La heroína de Cibeles 21 Los gemelos
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21 Los gemelos

María Luisa Cuesta y el inspector Ondarreta averiguaron en poco tiempo la identidad de los compañeros de piso de Carmen Delia, que aún continuaban empadronados en el domicilio del barrio de Arguelles, según comprobaron en el padrón municipal de habitantes de la ciudad de Madrid.

Se llamaban Lóscar y Carlos Ortiz Ortiz, naturales de Salamanca. 24 años. Estudiantes. No respondieron a la llamada al teléfono fijo. Se suponía que en ese momento estaban en la Facultad de Derecho de la Complutense.

—¿Te has fijado que, si los nombres de los gemelos los lees en voz alta y seguidos sale el nombre de uno o de otro, que es lo que se llama un trifelio?

—le preguntó Marisa, que como criptóloga no se le pasaban por alto esos juegos de palabras—.

Y además eso cuadra mucho con tener los dos apellidos iguales.

—Pues no, Marisa, ni siquiera me fijo en esas cosas. Pero me fijo en otras. —Y le guiño un ojo, a la vez que la sonreía.

—¡Es gracioso! —le comentó Marisa respondiendo a su sonrisa, pero haciendo caso omiso a su última observación—.

Y además es un trifelio simple, porque solo tiene dos sílabas.

Como cuando de pequeños decíamos monja y jamón a toda velocidad, ¿te acuerdas?

, ¡monjamónjamónjamónjamón, y estos chicos se llaman: Lóscarloscarloscarloscarlos!

—¡Ja, ja! A los gemelos quizá no se lo parezca. Porque

esas cosas las pillan en el colegio rápido —dijo Angus, que aún le escocían las perrerías que tuvo que pasar en su etapa escolar a cuenta de su nombre.

—El caso es que creo que son unos ninis —añadió Marisa, abreviando la conocida frase de «ni estudian ni trabajan».

—Eso parece, según la versión de Pino Cabrera, pero bueno, por la tarde iremos a ver si los pillamos —le respondió Angus.

También contactaron con la Facultad de Enfermería, Fisioterapia y Podología de la Universidad Complutense. La secretaria, Rocío Canales, les recibiría también por la tarde, tenía una hora libre a las cinco, de tutorías, que empleaba en recibir a sus alumnos, y les podría recibir.

Dedicaron el resto de la mañana a poner en orden los nuevos apuntes del caso. Intentaron contactar con el inspector Medina, del Grupo de Sectas, pero el móvil estaba apagado y como no saltaba el contestador, ni siquiera pudieron dejarle recado.

En la cafetería de la esquina de la brigada ya conocían a Marisa y cuando la vieron aparecer le pusieron su agua mineral fría, aunque en la calle la temperatura fuera heladora, y una cerveza para Angus.

—Hoy jueves tocan «las dos pes»: paella y pollo, ¿no? —le dijo Marisa, a la que le había encantado esa expresión.

—¡Exacto! —le confirmó satisfecho Angus, mientras le acariciaba brevemente la mano que Marisa tenía apoyada en la mesa—. ¿Te das cuenta, Marisa, de lo que está pasando?

—¿A qué te refieres?

—A que el caso ha dado un paso de gigante en las últimas horas y puede que pronto termine.

—¿Y?

—Pues que ya no seremos compañeros del caso Cibeles y ya no nos veremos a todas horas, como me he mal acostumbrado. Y lo voy a sentir mucho.

—¡Yo también, Angus! Estos días hemos establecido unas rutinas que me gustan, aparte de conocerte. Estoy inmersa en un mundo distinto y aunque hayamos pasado muchas horas casi interminables de interrogatorios por los barrios o redactando en la brigada los informes, este trabajo me ha atrapado.

—¡Mira que si tienes vocación de policía!

—¡No es para tanto, que mi trabajo me encanta! Y, además, supongo yo que no siempre será tan interesante —exclamó Marisa, mientras rebañaba el pollo y se chupaba los dedos.

—Supones bien, es verdad, tristemente no siempre es interesante. Pero a tu lado, cualquier cosa me parece amena.

