23 La señorita Rotenmeyer
Consiguieron llegar puntuales. Ante la puerta del despacho de la secretaria había ya un par de estudiantes esperando para entrar.
A las cinco en punto llamaban a la puerta. Tras oír una voz que les invitaba a pasar, accedieron a una pequeña sala, totalmente impersonal, destinada a recibir a los alumnos.
Se presentaron. Rocío Canales, una profesora del centro, ejercía las funciones de secretaria y tutora.
Era una señora mayor muy delgada, con el pelo gris desvaído, que peinaba en un apretado moño, que debía provocarle graves dolores de cabeza.
El rostro estaba surcado de arrugas ganadas a base de muchas horas de sol, con lo que había adquirido la consistencia del pergamino.
Una nariz ganchuda y unos labios apretados complementaban su descripción.
No parecía que se le diera bien sonreír. Lucía un rictus que parecía permanente.
Tuvieron que poner en antecedentes a su interlocutora, de nuevo, por segunda vez en la tarde.
No pareció quedarse impresionada por la historia y tenía la misma cara que cuando entraron al despacho. Angus no se imaginaba la cantidad de nombres con los que la llamarían sus alumnos. Era una mujer carne de apodo estudiantil. Y fácil de caricaturar.
El inspector Ondarreta y María Luisa Cuesta no lo sabían, pero actualmente los estudiantes la llamaban, y no solo por su físico sino por las escabechinas que perpetraba con sus notas, «la señorita Rotenmeyer», la rígida institutriz de Heidi.
En épocas anteriores también la habían apodado «la Bruja Avería», otro personaje malvado para el público infantil.
—Todo esto es muy conmovedor, pero tengo mucha prisa, y aún no me han concretado lo que necesitan saber exactamente —les advirtió.
—Perdone que la molestemos, si no fuera necesario no hubiéramos insistido en esta entrevista.
Sobre todo, estamos interesados en localizar a la compañera de Carmen Delia Bencomo Cabrera, llamada Amelia, pero no sabemos sus apellidos.
Le estaríamos muy agradecidos si nos los pudiera facilitar —le pidió Angus.
—Saben ustedes que esto es muy irregular… Atenta contra la privacidad de los alumnos, la Ley de Protección de Datos… —se resistió la profesora.
—Hay que agradecerles a los héroes anónimos que han arriesgado sus vidas en el terrible atentado de Cibeles.
Señora Canales, ya sabemos que no tenemos ningún derecho.
Apelamos a su sensibilidad. —le rogó Marisa, a la que solo le faltaba lamerle los pies a la secretaria—.
Como le hemos comentado, su antigua alumna fue herida por un lunático y, en esas condiciones, se arriesgó para salvar al resto de los pasajeros y a una madre y un niño de corta edad, sobre todo.
Creemos que puede estar refugiada en el domicilio de Amelia, pero que corre peligro.
El criminal que la hirió seguro que no ha cejado en su empeño de rematarla, si no lo ha hecho ya.
Creemos, incluso, que la siguió hasta el interior del autobús.
Por desgracia, no sabemos la situación en la que se encuentra, y toda ayuda es poca.
Mientras Marisa iba hablando, el adusto semblante de Rocío Canales se iba suavizando, sorpresivamente. Torció la boca en una mueca que quería ser una sonrisa, pero, por la poca costumbre, no consiguió finalizar.
—No creo que pongan pegas las interesadas, la verdad, si les ayudo un poco.
Pero que sepan que es totalmente confidencial.
Y no me hace falta buscar en los archivos —les contestó la secretaria—.
Me acuerdo perfectamente de las dos, por razones distintas.
Carmen Delia, porque, como su tutora, me dio un disgusto cuando dejó los estudios de un día para otro, sin ninguna explicación.
No me gusta que mis alumnos abandonen la carrera, cuando tienen potencial de ser buenos enfermeros.
Y este era el caso de Carmen Delia. Y, en cuanto a Amelia, aunque no me correspondía su tutoría en persona, me acuerdo porque fue una de las alumnas más brillantes que han pasado por la universidad en los últimos cursos.
Terminó hace pocos meses y yo misma le he dado clases de Metodología de la Práctica Enfermera.
El único sobresaliente de toda la clase.
No me gusta ir regalando notas y cuando yo pongo un sobresaliente es porque esa persona se lo tiene absolutamente merecido, ¿me entienden?
—¡Sí, sí! —corearon Angus y Marisa a la vez, compenetrados como los gemelos Lóscar y Carlos.
—Les contestaré a título personal, no como el titular del cargo que ocupo en el centro.
El inspector Ondarreta y María Luisa Cuesta contuvieron la respiración.
—Se llama Amelia Campos Campos —les dijo, en plan efectista, como si hubiera sacado un conejo de la chistera.
—¡Muchas gracias, nos ha sido de mucha ayuda! —le agradeció Marisa, que seguía en plan obsequiosa.
—Ahora depende de ustedes —les advirtió la señorita Rotenmeyer, ya recuperado su gesto adusto de nuevo, a la vez que se levantaba, en ademán de despedirlos, y se apresuraba a abrirles la puerta del despacho, como si quisiera compensar su corta actuación compasiva—.
Con esto creo que tendrán suficiente.
Angus y Marisa se levantaron rápidamente también.
—No es tan fiero el león como lo pintan —iba diciendo María Luisa Cuesta mientras salían a la calle.
