19 Carmen Delia
Veintisiete días.
Carmen Delia estaba sola esa mañana.
Recordó. Todo había comenzado por una pequeña discrepancia con Modesta Quince.
Habían desayunado fruta y yogur, como todos los días.
Duncan siempre decía que el cuerpo era un templo al que adorar y cuidar, en todos los sentidos y lo cumplían a rajatabla.
Ella se sentía bien por ello y gozar de los cuerpos de los compañeros modestos, chicos y chicas, siempre le producía una sensación de alegría y de pertenecer al grupo y aumentaba su apego a este. Duncan lo llamaba catalizar.
Pero aquel día Modesta Quince informó al líder Modesto Uno, de que su familia había llegado a Madrid, desde Cádiz, que es donde vivían, y que le gustaría verlos.
Quería compartir con ellos los valores que Duncan le había inculcado.
Estaba convencida de que se iban a mostrar muy receptivos a las enseñanzas de las Mentes Creyentes de la Nueva Conciencia.
En ese momento se hizo un silencio sepulcral entre los presentes, impregnados de cierto temor.
Todos, sin excepción, se acordaron de «la que nunca se nombraba», una desertora, llamada Modesta Siete, que había desaparecido una mañana sin dejar rastro.
Nadie se atrevió a preguntar por ella, cuando un buen día desapareció de sus vidas.
Realmente preferían no saber más que lo que Duncan quisiera contarles.
Y más Carmen Delia, porque Modesta Siete había sido la que la había introducido en el grupo, tenía cierta estima especial, aun dentro de la uniformidad del grupo.
Prefirió olvidarse de ella, como si nunca hubiera existido.
Pensar en Modesta Siete la perturbaba y por ello la arrinconó al lugar a donde había ido el resto de su vida anterior.
—Modesta Quince, ya hemos hablado en esta comunidad de la maldad del exterior, que se hacen pasar por corderos para inmiscuirse en nuestro mundo de almas conectadas por la mente.
Y especialmente no comprenden como catalizamos esas energías puras.
Estoy seguro de que detrás de las buenas palabras de esas personas se esconden las más arteras artimañas para separarte de este camino hacia la creación universal de un espíritu único, que es el que buscamos todos en esta pequeña comunidad.
» Ya nos comentarás hermana, Modesta, cómo han contactado contigo esas personas, aunque ya me imagino que, en nuestro apostolado de cariño, habrás aprovechado para ponerte en contacto —le amonestó Modesto Uno, con voz falsamente compasiva—. Modesta Dos, por favor, encárgate de hablar con ella.
La hermana Modesta Dos, el brazo derecho de Duncan, se apresuró a levantarse y a llevarse del brazo a Modesta Quince.
Una de las actividades del grupo era la selecta búsqueda de personas puras para formar parte de Mentes Creyentes de la Nueva Conciencia.
Iban en grupos de cuatro o cinco, vestidos todos de azul marino, el color de la pureza.
El método era instalarse en un lugar concurrido y ofrecer «cariño gratis», consistente en abrazos de amor a los que los pudieran necesitar.
Luego se pedía la voluntad, a quien quisiera colaborar en el mantenimiento del grupo.
Y si consideraban a alguna persona «adecuada» la invitaban a participar en sus actividades lúdicas, que incluían clases de danzas en grupo y talleres de risoterapia.
Eran talleres atractivos, por los que no tenían que pagar nada, y en los que reinaba un ambiente de amistad y alegría.
—¡Perdón, Modesto Uno, tuve un instante de debilidad!
Estoy arrepentida de haber llamado a los extraños y de haber considerado la posibilidad de que puedan acercarse de buena conciencia a nuestro altar.
Doy gracias por tenerte de mentor, Modesto Uno, y por ayudarme a reconocer a nuestros enemigos.
Me pasaré el día en el santuario para meditar sobre mi depravado comportamiento —Modesta Quince se arrepintió de su lamentable acción con sinceridad.
En ese instante, mientras Carmen Delia se llevaba una cucharada de yogur a la boca, se vio como si estuviera fuera de su cuerpo, como si viviera una experiencia extracorpórea de los que están cercanos a la muerte.
Se acordó de los, hasta ahora, reprimidos pensamientos sobre su madre y no la vio como a una extraña y enemiga de su pequeño mundo.
Apenas recordaba a su padre, fallecido de un terrible accidente cuando ella contaba siete años.
Las estanterías llenas de conservas, paquetes y frascos de cristal se le cayeron encima, nunca se supo en qué circunstancias.
Fue tal la mala suerte que un bote de melocotón en almíbar tamaño grande le dio en plena cabeza y le dejó muerto en el acto.
Tanto la madre, Pino, como la niña nunca volvieron a tener en casa nada que tuviera que ver con el almíbar.
Pero la viuda llevó ella sola la tienda y crio a Carmen Delia entre latas, chucherías, refrescos, hogazas de pan, botellas de vino y legumbres, que vendía al peso.
El dinero que el seguro le pagó por la muerte de su marido lo metió en un fondo, para que su hija estudiara en la universidad.
La chica adoraba a su madre y hasta que perdió el contacto con ella al ingresar en la Nueva Conciencia, con el nombre de Modesta Treinta, siempre habían estado muy unidas.