Y te echaré de menos.

—¡Ni que se hubiera finalizado el caso, que hemos avanzado mucho, pero todavía no la hemos encontrado! ¡No te pongas dramático!

—¡Vale, pero que sepas que yo a ti no te suelto y pretendo que nos veamos cuando todo esto termine!

—¡Yo también! —le dijo Marisa escuetamente. Era más reacia a expresar sus deseos.

Los gemelos vivían en un piso antiguo de la zona comercial de la calle Princesa, cerca del metro de Argüelles.

Subieron en un viejo ascensor, protegido por un enrejado de rombos en todos los pisos.

Las puertas metálicas se abrían manualmente y con fuerza y entraron a una cabina forrada de terciopelo, con un banco rojo en el fondo.

Aun así, el mecanismo debía de ser nuevo porque les subió silenciosamente hasta el tercer piso.

Llamaron a un timbre de botón cuyo sonido rechinó en toda la casa. Se oía un televisor de fondo. Sin comprobar la identidad de los que llamaban, se abrió la puerta. Un joven de pelo muy rizado, totalmente despeinado, vestido de chándal, los miró, esperando quizás que le vendieran un aspirador.

—¿Lóscar o Carlos Ortiz? — preguntó el inspector Ondarreta.

—Lóscar —respondió el chico, mientras se acomodaba sus partes sin disimulo alguno.

—Somos de la policía —se identificó Angus.

—¡Yo no he sido! —bromeó el joven, con una sonrisa, sin asustarse lo más mínimo.

—Solo queríamos hacerle unas preguntas sobre su antigua compañera de piso, Carmen Delia.

—¡Ah, esa sí que es buena! ¡No creo que «la Deli», ni en broma, pueda haber cometido ningún delito, ni ella ni esa panda de pringados con los que se juntó!

—¿Podemos pasar? —le preguntó Marisa.

—¡Claro, claro, guapa! —le sonrió Lóscar mirando apreciativamente a la joven, mientras que retiraba un par de cajas de pizza del tresillo, para hacerles sitio—. Perdonad que esté tan espeso, es que ayer, o ¿ha sido hoy?, me acosté muy tarde.

—¿No has oído el teléfono?, te hemos llamado —le devolvió el tuteo Angus, mirando ostensiblemente el reloj, que marcaba las cuatro de la tarde.

—¡Ni un bombardeo hubiéramos oído, mi hermano aún no se ha levantado del catre!

—¿Le puedes decir que se levante, por favor?

Cuando se fue a despertar a su hermano aprovecharon para inspeccionar la estancia. La palabra «leonera» se había inventado concretamente para expresar el estado del piso. Todo estaba revuelto, y lo poco que veían de la cocina era aún peor, con todos los cacharros haciendo una montaña en la pila.

A los pocos minutos se presentaron los dos jóvenes. Eran exactamente iguales, con el mismo corte de pelo y complexión delgada. Solo el color de las sudaderas, una ligeramente más gris que la otra, les permitió identificarlos.

Carlos lucía los mismos rizos despeinados que su gemelo, pero el ceño fruncido indicaba que era de peor carácter.

Lóscar presentó a su hermano y se sentaron en los sillones individuales del tresillo, dejando en el medio a la visita.

El inspector Ondarreta les puso brevemente en antecedentes, antes de comenzar con las preguntas. Encendió la grabadora y la puso encima de la mesa, tras apartar un ejemplar de una conocida revista erótica.

—¿Cuándo fue la última vez que visteis a Carmen Delia?

—La vimos por última vez cuando recogió sus cosas del piso —les respondió Carlos, que se había nombrado a sí mismo portavoz del dúo, con lo que indicó su posición de supremacía en la pareja—.

Fue una lástima, «la Deli» era una tía maja hasta que la enredaron los de la secta esa de piraos. Le teníamos mucho cariño.

—Dirás la tenías tú, sobre todo, hermano. Estaba totalmente pillado por ella —explicó.