—Porque tú música amansa a las fieras, Marisa —le respondió a la broma Angus, mientras le cogía brevemente la mano—.
Lo bueno de esto, para buscarla ahora, es que no tiene ni un nombre común ni apellidos comunes.
Imagina que se llamara Pepa Pérez Rodríguez.
Eso me recuerda a Paco García, que es peor aún.
Por cierto, voy a intentar llamar otra vez a Gustavo, a ver si esta vez le pillamos.
—¡Llama, llama! Pero viendo las cosas en retrospectiva, pienso que puedes tener razón. Era un tipo atractivo, con una voz persuasiva y grave, no me cuesta imaginarlo como el líder de la secta. Un hombre peligroso. Una serpiente con piel de cordero.
A los tres tonos de iniciar la llamada, Angus por fin pudo contactar con el inspector Medina.
—Sí, perdona, estoy hasta arriba de trabajo. He visto varias llamadas perdidas tuyas. Estaba en un asunto muy delicado y he apagado el móvil. ¿En qué puedo ayudarte?
—Queríamos preguntarte si tienes algún retrato del líder de Mentes Creyentes de la Nueva Conciencia. Tenemos un testigo al que habíamos entrevistado hace unos días, y nos parece que pueda dar el perfil de Duncan. Aunque se llama Francisco García.
—Esperad, chicos, que estoy llegando al despacho y voy a ver si os lo busco. ¡Un momento, que estoy abriendo la carpeta! Creo recordar que hay algo. ¡Un momentito, a ver, a ver…! Bueno, lo que tengo es una fotocopia de su carnet de identidad. Se llama Francisco Javier García Pérez.
—¡A que va a ser él! Al inspector Ondarreta le comentó tu jefe Ildefonso que se llamaba Javier. Y como en la documentación siempre le hemos llamado Duncan, nos había pasado desapercibido su verdadero nombre, que es tan corriente.
—Sí, en nuestro dosier figura como F. Javier.
—¿Nos pasas por Whatsapp la foto del DNI?
—Por supuesto, cuando cuelgue os lo envío con el móvil.
—Otra cosa, ya que estás con el dosier de la secta abierto. ¿No tendrás los datos de una tal Carlota, que es la que introdujo a Carmen Delia en el grupo? Por lo visto, ha conseguido salir de la secta.
—Sí, una tal Modesta Siete. Lo sé porque los familiares me informaron encantados que por fin habían recuperado a su hija. Eran de fuera de Madrid, como casi todos los captados. Pero no sé dónde puede vivir ahora Carlota, ni si sigue en la ciudad o no.
—Según unos testigos, la han visto por la zona de la calle Princesa.
—¡Ah, buena información! Hablaré con sus padres y si están de acuerdo os pasaré la dirección.
—¡Muchas gracias, Gustavo, no veas lo que nos estás ayudando con el caso!
—¡De nada, es lo mínimo entre colegas! Espero que os vaya bien, y por favor, tenedme informado. En cuanto que consiga la dirección de Carlota os la reenviaré.
Al poco de despedirse, un pitido les informó de la entrada de un mensaje. Abrieron la foto. El profesor de danzas del mundo los miraba insolente y serio desde la imagen del carnet de identidad.
—¡Duncan! —exclamaron los dos a la vez.
—¡La siguió! —afirmó Angus.
—¿Y si consiguió darle alcance y se libró de la chica? —preguntó la funcionaria del CNI—. ¿Y si es por eso que no sabemos nada de ella desde el atentado?
—No creo, porque tenemos en la ficha del testigo y líder que fue atendido por un brazo roto en el hospital de campaña, por lo que no pudo ir detrás de Carmen Delia.
—¿Vamos a verle? —preguntó Marisa.
—No, lo primero es lo primero. Y lo que vamos a hacer es averiguar el domicilio de Amelia Campos. Aunque sea tarde, vamos a la oficina a buscarla en el censo.
En la brigada solo quedaba el personal del turno de tarde-noche.
Cogieron el ascensor. Se les hizo eterno hasta que consiguieron abrir el ordenador.
Angus no había dicho ni una palabra sobre tomar algo en la cafetería de abajo antes de subir a la oficina.
Para su asombro, comprobaron que había tres Amelias Campos Campos en la ciudad de Madrid.
Pero la edad de las otras dos, una de sesenta y otra de ochenta y cinco años, descartaron rápidamente a las tocayas.
Amelia Campos Campos vivía en la calle de Cedacero número 4, Madrid, a tres manzanas de la plaza de Cibeles.
—¡Pero si hemos peinado esa zona y no hemos encontrado nada! ¡Qué cerca hemos estado! —se lamentó Marisa.
—Sí, pero imagina que no haya salido del piso desde que llegó, ningún vecino ha podido identificarla.
—¡Tenemos que ir inmediatamente!
—¡Vámonos! —dijo Angus, cogiendo su chaquetón. Marisa ya se estaba poniendo el abrigo y el gorro.
Por no esperar el ascensor, bajaron las escaleras. Salieron corriendo. Se metieron en el metro, tardarían menos que si solicitaban un coche, que, con el tráfico de Madrid, podría retrasarles más que por el subsuelo.
Con las prisas no se fijaron en una figura de hombre que se había metido en la oscuridad de un portal ante su apresurada salida. También dirigió sus pasos a la misma boca de metro que los jóvenes.
Malpensado es cómo llaman los ingenuos a los que carecen del exceso de
candidez que ellos mismo manifiestan.
Jessica Chastain
El caso Sloane