18 Mentes Creyentes de la Nueva Conciencia
Cuando Daniel Hurtado llegó a su despacho, lo primero que hizo fue llamar al inspector Ondarreta.
—Aquí seguimos, jefe, todavía sin ningún resultado.
—Dejen lo que están haciendo y vengan a la oficina, es probable que tengamos una pista sobre el caso Cibeles —le explicó con voz calmada y como si hablara del tiempo.
—¡No tardamos nada, vamos para allá!
No había pasado ni media hora cuando llamaron a la puerta brevemente.
Angus y Marisa asomaron las cabezas. Les hizo pasar. Se sentaron nerviosos, a la espera de que el jefe se explicase.
—Creo que se acordarán de una conversación que mantuvieron con la inspectora Carolina Hernández, de la UFAM, en la que, comentando la mentalidad de los maltratadores, dijo que anulaban de tal forma a sus víctimas que parecía que habían ingresado en «una secta de uno».
Ambos asintieron ante el recuerdo de las palabras de la inspectora.
—Bueno, pues ayer a última hora, repasando todo el dosier del caso Cibeles, también observé que las ropas de la chica parecían ser muy anodinas, como de uniforme.
—¿Quiere usted decir que puede que nuestra joven
pertenezca a una secta? —preguntó Angus, para a continuación asentir—. Tiene sentido.
—El caso es que esta mañana he hablado con el jefe del Grupo de Sectas de la Brigada de Información de la Policía Nacional, el inspector jefe Ildefonso Rodríguez Rojo, y me ha confirmado la existencia de una en concreto, situada en la calle Alfonso X, perpendicular al paseo de Eduardo Dato,
que justo desemboca en la glorieta de Rubén Darío.
—¡Pero eso tiene que ser más que una casualidad! —exclamó el inspector Ondarreta.
—Por ello les he llamado. El inspector jefe Rodríguez me ha pasado una breve información sobre la secta en cuestión, y los datos del contacto con el inspector Gustavo Medina.
La secta se hace llamar Mentes Creyentes de la Nueva Conciencia.
Berta acaba de enviar escaneada toda la documentación a sus correos electrónicos.
Pónganse en contacto con el inspector Medina y averigüen todo lo que puedan.
Los vio salir a la velocidad del rayo de su despacho, sin apenas despedirse. Contuvo una sonrisa.
Habían concertado una cita con el inspector Medina a primera hora de la tarde, por lo que adelantaron la hora del almuerzo. Comieron distraídos el menú del día e hicieron un poco de tiempo ante un café.
Antes de la hora convenida ya estaban en la sede del Grupo de Sectas, un moderno e impersonal edificio.
Se identificaron en la entrada, y tras pasar por el arco de control de seguridad, les indicaron el despacho, que estaba en la planta quinta.
Allí esperaron en el vestíbulo hasta que, tras diez minutos que se les hicieron eternos, vieron aparecer a su cita.
Este era un joven rubio, con barba rojiza, quizá armada con la intención de aparentar más edad. Se hicieron unas rápidas presentaciones, tras las cuales les hizo pasar a un pequeño pero moderno despacho, en el que apenas cabían dos incómodas sillas para las visitas, por lo que se disculpó.
—No te quejes, que en nuestra brigada los únicos que tienen despachos individuales son los mandamases —le rebatió Angus.
—Yo en mi trabajo sí que tengo despacho, y muy soleado —apuntó Marisa, con voz modesta.
—Ya me ha dicho mi jefe que estáis buscando a la heroína de Cibeles —centró Gustavo la conversación, al ver que se iban por los cerros de Úbeda—. Y que pensáis que pueda pertenecer a una secta.
—La verdad es que hasta ahora hemos estado muy perdidos, pese a disponer de abundante información, quizá demasiada, pero los árboles no nos han dejado ver el bosque.
A mi jefe se le ha ocurrido que puede ser que nuestra chica desaparecida pudiera estar relacionada de alguna forma con las sectas.
Mira, este es el retrato robot, en el que dos testigos se han puesto de acuerdo.
—Y le tendió una copia impresa en color tamaño cuartilla, que sacó de una carpeta.
—¡Hum, hum! Puede que me suene, tendré que ver en la documentación de los familiares que creen que sus seres queridos puedan tener relación con la secta de las Mentes Creyentes.
Estos se ponen en contacto con nosotros, casi siempre después de un largo recorrido de lamentables investigaciones, para comprobar la información que ya han recabado sobre el grupo que los ha captado.
Chicos, esperad un momento, que voy a buscar en el expediente.
Se levantó y se dirigió a un archivador metálico gris, abrió el segundo cajón, rebuscó entre las carpetas colgantes y extrajo una carpeta blanca. Todos sus movimientos eran seguidos por la pareja de colaboradores.
Se sentó con la documentación y la abrió. Hojeó rápidamente el informe, hasta que se paró y extrajo un legajo de fotografías, unidas con un clip.
