La heroína de Cibeles 19 Carmen Delia #2
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19 Carmen Delia #2

Pero ella, con todas sus convicciones puestas en duda, y su mente convertida en un torbellino de elucubraciones, olvidó tomar un par de veces su pastilla.

Lo que menos podía esperar es que se quedara embarazada.

Sintió náuseas desde el principio y el pecho le creció dolorosamente.

No hacía falta estudiar enfermería para reconocer los síntomas y más cuando era totalmente consciente de las dos píldoras olvidadas.

Aunque sabía que se descubriría más tarde, intentó aplazar la noticia el mayor tiempo posible.

Duncan tenía prohibido procrear en el grupo. Era una de las normas de obligado y estricto cumplimiento, que se repetía en los mantras que recitaban a diario: «Mundo de la Nueva Conciencia, no me dejes procrear más seres impuros». No quería infectar el planeta más aún de lo que estaba.

Y ella sabía lo que significaba eso: tendría que abortar.

Casi tres meses atrás, lo hubiera hecho sin pestañear si no fuera porque ahora se planteaba por sí misma las decisiones sobre su propio cuerpo.

Y no quería. Si algo tenía claro en los dos años de nebulosa mental, era eso.

Quería a su hijo, quería traerlo al mundo, impuro o no.

Dadas las variadas posibilidades, no sabía quién era el padre.

Y, a menos que el parecido con este fuera evidente, no lo sabría jamás.

Pero eso era lo de menos. Era suyo y de nadie más.

Modesto Uno se dio cuenta de que Modesta Treinta tenía un comportamiento errático últimamente y quiso hablar con ella.

La llamó a su santuario. Carmen Delia esperó inquieta que no fuera para hacer comulgar a sus cuerpos, porque temía que pudiera notar los cambios que se habían producido en el suyo. Pero fue algo mucho peor. Quería hablar.

—Modesta Treinta, sé que tu cuerpo alberga una mala semilla —le recriminó sin más preámbulos, con su voz profunda más seria de lo que le hubiera oído jamás—.

Y lo que no me explico es cómo no me has informado tú misma.

He tenido que esperar a que una Modesta leal me haya tenido que abrir los ojos sobre tu traición.

—¡Lo siento, Duncan, fue un descuido!

No le extrañó que una de sus compañeras la hubiera delatado, probablemente ella hubiera hecho lo mismo unos meses atrás.

—Los descuidos se pueden corregir. ¿A qué estás esperando? ¿Cómo es que no has venido a informarme inmediatamente de la situación? ¡Cuanto más tardemos en poner remedio al problema, más anida en tu vientre ese ser caníbal y más difícil será extirparlo!

—¡Lo siento! —volvió a repetir.

—Prepararé las cosas para extirparte yo mismo el tumor. Mañana temprano vienes al santuario general y solucionaremos tu error.

Carmen Delia se quedó sin habla y salió de la habitación sagrada.

Aquel día, jueves, 16 de diciembre, cambió su vida de nuevo. Definitivamente, ya sin ninguna duda, había abierto los ojos.

El timbre de la puerta, en un estridente tono chicharra, le apartó de sus recuerdos. Se asustó. Por su parte, ningún sonido, ni de radio, televisión o equipo musical la acompañaba. No se atrevía a hacer el menor ruido y pasaba los días en absoluto silencio, esperando a que llegara su amiga.

—¿Y si era Duncan, que la había encontrado, y venía a terminar lo que dejó a medias?

Se miró el vientre, casi un mes después se había hecho notorio. Ese crecimiento la tranquilizaba y sabía que el embarazo prosperaría, si no la encontraban. Amelia le proveía de ácido fólico y vitaminas y hierro y cuidaba de su alimentación.

Encogida, notó que la persona que estaba llamando a la puerta insistía. Apenas se atrevió a respirar hasta que desistió.

Rememoró aquel fatídico día. Hasta ahora lo había bloqueado en sus recuerdos...

La había obligado a sentarse en un diván bajo, con las piernas abiertas.

Ella, intentando proteger su vientre, las cerró y se intentó incorporar...

Al hacerlo, esquivó el arma. Él, que la apuñalaba en el hombro con el punzón destinado a terminar con la vida de su hijo...

Creyéndose a salvo en aquel autobús... Los hombres con las metralletas dispuestos a matar a todos los pasajeros.

Vio en cámara lenta cómo ella decía algo a la gente para que evitaran las balas.

A la madre, que intentaba desesperadamente librar a su hijo de las ataduras del cochecito.

A ella, sin saber cómo, cogiendo al bebé y tirándose al suelo, a tiempo, justo antes de que los cristales estallaran en miles de trozos...

El hombro había dejado de dolerle. En realidad, no sentía nada...

Se encontró fuera, un señor en estado de shock, como ella, la acompañaba.

Muertos, heridos que andaban como zombis, sangre, terror.

Pasó viendo, aunque no quería ver. Unas imágenes casi congeladas que se le grabaron a fuego y que ahora afloraban con toda su crudeza.

Hubiera preferido seguir en ese limbo de las emociones.

Se separó del hombre que le acompañaba, era muy alto, pero su rostro se le desdibujaba.

No sabría reconocerlo ni, aunque lo tuviera enfrente de ella.

Luego volvió unos metros sobre sus pasos, y sin correr, con la mirada perdida, fue al apartamento de Amelia.

La llamada al timbre había alterado su paz. No se sintió segura. De algún modo intuía que tendría que cambiar de domicilio, pero ¿adónde podría ir?

Si una persona se aferra a su pasado muere un poco cada día,

y yo sé que soy de las que prefieren vivir.

Juliette Lewis

El cabo del miedo