22 Duncan
Francisco Javier fue un niño introvertido y apocado, hijo único.
Un chico de un barrio humilde de Badajoz.
Su padre disponía de un pequeño local de renta antigua, por el que pagaba una miseria.
En él instaló una tienda que vendía de todo, como las tiendas de los chinos de hoy en día y con el mismo e ilimitado horario, y que llevaba sobre todo su mujer.
De sol a sol, despachaban todo tipo de productos, desde chucherías hasta leche, huevos, pan y algo de embutido, con el que hacían los bocadillos de los estudiantes del instituto de secundaria cercano.
Conocían el nombre de todos sus clientes y fiaban a la mayoría.
Hubiera dado para vivir dignamente a tan breve familia, si el padre de esta no se hubiera gastado parte de las ganancias en el bar, con su afición a las cartas y al vino.
Nunca les puso la mano encima a su madre o a él, porque las borracheras no le convertían en un hombre agresivo, pero sí en un ser muy hablador y cariñoso, al que apenas se le entendía con la lengua trabada por el alcohol.
Aun así, les abochornaba ante los vecinos cuando se empeñaba en atender borracho en el mostrador.
O cuando su madre tenía que ir a rescatarle en estado lamentable de cualquier bar de la zona, ante las miradas de pena de los vecinos, que apreciaban a la buena mujer.
Las circunstancias familiares no favorecían la comunicación con sus compañeros de escuela, que le echaban en cara las adiciones del padre y su afán enfermizo por ser el primero de la clase. Se convirtió en el chico raro y empollón de la clase.
Por ello, nada más cumplir los dieciocho años, y gracias a una beca, consiguió escapar de la mediocridad que tanto odiaba.
Se instaló en Madrid y comenzó la carrera de Derecho, que consideraba que podría tener futuro laboral, a la vez que trabajaba de camarero los fines de semana.
Si alguna vez iba a su ciudad era exclusivamente por ver a la madre, pero poco a poco las visitas fueron espaciándose hasta ser inexistentes.
No soportaba ver al hombre degradado en que se había convertido su progenitor, un ser dependiente y balbuceante, que con sus manos temblorosas apenas podía devolver el cambio a los clientes.
Se prometió que mientras que su padre viviera, no volvería a pisar Badajoz.
La madre era la que hacía el esfuerzo económico de ir a visitarle a la capital, pero apenas se lo podía permitir porque no podía dejar ni a su esposo ni la tienda solos.
Dependía de su hermana y cuñado que, aunque estaban dispuestos a atender en el pequeño comercio durante unos días, llevaban peor ocuparse del marido.
El desastre vino cuando su hijo terminó los estudios.
En vez de ejercer como abogado, se metió de lleno en la creación de las Mentes Creyentes de la Nueva Conciencia.
La madre, una persona sencilla, no pudo sino manifestar su desacuerdo con «la causa».
Su actitud le valió ser considerada enemiga de las Mentes Creyentes y fue rechazada sin contemplaciones.
Desde entonces, no había consentido siquiera ni hablar con ella por teléfono.
Se había convertido en Duncan, una persona extraña que se avergonzaba de sus modestos orígenes y que pasó a considerar que no tenía ni padre ni madre.
Su nueva vida comenzó cuando fue a pasar un fin de semana a Zamora, invitado por una amiga de su novia de entonces, Patricia.
La amiga, Tristana, invitó a la pareja a vivir en una casa de campo con unos nudistas vegetarianos.
Cuando llegaron a la destartalada casa, y gracias a los calores de agosto, pudieron practicar nudismo con total libertad.
Pero allí había todo tipo de fauna que pronto aprendieron a distinguir.
A unos no les bastaba con ser vegetarianos, otros iban más allá y eran crudivoristas, no comían nada cocinado o preparado.
Había uno que se alimentaba exclusivamente de hierbas que él mismo cultivaba en un cajón.
Otros afearon a un señor algo más mayor que llevara avellanas tostadas e incluso cacahuetes fritos.
Llegaron a echar sin contemplaciones a una pobre chica que se atrevió a llevar un queso, como si hubiera llevado un trozo de carne muerta.
Mientras que Patricia criticaba a los que consideraba «los talibanes» del vegetarianismo, por su poco respeto a los que no seguían sus ideales en el comer, Francisco Javier se sentía en su salsa y congenió a las mil maravillas con Tristana, que era un espíritu libre.
Cuando volvió, cambió de pareja, a su modo, claro, porque eso no excluía a otras personas en su relación.
Ya en Madrid, desechó las pocas amistades de antes y, con la ayuda de Tristana, entró de lleno en las nuevas, con las que se sentía, por primera vez en su vida, acogido y aceptado tal como era.
Se rodeó de personas más afines a sus nuevos gustos.
Le impactó la práctica desinhibida del sexo entre ellos, prescindiendo de los convencionalismos de ser hombre o mujer.
Tenían okupado un local en el famoso barrio de «Vallekas», destinado a actividades culturales. Entre estas, había charlas populares gratuitas sobre veganismo, la conciencia de uno con el ser, o talleres de danzas energéticas, entre otras.
Encantado con el nuevo rumbo que llevaba su vida, aunque terminó la carrera, el Derecho se le antojaba cada vez más anodino e irreal y nunca buscó trabajo en nada relacionado con este.
Tuvo importantes desacuerdos con los integrantes del grupo de «Vallekas» y, junto a sus primeros acólitos, se instalaron en un local en el barrio de Chamberí, lleno de humedades, que consiguió alquilar por un módico precio a una anciana.
Lo arreglaron con ilusión e instalaron la «academia de baile».
Al principio cobraban por los talleres, a precios populares.
A partir de ahí fue germinando la idea de crear el grupo de las Mentes Creyentes de la Nueva Conciencia, junto con Tristana.
Él, como líder, pasó a llamarse Duncan, Modesto Uno, y Tristana, Modesta Dos.
Adoptó el nombre de Duncan simplemente porque le gustaba cómo sonaba, sin más. Era musical, distinto y con cierta originalidad, todo lo contrario de Francisco, Paco o García, nombres más prosaicos y vulgares, y que le hubieran quitado encanto a su actuación de líder.
El límite está donde dejas de tratar a la gente con respeto
Gugu Mbata-Raw
El caso Sloane