Aunque llevaba dos años estudiando en Madrid, mantenían un contacto regular y cariñoso.
Fue tan poco a poco y tan leve el distanciamiento que apenas hubo drama cuando llegó la ruptura completa, por lo menos por su parte. La reacción de su madre fue otra cosa.
Se acordó de la última vez que fue su madre a verla al piso que compartía con los gemelos.
Estaban de viaje y su madre, enterada de ello, aprovechó su ausencia para instalarse en una de sus habitaciones las dos semanas que estos iban a tardar en volver.
Menuda paliza a limpiar se había dado, para que su madre se encontrara cómoda, quizá ese esfuerzo fue el último que hizo por ella antes de sumirse en lo que hasta ahora no había visto como una pesadilla.
Y ya no hubo cabida para nadie más que para los Modestos.
Los gemelos eran buenos chicos, pero un desastre total para la casa, sobre todo Carlos, lo que le hacía aún más encantador.
Le recordó con añoranza. Realmente habían sido días muy felices, antes de que Duncan irrumpiera en su vida.
Hacía tanto tiempo que no había rememorado esos recuerdos, que afloraron de golpe, como si hubiera sido ayer.
No lo sabía cuando su madre la visitó, pero esos fueron los últimos días en los que convivieron, hasta el presente.
Aquel día asistió a una reunión de Las Mentes Creyentes de la Nueva Conciencia. Cuando llegó al piso su madre estaba esperándola levantada.
—Deli, hija, te veo muy poco —se quejó su madre—. Me ha costado mucho arreglar lo de la tienda y dejarlo organizado todo durante este tiempo y ¿para esto? No paras en casa, ¿dónde te metes? No veo que vayas a clase y con tu amiga de antes, esa chica tan maja, Amelia, parece que ni te hablas.
—Con otros amigos, mamá, con nuevos amigos
—contestaba ella, sin dar más explicaciones.
—Pues tráelos a tu casa para que los conozca —le había pedido su madre y ella había accedido.
Desde entonces había llevado al piso a sus nuevos amigos, que se encerraban con ella en su habitación toda la tarde. Aunque sabía que el resto del mundo no iba a comprender esta nueva orientación que había tomado su vida.
—¡Qué amigos más raros tienes, hija, si parece que vayan a dar la catequesis en cualquier momento! —le decía su madre.
—Mamá, primero me dices que no sabes qué hago todo
el día fuera. Después, que traiga a los amigos y los traigo. Y ahora los criticas. ¿Por qué no te aclaras?
—¡Ay, no sé, me dan mala espina! —contestaba su madre, y ahora lo veía, con toda la razón—. Parecen todos iguales, como cortados por el mismo patrón, tan buenos, tan simpáticos.
—¡No, si querrás que me junte con drogadictos y que te traten mal! —protestaba ella, metida como estaba ya de lleno en ese mundo paralelo.
—No sé, no sé, me dan escalofríos solo de verlos. Y desde que estás con esa gente estás muy rara, muy cambiada, pareces otra. No me cuentas nada de tus cosas, estás ajena a lo que te rodea.
Cuando, tiempo después, su madre se enteró de dónde se había metido ella, le quiso advertir. Pero ella nunca la escuchó y solo sirvió para distanciarlas aún más, si cabe. Oía, pero no escuchaba.
—Pero, Deli, no ves que te has metido en una secta, que te han vuelto del revés, que ya no eres tú, mi hija querida y cariñosa. Te han alejado de tu familia y de tu novio.
—Mamá, ha sido mi elección, no te metas en mi vida.
Y a Rumén no le mientes. Es un buen chico, pero ya antes de conocer a mis nuevos amigos, nos habíamos distanciado, no teníamos ya nada en común.
Además, ya sabes que a la iglesia católica le interesa hacernos parecer una secta, pero no lo somos.
Nunca he sido más feliz, ni he estado más contenta conmigo misma.
Si tú los conocieras, verías que son maravillosos, extraordinarios.
Responden a las preguntas que me he hecho desde pequeña, dan respuestas a mi soledad.
Con ellos me siento acompañada, los días tienen un brillo nuevo.
Me gusta practicar el amor con los demás Modestos.
Me siento querida. Mamá, Duncan es el ser humano más fantástico que he conocido.
Es tener el privilegio de conocer al mesías en mi propia época.
Yo he decidido ser su discípula y seguirle hasta el más allá, hasta conseguir acompañarle en la inmortalidad.
Derrotada, su madre se había callado. A partir de ahí intentó, por todos los medios, apartarla del grupo.
Por eso, fue en ese momento, en el que Duncan llamó extraños a los padres de Modesta Quince, cuando algo hizo clic en su cerebro, que se negó a llamar extraña a su propia madre. La semilla de la insumisión estaba plantada.
Y es que a partir de ahí comenzó a mirar todo lo que sucedía a su alrededor con otros ojos.
Como si hubiera tenido una venda mental y esta se hubiera caído de golpe, casi sin transición.
Por primera vez en dos años, vio al grupo desde un prisma diferente.
El terreno estaba abonado. Luego vino su fatal olvido, que le condujo a su situación actual.
Todas las chicas del grupo tomaban la píldora, que les suministraba el líder.