—No lo niego. Pero no tuve ni una oportunidad. Primero, cuando llegó tenía novio formal en las Canarias y después se cegó con esos trastornados. Pero, además, es la única inquilina que nos ha durado tanto, todos los demás se van corriendo, en cuanto nos conocen.

—¿Habéis mantenido algún contacto por teléfono?

—No, ninguno. No es que se fuera de malas maneras, no es su estilo, pero intentamos advertirle contra la clase de gente con la que se había juntado, nos daban muy mal rollo. No le sentó nada bien y se fue cabreada. A mí me dolió y me dejó algo tocado.

—¿Se reunían en la casa?

—Sí, se los llevaba a su cuarto y se reían mucho.

—¿Con quién se llevaba mejor?

—Pues con la que parecía que mandaba, una tal Carlota, que por lo visto fue la que la llevó al huerto.

Era de un amable que daba náuseas. Y eso que estaba bien buena, la rubia.

Pero a nosotros, que conocemos el alma femenina, aunque no el Derecho, no nos gustó.

Era una falsa y todas sus energías las empleaba en hacer la pelota a «la Deli».

—¿Habéis sabido algo de Carlota?

—No —respondió Carlos.

—Sí —dijo Lóscar.

—¿Y eso? —preguntó Angus.

—Pues yo, casualmente, me la encontré un día, hace unos meses —dijo Lóscar.

—¿Ah, ¿sí? No me habías dicho nada, tronco.

—No le di importancia.

—¿Qué hacía cuando la viste?

—Nada, sencillamente me la tropecé cuando iba por la calle.

Me sorprendió mucho que me saludara, no nos habíamos llevado bien en lo poco que nos conocíamos.

No es que nos paráramos ni nada, solo fue un «hasta luego».

Pero, ahora que lo pienso, estaba muy cambiada.

Vestía normal, de vaqueros y eso, no con la ropa esa monjil que llevaban «los piraos».

—¿Crees posible que se hubiera salido de la secta? —le preguntó Marisa.

—El cambio de ropa, y que además me saludara… es posible.

—¿Dónde te encontraste a Carlota? —se interesó Angus.

—Cerca de aquí, en la calle Quintana, a la altura de la calle Princesa. Yo subía hacia casa y ella bajaba, como tirando para Rosales —le respondió Lóscar, satisfecho de ayudar antes que su hermano.

Estuvieron hablando otro rato con los jóvenes, antes de despedirse.

—¡A ver si la encontráis pronto! —desearon los dos a la vez, y Lóscar añadió—: «La Deli» se hacía querer y cuando se fue la echamos mucho de menos, yo también. Marisa, por casualidad, ¿te he dicho que, además de las rubias, nos encantan las pelirrojas?

—Dos o tres veces desde que he entrado por la puerta. Por cierto, ¿cómo lleváis que vuestros nombres sean un trifelio?

—¡Hala, qué lista! Pues no todo el mundo lo pilla. La verdad es que nos divierte, mi padre es muy aficionado a los juegos de palabras.

—Yo, hasta hace poco no sabía que era un trifelio —confesó el inspector Ondarreta—. Bueno, nos vamos, que tenemos un poco de prisa.

—¡Adiós, Marisa! —se despidieron los dos a la vez.

—¡Adiós, chicos! —les respondió Marisa con una sonrisa y, encima, les dio dos besos a cada uno.

—Me parece que tienes dos nuevos admiradores, de mí ni se han despedido —comentó Angus cuando bajaban las escaleras, para evitar bajar en el vetusto ascensor.

—Serán unos ninis pero que majos que son —le iba diciendo Marisa por el camino.

—Vamos corriendo, que de pronto hacemos tarde y hemos quedado a las cinco con Rocío Canales, la secretaria de la Facultad de Enfermería — le apremió Angus, un poco mosqueado,

pensando en que lo malo de que Marisa fuera tan guapa y simpática era que conquistaba fácilmente al género masculino con el que se iba encontrando, sin ser consciente de su encanto.

El individuo que me mate me gustaría que fuese por odio,

no por simple trabajo.

Al Pacino

Tarde de perros