24 El punzón
El «grupo» había crecido con salud, y según pasaban los primeros meses se fueron inventando las reglas.
Duncan se consideraba señalado para esa tarea de concretar la manera de actuar de los Modestos en cada parcela de la nueva vida.
Se creía especial. Por fin había comprendido dónde estaba su lugar en el mundo.
Consideraba unos privilegiados a sus acólitos por poder seguir las enseñanzas que él les brindaba.
Aunque cultivaran las mentes, había sabido ver que el dinero, aunque fuera un bien material, era imprescindible para llevar a buen puerto sus aspiraciones en el grupo y procuraba que los nuevos miembros sirvieran de sostén económico del resto de los Modestos.
Se atuvo a la legalidad en todo momento, y se preocupó de inscribir el negocio y de pagar los impuestos correspondientes.
Cuando pudo permitirse comprar el piso de la calle Alfonso X, que en realidad eran unas antiguas oficinas, todo se hizo por medio de notario y la escritura de propiedad a su nombre.
También compraron el local de Chamberí —donde impartían las actividades de proselitismo— a los herederos de la anciana, que había fallecido un año después del comienzo del arrendamiento.
Duncan era propietario del setenta y cinco por ciento y Tristana del resto.
Modesta Dos había reclamado una parte y tuvo que ceder para seguir contando con su apoyo hasta entonces incondicional.
Nunca en su vida había disfrutado tanto de la sensación de poder que le daba que esas almas cándidas siguieran todos sus dictados, por más absurdos que fueran.
Había tenido que dejar escapar a un par de desertores, con habilidad, para que no contagiaran su espíritu subversivo a los demás miembros del grupo.
El misterio, la sensación de estar unidos en un grupo de privilegiados y el sexo, eran los alicientes que aglutinaban a las Mentes Creyentes.
Y él, que había diseñado cada aspecto de las rutinas de sus vidas, se encontraba deseando con todo su corazón, ocupar el lugar de sus seguidores, y vivir en la ignorancia de que ese mundo impostado no fuera una realidad.
Era como haber construido el mundo ideal y feliz inventado por los ordenadores de la película de Matrix y no desear despertar a la realidad, más prosaica y más miserable.
Y ahora peligraba. Toda esta vida que había construido de la nada, de la que se sentía tan satisfecho y tan lleno de poder.
Que le compensaba por todas las miserias sufridas en su infancia, los insultos de sus compañeros de colegio, los ninguneos de las chicas en el instituto, el aliento de su padre cuando bebía, cuando le abrazaba y besaba con la fijación de los borrachos, las miradas de compasión de las vecinas.
Todo eso, se veía amenazado por esa hija de puta.
Carmen Delia, la mosquita muerta. La había insertado la desertora Carlota, «la número siete», nunca se tenía que haber fiado de ella.
Tenía claro que no quería hijos dentro de su grupo.
Las razones eran muchas: no los soportaba, daban mucho trabajo y alteraban la tranquilidad de las Mentes Modestas.
Las familias de las acólitas se esmeraban mucho más en recuperar a sus hijos si había descendientes por medio.
Además, estos niños podrían heredar las propiedades de sus madres y eran un gasto inútil que no aportaba nada al grupo, y podían alterar las relaciones de dependencia entre los miembros.
Si Modesta Treinta hubiera hecho lo que debía, le habría suministrado la píldora abortiva de los días posteriores a una relación, como había sido el caso de otras Modestas, y no hubiera tenido que tomar medidas más drásticas.
El embarazo superaba las ocho o diez semanas, imposible saberlo.
Cuando Tristana le vino con el cuento, se enfureció.
No soportaba la idea de que naciera ningún bebé, suyo o no.
Porque bien podía ser de su sangre, debía reconocer que él tenía cierta debilidad por disfrutar del cuerpo de Modesta Treinta.
Le encantaba su entrega y disponibilidad y sus desinhibidas caricias.
Sabía que no debía dejar ver entre el grupo ese tipo de preferencias y había intentado que no se notara demasiado.
Solo de pensar en la posibilidad de que hubiera sido su semilla la que se implantara en el vientre transgresor, le llevó a cometer el error.
Le pudo haber dado un medicamento abortivo para provocar la expulsión del invasor, pero eligió un punzón como arma ejemplarizante, para terminar con su posible participación genética y también de cara a los demás acólitos.
Provocaba la típica sensación de terror ante los objetos punzantes.
Quiso dar un escarmiento y todo le salió mal.
El pánico de Carmen Delia le hizo actuar contra todo pronóstico.
Y él no estaba preparado para su reacción.
