Epílogo
31 de diciembre.
Esther y Javier llegaron pronto a la cena de Nochevieja en un hotel céntrico de Madrid. Apenas eran las nueve de la noche, pero prefirieron llegar antes de que el tráfico se pusiera peor. El ambiente en la calle era bullicioso y las calles, adornadas para la Navidad, lucían sus mejores galas.
Le indicaron al maître sus nombres y les condujo a una mesa para cuatro perfectamente decorada para el último día del año.
—¡Qué formales somos! ¡Damos asco, llegando los primeros! —comentó Esther con una sonrisa, mientras se quitaba el abrigo de lana negro y una bufanda roja. Debajo lucía un vestido de fiesta plateado.
—No tanto, que ahí vienen. ¡Que, por cierto, estás guapísima!
—Tú también, con esa pajarita tan original.
Angus y Marisa aparecieron, siguiendo al maître. Después de intercambiarse los besos de rigor, y los cumplidos por los vestidos de fiesta que lucían las chicas, se acomodaron en la mesa redonda.
—¡Qué bien, ya estamos los cuatro para despedir el año! —exclamó Marisa.
Durante el tiempo en el que habían sido compañeros, Angus y Esther apenas se habían visto fuera del ambiente del trabajo.
Pero ahora, y gracias a Marisa, que se había empeñado, se habían visto los cuatro un par de veces, y habían comprobado que las dos parejas tenían buena sintonía, por lo que decidieron comenzar el año juntos.
—Vamos a hacer una pequeña fiesta de inauguración de nuestro piso —les comentó Esther.
—Pero si lo tenéis hace más de un año —les dijo Angus.
—Ya, pero, en realidad, lo que celebraremos es que nos vamos a vivir juntos.
—¡Aleluya, ya era hora! ¡Si ya pensaba que os ibais a jubilar viviendo aún como los típicos novios del siglo pasado! —bromeó Angus—, Pero ¡enhorabuena, me encantan las fiestas!
—¡Qué exagerado! —protestó Esther—. Por cierto, ¿qué sabéis de Carmen Delia?
—La he llamado a ver qué tal se encontraba y me ha comentado que se iba a las Canarias con su madre, para pasar las fiestas en familia —respondió Marisa—.
Ha decidido que vendrá a recoger su premio, pero solo cuando supo que además también van a homenajear al personal sanitario, a la policía y a otros héroes anónimos como ella, por lo que no va a estar sola en el evento. Yo desde luego, no me lo pienso perder.
—¡Ni nosotros, con lo que nos ha costado encontrarla! —exclamó Angus—. Pero bueno, hoy está prohibido hablar trabajo.
—¡Me alegro! —dijo Javier—. Aunque no me cuente casi nada, no debe ser agradable oír a Esther hablar del caso de los cadáveres mutilados en plena cena.
—¿Seguís sin poder identificarlos? —preguntó Marisa.
—Sí, estamos igual que al principio. Pero cambiemos de tema, que este apesta. —Se rieron todos.
La cena transcurrió en un agradable ambiente de buen humor.
De pronto, se apagaron y encendieron las luces.
Llegaba el nuevo año. Les habían repartido en unos platitos doce uvas y se dispusieron a escuchar las campanadas en una gran pantalla de televisión.
Esta conectaba con la retransmisión de la Puerta del Sol madrileña, mientras intentaban comer una uva por campanada, sin conseguirlo, como en todas las nocheviejas. Comenzaba un nuevo año.
Daniel Hurtado y su mujer brindaron con cava. La botella se había enfriado de forma natural en el alféizar de la ventana. Mientras, sonaban las campanadas en el pequeño televisor de la habitación.
Carmen todavía no salía de su asombro. Su marido le había dado una sorpresa mayúscula, al preguntarle si quería que pasaran la Nochevieja en una pequeña casa rural de un pueblo de Ávila.
Sin madre, sin familia, ellos dos solos.
Ya había reservado para tres noches. Los dos días anteriores habían hecho excursiones por el campo, abrigadísimos para combatir el frío invierno abulense.
Realmente la naturaleza obraba milagros y habían desconectado.
En la campanada número ocho sonó el teléfono móvil del inspector jefe. Con tranquilidad, Daniel esperó a la doceava, antes de oprimir el botón verde de descolgar.
—¡Dígame, Ramírez!
—¡Perdone que le moleste, inspector Hurtado! —le respondió el jefe de la sección de Secuestros y Extorsiones, que estaba de guardia.
—Si ha llamado es que es urgente, dígame.
—¡Han secuestrado al ministro de…!
Tardaron poco en volver a hacer la pequeña maleta. Un viento helador los acompañó hasta el coche.