20 Pino Cabrera
Jueves, 14 de diciembre.
El inspector Ondarreta y María Luisa Cuesta dedicaron la jornada a investigar a Carmen Delia.
—No quiero que vayáis de momento a visitar a los de la secta, que en principio negarán haber tenido algo que ver con los hechos, y no queremos ponerles sobre aviso prematuramente sobre la señorita Bencomo — les recomendó el inspector jefe Daniel Hurtado esa mañana—.
Así es que hay que tener mucha discreción.
Vamos a centrarnos en encontrarla, que es, al fin y al cabo, nuestra misión.
Si más adelante ella quisiera testificar contra esos criminales, la apoyaremos en su decisión.
—De acuerdo, jefe, lo primero que haremos será ponernos en contacto con la madre, que ya está avisada.
Llamaron inmediatamente a Pino Cabrera.
—Ya me comentó anoche el inspector Medina que me iban a llamar —le dijo a Angus, después de que este se identificase—. Estoy en el aeropuerto, acabo de llegar a Madrid.
—¿Puede venir a nuestra brigada o se va a instalar antes?
—Voy inmediatamente a reunirme con ustedes, inspector Ondarreta.
—Aquí la esperamos. —Le dio la dirección completa. —¡Y ojo con el taxi!, que solo le tienen que cobrar treinta euros por el servicio, si es en el área metropolitana.
—¡Gracias por la advertencia, siempre que he venido a Madrid he cogido la guagua del aeropuerto, pero ahora tomaré un taxi! ¡Nos vemos pronto!
Cuarenta minutos después vieron aparecer a la madre de Carmen Delia. Venía acompañada de Berta, que se la había encontrado pasando por el arco de seguridad preguntando por ellos.
Se hicieron las presentaciones. Marisa se acercó una silla y se sentó al lado de la mujer
—Por favor, siéntese —le ofreció Angus asiento, del que tuvo que retirar apresuradamente unos informes, a la vez que observaba a la mujer, de unos cuarenta y cinco años, y pensó que estaba de muy buen ver.
Era muy morena, la rama rubia debía de provenir del padre. Tenía un acento canario muy acusado.
—Estoy muy nerviosa desde que me llamó el inspector Medina y por eso he decidido coger el primer vuelo a Madrid.
—¿Qué le ha comentado el inspector Medina?
—Apenas nada, solo me ha contado que ustedes creen que estuvo metida en el atentado del 17-N, que ayudó a un niño y que desde entonces la buscan para reconocerle su valor.
—En principio, lo primero que voy a hacer es enseñarle el retrato robot que nos ha hecho nuestra especialista, para ver si puede corroborar la identidad de su hija. Mire. —Y le tendió la fotocopia en color del retrato, que volvió a sacar de la carpeta.
—¡Es mi hija! ¡Ay, Dios mío! —exclamó, alterada, cuando observó el dibujo entre los dedos que lo sostenían, temblando—. Pero ¿qué le ha pasado? ¿dónde se encuentra ahora?
—Aunque no lo sepamos, estamos buscándola con todo nuestro empeño, se lo aseguro —le dijo Angus—. Pero, si no le importa, comenzaré por el principio.
El inspector Ondarreta empezó a hacerle un relato cronológico de los hechos, según los habían ido conociendo en la Brigada de Desaparecidos.
Cuando llegó a la parte en la que creían que había sido herida, suavizó la importancia de la hemorragia, al ver que la mujer se iba alterando a medida que conocía más detalles de lo ocurrido.
Pero obvió informarle sobre el embarazo de la chica.
Creía que era una noticia que pertenecía a la intimidad de Carmen Delia, que no estaba siendo buscada por ningún crimen, al contrario, y que correspondía a ella contárselo a su madre, en el feliz caso de que se encontraran de nuevo.
Cuando terminó el relato, la señora Cabrera permaneció en silencio.
—Entenderán ustedes que, a la vez que preocupación por el estado de salud de mi hija, siento cierto alivio.
Creo que por fin ha salido de esa secta y de la influencia del desgraciado y demente que los controla.
Voy a hacer lo posible por ayudarles a encontrarla.
¡Tanto tiempo sin ella, mi único sostén en la vida!
—Pino se secó una lágrima que escapaba por la mejilla de su rostro desolado.
—No se preocupe, señora Cabrera —la intentó tranquilizar Marisa—. Creemos que está a salvo, porque como ya le ha comentado el inspector Ondarreta, no se la ha encontrado entre los heridos del atentado.
—¿Le importa que grabemos la conversación? —preguntó Angus—. Quisiera hacerle unas preguntas.
—¡Por supuesto que no, por favor, comiencen!
—Sabemos que tenía un novio en Las Palmas.
—Sí, un buen chico, Rumén Marrero se llama.
Tiene veintitrés años. Conocemos a su familia de toda la vida.
Hemos seguido en contacto, el pobre no ha levantado cabeza desde que Carmen le dejó.
Aunque ella me dijo que, antes de que comenzara todo esto, ya se había distanciado de él y que probablemente hubiera roto antes o después.
Sus padres son vecinos del barrio y los veo con frecuencia también.
Él se independizó hace unos meses, y vive con unos compañeros del chiringuito de playa en el que trabaja.
—Cuando Carmen Delia se trasladó a Madrid a estudiar ¿el chico no se planteó venir a Madrid con ella?