Porque en los años en los que llevaba con el grupo nadie se le había enfrentado, al menos abiertamente.
Provocaba cierto respeto, teñido de miedo, entre los miembros y hasta el par de desertores se habían ido atemorizados.
Advirtió a la chica de que, tras su intervención, debía ir al hospital, quejándose de sufrir un aborto espontáneo, y de que allí terminarían el proceso.
Tumbó a Modesta Treinta. Le hizo abrir las piernas.
Cogió el punzón. Y antes de que se acercara siquiera a sus piernas para introducirlo con cuidado en su interior, advirtiéndole de que, por su bien, estuviera completamente inmóvil, ella se movió.
Intentó bajar del diván, de tal manera que la hirió con este en el pecho o en el hombro, no supo dónde, al intentar impedir que se escapara.
Antes de que él pudiera reaccionar, salió corriendo.
La siguió a la habitación que compartía con otras tres Modestas.
Estaba cerrada. Escuchaba ruidos en el interior como de abrir y cerrar cajones.
Se apoyó sobre la puerta e intentó forzarla, debía de haber colocado algún mueble que impidiese su apertura, pues todas las habitaciones de la casa carecían de cerrojo.
De pronto, esta se abrió violentamente y le golpeó. Él cayó al suelo, sobre su brazo derecho. Notó un crujido en este. Ella escapó de su visión. Nadie los había visto. Salió detrás de la joven, oía el sonido de sus botas al bajar los escalones.
Cuando alcanzó la calle Orense vio cómo ella llegaba al paseo de la Castellana y se subía en un autobús.
Se le escapaba. Cogió el siguiente. Tuvo la buena fortuna de que tres semáforos después se juntaron los dos. Bajó rápidamente del suyo y se coló por la puerta del centro del autobús que había cogido Modesta Treinta, camuflado entre los pasajeros que bajaban.
La localizó enseguida. Se aferraba a la barra del autobús de los asientos delanteros de la izquierda, delante de un cochecito de niño.
No le vio. Le dolía muchísimo el brazo, estaba convencido de que se le había roto y se estaba mareando.
Él se sentó en el único sitio libre que vio cerca de ella, en la parte de delante de la derecha, al lado de la ventana.
Un tipo alto y grandote se tuvo que levantar para que él pasara.
Su corpulencia le sirvió de parapeto. El dolor no le permitía pensar.
Miró hacia la ventana, por si ella volvía la cabeza.
Pero, de reojo, asomándose por encima del corpachón de su vecino de asiento, comprobó que Carmen Delia parecía una estatua, por la rigidez con que se aferraba a la barra amarilla.
Como a él, debía de dolerle la herida que le había infringido con el punzón.
No sabía de su gravedad. Pero debía detenerla, no podía dejarla escapar.
No sabía si iba a bajar en cualquier momento o si tenía otro destino distinto al de escapar de él.
Podía acudir a un hospital, o, lo que era muchísimo peor, a la policía.
Cualquiera de las opciones era peligrosa para él.
Su mundo, tan bien construido, se tambaleaba.
Su modo de vida dependía de que la capturara, absolutamente todo. Y tenía muy claro lo que debía hacer.
Sus pensamientos se interrumpieron bruscamente cuando oyó a Modesta Treinta gritar.
Su tono de urgencia le hizo obedecer de inmediato la orden de que se tiraran todos al suelo del autobús, que alguien iba a disparar.
Al suelo no pudo caer, porque el tipo enorme, con unos reflejos inusuales para su tamaño, ya se le había adelantado y cayó en blando.
Aun así, se hizo daño en el brazo ya herido y el dolor fue absolutamente insoportable.
El ruido de las metralletas y los gritos de la gente les retuvieron, no supo el tiempo.
Cuando se incorporó, vio cómo ella devolvía un niño a una madre.
No se fijó en él. El señor que le había servido de colchón también se levantó.
Él se escondió detrás de otras personas que se iban levantando.
Cuando quiso mirar otra vez, Carmen Delia no estaba, ni su vecino de asiento tampoco.
El dolor del brazo le hizo tambalearse y un pasajero del autobús le ayudó a bajar.
Ella había desaparecido y el pulso que sentía en el brazo le impedía pensar y se dejó llevar sin protestar a que le hicieran las primeras curas.
Afuera le esperaba una escena dantesca de muerte y destrucción. Pensó que las palabras con las que amedrentaba a sus seguidores se habían vuelto contra él y estaba siendo testigo de un castigo divino. Era un infierno sangriento plagado de muertos.
Tras la primera cura, le remitieron al hospital para que le hicieran unas radiografías. Allí le confirmaron que tenía el cúbito y el radio rotos. Menos mal que los huesos no se habían astillado, y la fractura había sido limpia.