La puso sobre la mesa y las fue pasando una a una. Era tal la tensión entre los ocupantes del despacho que parecía que se habían olvidado de respirar.
—¡Chicos, creo que la tengo! —exclamó entusiasmado Gustavo Medina, mientras les tendía una fotografía.
Angus se la arrebató de la mano sin ningún miramiento ni educación.
La observaron los dos. Parecía ella. La calidad del dibujo de Almudena Carrión era buena, para ser el testimonio desdibujado de unos testigos ocasionales, pero una fotografía añadía unos matices, sobre todo en la mirada y la textura del cabello, que enriquecían el retrato robot.
—Yo creo que es ella —opinó Marisa, después de que los dos demorasen más de un minuto en su examen, con las respiraciones retenidas.
—¿Cómo se llama? —le interrogó Angus. Era la pregunta que se habían estado haciendo desde hacía diez días.
—Carmen Delia Bencomo Cabrera —les contestó Gustavo, mesándose la barba rojiza—. Natural de Las Palmas de Gran Canaria.
—Me imaginaba un nombre extranjero, así como de Europa del Este —dijo Marisa— Por lo de su cabello rubio y ojos azules.
—¡Pues anda que no hay españoles rubios, sobre todo por Andalucía! —exclamó Angus—. Pero la verdad, cabía esa posibilidad. Aunque los testigos no le notaron ningún acento, ni siquiera canario. Lógico también para una frase que pronunció. —Y luego le preguntó a Medina—: ¿Qué más sabes de ella?
—Según leo, le busca su madre, Pino Cabrera Méndez.
Es huérfana de padre, que se llamaba Miguel Bencomo Suárez.
La madre vino a nuestro grupo buscando información sobre las Mentes Creyentes de La Nueva Conciencia hace más de un año.
Desde entonces no hemos sabido nada más de ella.
Respecto a Carmen Delia, tiene veintiún años, y abandonó los estudios de enfermería cuando ingresó en la secta, hace casi dos años.
Disponía de una pequeña herencia paterna, procedente de un seguro de vida por accidente laboral, que supongo fue un atractivo más a la hora de captarla.
—¿Tenía algún novio? —preguntó Marisa.
—Pues sí, pero era de Las Palmas y mantenían una relación a distancia desde que ella se fuera a estudiar a Madrid. Fue al primero que abandonó cuando fue captada por la secta.
—Y ¿dónde estudiaba? —se interesó Angus.
—Los estudios de Grado de Enfermería los comenzó en la Universidad Complutense de Madrid, pero apenas estuvo dos años de los cuatro que dura, según comentó la madre. No sabe si fue adoctrinada precisamente por algún compañero de estudios.
—Eso explicaría que se curase ella misma de las heridas, cosa que dudo, o que algún amigo enfermero lo hiciera —razonó Angus.
—¡Carmen Delia, se llama Carmen Delia! —exclamó Marisa, suspirando, y filosofó—: Se me hace extraño que nuestra heroína tenga por fin un nombre.
La hemos llamado tantas veces como «ella» o «la desaparecida», que resulta chocante por fin ponerle un rostro y un nombre reales.
Para mí era como un ser abstracto. Sabes en tu subconsciente que estás buscando a una persona real, pero hasta este momento en el que se ha materializado con un nombre y apellidos, unos padres, una profesión y una ciudad de nacimiento no ha descendido a lo palpable.
—Esas sensaciones las viví yo en mis primeros casos de desaparecidos, Marisa. Lo peor de todo es que mientras los estás buscando estableces una especie de vínculo y cuando los encuentras, en los casos de final trágico, sientes mucha frustración e impotencia.
—Es curioso lo diferente que es tu brigada, Angus, de la mía del Grupo de Sectas, pero te aseguro que esos sentimientos de impotencia los sentimos aquí en todos nuestros casos.
Realmente poco podemos hacer para sacar a esas personas de las sectas —les confió el inspector Medina—.
En cuanto a Carmen Delia, ya os pasó el inspector Rodríguez la poca información de que disponemos, pero os puedo poner en contacto con su madre, Pino Cabrera, que está desesperada por saber de su hija.
Si queréis la llamo yo primero para comunicarle las nuevas noticias y después ya podéis hablar con ella.
—¿No la estaremos alarmando sin necesidad? ¿No es un poco prematuro hacer saltar la liebre, dado su estado de inquietud? —se preocupó Marisa.
—Os aseguro una cosa: después del calvario que viven las familias, el que haya huido, aunque aún desconozcamos las circunstancias, puede ser un motivo de esperanza.
—Y ¿si la han vuelto a atrapar? —preguntó María Luisa Cuesta—. No sabemos si está viva o muerta.
—Todo eso os corresponde a vosotros investigarlo.
Espero sinceramente que la encontréis sana y salva.
Cuando un hombre desnudo persigue a una mujer con un cuchillo en la mano, imagino que no está recaudando fondos para la Cruz Roja.
Clint Eastwood
Harry el sucio