—Sí, se lo aconsejé en su día y también se lo comenté a Deli, por si tenían dificultades en llevar el noviazgo a distancia, pero ninguno de los dos le daba demasiada importancia y no insistí, no quise meterme en su relación de pareja.
Él es camarero y en las islas, con tanto turismo, trabajo no le falta y si se hubiera trasladado a Madrid hubiera tenido que empezar de cero.
Yo después me he preguntado más de una vez, que, si Rumén la hubiera acompañado, la niña no se hubiera sentido sola y el canalla aquel no se hubiera aprovechado de su debilidad.
La distancia pasó factura a su relación.
—Eso nunca se sabrá, señora Cabrera, no sirve de nada darle más vueltas —le aconsejó Marisa.
—Es cierto, pero luego yo no dejo de sentirme culpable por lo que ocurrió, si hubiera venido más a verla quizás lo hubiera visto venir, pero la tienda me tiene tan atada que, a pesar de notarla rara, no se me ocurrió que podía pasarle lo que pasó.
¡Cuando todo se me vino encima, era demasiado tarde!
Se convirtió en una persona extraña, como si nuestra relación de madre e hija nunca hubiera existido.
¡No se imaginan lo mal que lo estoy pasando, es como perder una hija en vida!
Por eso, ahora, después de tanto tiempo y pese a que no se sabe dónde está ella, vislumbro un rayo de esperanza.
—Y Rumén ¿tampoco ha sabido nada de Carmen Delia en todo este tiempo? —preguntó Angus.
—No, nada, estoy segura de ello. Además, rompió con el pobre de una manera tan fría, por teléfono, y sin ningún tacto ni sentimiento, que él, lógicamente, se sintió herido y no ha querido ser quien contactara con ella.
De todas formas, de nada le hubiera servido, porque los dementes esos han cortado de cuajo cualquier intento de contacto.
—¿Con quién compartía piso en esos dos primeros años de estudios de enfermería, en la Universidad Complutense? —le preguntó Marisa.
—Los compañeros de piso de Deli eran dos hermanos gemelos que estudiaban Derecho, tenía una relación muy estrecha con ellos porque eran muy majos y cariñosos.
Ahora no me acuerdo cómo se llamaban, ella solo hablaba de ellos como «los gemelos».
Llevaban otro estilo de vida diferente, a ella le hacían gracia.
Me comentaba que no sabía ni cómo aprobaban algunas asignaturas, porque apenas los vio estudiar.
Eran un desastre para la casa y la pobre se quejaba de que todo estaba manga por hombro.
Pero no había pensado en cambiar de piso, estaba a gusto con ellos, el precio era muy bueno y la zona, cerca de Moncloa, también.
Yo estuve alojada allí durante dos semanas, los chicos se habían ido de vacaciones y aproveché para pasar unos días con mi hija, así es que no los conocí.
Ya nada más llegar, noté cosas raras en su comportamiento y discutí con ella.
Como me quejé, llevó a sus nuevos amigos al piso para que los conociera y fue peor de lo que yo me podía imaginar.
—¿Podría haber recurrido a los gemelos en caso de necesitar ayuda?
—No lo sé, la verdad. De todas formas, si quieren les doy la dirección de la vivienda, no sería de extrañar que siguieran ahí alojados, al ritmo que iban, ¿Quién sabe si esos chicos terminarán la carrera alguna vez?
Desde luego hay padres a los que no les preocupa lo que sus hijos hacen con el dinero que les pasan.
—¿Sabe quién introdujo a Carmen Delia en la secta?
—Sí, cuando estuve en su piso, me presentó a los chicos y chicas con los que había entablado nuevas amistades.
Había una en particular, que era la que llevaba la voz cantante.
Se llamaba Carlota. Creo que se conocían de practicar danza moderna, según me dijo mi hija.
En casa hacían talleres para hacer reír a la gente, no me acuerdo cómo los llamaban ellos.
—¿Puede ser de risoterapia? —preguntó Marisa.
—¡Sí, sí, eso mismo! En principio, parecía todo muy inocente, pero realmente a mí me producían escalofríos. Todos tan guapos, tan monos, tan educados, tan iguales, siempre vestidos de azul. Eso no era normal.
—Y ¿sabe dónde daban esas clases de danza moderna? —preguntó el inspector Ondarreta.
—No, ni idea. Deli se había convertido en una persona reservadísima a la hora de dar cualquier información sobre ese tipo de datos.
—¿Te estás acordando de aquel testigo, el de las «danzas del mundo»? —interrumpió María Luisa Cuesta, nerviosa.
—¡Exactamente!
—¿De qué testigo hablan? —preguntó la madre.
—De un sujeto muy poco colaborador al que hemos entrevistado. Iba sentado en el lado de la ventana. En la fila de delante de la puerta de atrás. Si la hubiese seguido…Tenía una academia de baile un tanto extraña, tipo flower power. García, creo que se apellidaba.
—¡Como el líder de la secta, que se hacía llamar Duncan! —exclamó Marisa, emocionada.
—Luego lo comprobaremos. Son demasiadas casualidades y ya sabemos que en esta profesión las casualidades no existen.
—¡Madre mía, si siguió a mi niña!
—No se preocupe, que su hija, ya le hemos comentado, salió con el compañero de asiento del individuo.
Y al señor García del que le hablamos le tuvieron que atender de una rotura del cúbito y del radio en el servicio de emergencias.
Sepa que cuando le vimos aún tenía el brazo escayolado.
Ahora, si nos disculpa, podemos seguir con la conversación.