Con temor, regresó al piso de la calle Alfonso X.
Allí, ante sus explicaciones, reforzó, aún más, su condición de héroe para sus acólitos.
Embelleció la historia y se convirtió en esa persona que había ayudado a los demás pasajeros del autobús, incluso con el brazo roto.
Aun así, estaba intranquilo. Y más lo estuvo durante los días siguientes.
Leyó con interés, entre todas las noticias, que buscaban a la heroína del autobús 14.
Y también él. Pero la falta de noticias le dio margen para pensar que estaba escondida de él, y que no había acudido ni a la policía ni a los hospitales.
Le tenía miedo. Eso estaba bien, para sus intereses.
Alguien la estaba ayudando, eso estaba claro.
No era muy difícil pensar que hubiera recurrido a un compañero de enfermería de su vida anterior.
Pero ahora lamentaba haber echado a Carlota, sin querer conocer más de ella.
Ni siquiera sabía por dónde empezar a buscarla.
Porque Modesta Siete les podría haber informado de las amistades a las que acudiría en caso de necesitar ayuda urgente.
Debía encargarse personalmente de su búsqueda, no quería involucrar a su grupo, levantaría sospechas. Había tenido que mentirles, excusando la ausencia de su compañera como la de otra traidora más.
Los días y semanas fueron pasando sin saber nada de ella, por más que intentó averiguar discretamente su paradero. Pero parecía que se la había tragado la tierra, a ella y a Carlota, su captadora. Eso le hizo relajarse un poco. Si no hay noticias, son buenas noticias, como decía el dicho.
Hasta que vinieron esos policías a interrogarlo. Fue un golpe de suerte. No sospecharon lo más mínimo. Un pasajero del autobús, como otro cualquiera, si acaso menos comunicativo.
Parecían no tener ni idea. Ni siquiera la habían identificado.
Creía que estaban más perdidos que una cabra en un garaje.
De momento. Debía reconocer que el retrato que le habían enseñado era bueno, muy bueno.
No solo había captado con bastante acierto los rasgos físicos, sino también la personalidad de Carmen Delia.
El verlo le había provocado escalofríos.
Los ojos de ella se burlaban de él. Intentó disimular su agitación bajando la cabeza y bebiéndose el té verde, que casi le había abrasado la garganta.
Pero no se hacía ilusiones, no parecían precisamente unos incompetentes.
No tardarían en dar con Modesta Treinta, esa hija de puta.
A partir de ahora, esos dos policías se habían convertido en su objetivo.
Miró la tarjeta que el inspector Ondarreta le había entregado antes de marcharse, con sus datos, teléfono y localización de la brigada.
Solo debía seguirlos y ellos le conducirían hasta su presa.
Sin embargo, reconoció que él solo no podría con las tareas de vigilancia, además, le podrían reconocer.
Recordó que tenía un conocido, que no amigo, él jamás había tenido un amigo, que le debía un gran favor.
En su época de la facultad, le libró de ser detenido por posesión de drogas.
Era hora de que pagara su deuda. El tipo, que se llamaba Joaquín, no llegó a terminar la carrera y trabajaba de comercial de aquí para allá, vendiendo ventiladores o algo así.
Se sorprendió muchísimo ante su llamada, pero parecía dispuesto a colaborar y quedaron en verse.
Le puso al corriente de lo mínimo imprescindible para poder ayudarle en su investigación.
Además, le compensó económicamente por las molestias.
Cuando Joaquín le informó de que habían subido al edificio donde el Grupo de Sectas tenía su sede, supo que faltaba poco para que la encontrasen.
Ya sabrían el nombre de ella y, también, la existencia del propio Duncan como líder del grupo por haber visto su retrato o por relacionarle con el pasajero de la academia de baile.
Tenía que estar preparado para actuar. Más que nunca, debía extremar las precauciones.
Joaquín le avisó de la visita a la Facultad de Enfermería.
Estaba seguro de que se habrían informado sobre las amistades de Carmen Delia.
¡Genial! Sin darle mayores explicaciones, le relevó en el puesto de vigilancia.
Ahora, él mismo los había visto salir de la brigada como alma que lleva el diablo.
Habían pasado a su lado, apenas había tenido tiempo de esconderse en un portal.
Aunque no creía que estuvieran buscándole.
No aún. Pero toda precaución era poca. Solo tenía que seguirles, se habían metido en la boca del metro. El cazador cazado.
El crimen es una plaga y yo soy el remedio. Aquí es donde termina la ley y empiezo yo.
Sylvester Stallone
Cobra, el brazo fuerte de la ley