sabe si nos puede servir de ayuda. Cualquier detalle, por mínimo que parezca, puede ser importante.

—¡Sí, en las películas pasa! Bueno, no creo traicionar su confianza, pero lo cierto es que no me comunica su destino, para no comprometerme. No creo que aporte nada nuevo —les comentó, a la vez que extraía la nota de su bolsillo y se la tendía a Marisa.

Mientras María Luisa Cuesta leía la nota, Angus hacía lo propio por encima de su hombro.

Aparentemente, pensaron lo mismo que la enfermera, porque suspiraron a la vez, algo desalentados.

—Realmente, no dice nada de a dónde puede haber ido. —reconoció el policía.

—No, pero Angus, en la carta nos dice cómo se siente respecto a Duncan y veladamente le acusa.

—Sí, pero eso no sería suficientemente como para detenerle.

—Pero para hacerle una visita, sí.

—Además, según la carta, vemos que solo se ha llevado veinte euros, con eso no podrá ir muy lejos. Sin dinero en el banco y sin tarjeta, tiene que haber pensado en ir con algún otro amigo o amiga.

Amelia escuchaba el intercambio de palabras.

Estaba, dentro de la congoja que había sentido cuando se encontró con la casa vacía, más animada, porque veía que esas personas iban a ayudarla.

No se encontraban solas en esto. Pero Deli no lo sabía.

Se creía que Duncan era todopoderoso. ¿Dónde se había metido?

¿Qué había pasado por su mente asustada durante estas últimas horas?

Cuando Duncan vio, desde su escondite en el portal de enfrente, cómo abrían la puerta de salida, que él suponía era de un compañero o compañera de estudios de enfermería, supo que el resultado no había sido el que ellos esperaban, lo cual era positivo para él.

Sabía leer el lenguaje corporal a varias leguas de distancia. Y tanto el inspector Ondarreta, como la guapa funcionaria del CNI, iban cabizbajos y apenas hablaban entre sí.

Este comportamiento contrastaba con el que habían mantenido apenas una hora antes, al entrar con energía al interior del bloque de apartamentos.

Había tomado nota del piso cuando los vio oprimir el botón del telefonillo, en el dintel del portal.

Como desde donde estaba no distinguía los números, memorizó el lugar de la tecla que habían hecho sonar.

Nada más verlos subir, fue corriendo hacia el portal y vio que el botón tecleado correspondía al 4º B.

Guardó mentalmente la información. Por si acaso. No convenía que ellos supieran cuán cerca estaba de su objetivo. Llamó a Joaquín. Le dio nuevas instrucciones. Sentía que se acercaba a su presa. Y, por su vida, que no pensaba dejarla escapar.

La mente ve lo que quiere ver.

Tom Hanks

El código Da Vinci