16 El jefe tiene una idea
Daniel Hurtado dedicó la tarde a repasar el caso Cibeles. Estaban en punto muerto y decidió leer los informes desde el principio, intentando poner la mente en blanco y empezar desde cero, como si le hubiese pasado el caso a un colega y este lo leyera por primera vez.
Decidió distanciarse emocionalmente y comenzar con la lectura de todos los informes, desde el día en que les asignaron el caso.
Un atentado trágico. Una chica que, instintivamente, advierte del peligro al pasaje del autobús 14.
Una supuesta heroína a la que buscar después de tanto terror.
Historia de la desaparecida: se desconoce su nombre, su edad, su profesión, su vida íntima.
Vamos, casi todo. Sigue siendo una desconocida.
Solo un retrato, un rostro anónimo entre los millones de rostros que pueblan la capital, y aun así basado en la descripción física de los testigos.
Probablemente rubia, quizás de ojos azules y joven, muy joven.
Una certeza, entre tantas probabilidades, estaba embarazada en el momento en el que ocurrieron los hechos, el 17 de noviembre.
¿Herida ya con anterioridad a entrar en el bus?
Otra de las incógnitas con mayoría de puntos.
Otro hecho: perdió mucha sangre. Necesitó ayuda médica.
La descripción de la ropa no aportaba nada, parecía que vestía de uniforme.
Se detuvo en la lectura. ¿Uniforme? Se le vinieron a la cabeza ideas de escolares vestidos de azul marino. Desechó
la idea, en principio, no era tan joven como para eso, pero la mantuvo en un primer plano de sus elucubraciones.
Repasó el exhaustivo dosier sobre el atentado que le había proporcionado el Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado.
Muchísima documentación, como para perderse, pero que, según creía él, no le arrojaba luz sobre el lugar donde pudiera encontrar a la chica desaparecida.
Aunque ya lo había leído antes, no dejaba de horrorizarle la narración aparentemente aséptica de los hechos.
Después releyó el minucioso informe del doctor Marín, también como si lo leyera por primera vez.
Siempre le asombraba cómo redactaba sus dosieres Julio.
A pesar de tener que describir farragosos estudios de proyectiles, de trayectorias o de elementos químicos encontrados en cualquier prueba sospechosa, se las arreglaba para hacerlos amenos y asequibles.
Casi novelados. Si él hubiera estudiado anatomía patológica, le hubiera gustado que fuera su profesor.
Son del tipo de personas que cuando dan una clase fabrican vocaciones, ante el entusiasmo y corazón que pone en el ejercicio de su profesión.
Le tocó el turno al informe de la UFAM, la Unidad de Atención a la Familia y a la Mujer.
Desde que, el día anterior, el inspector Ondarreta y María Luisa Cuesta entrevistaron a la inspectora Carolina Hernández, no habían recibido ninguna noticia de esta respecto a su promesa de distribuir el retrato robot de la heroína de Cibeles por las demás unidades de la UFAM en el resto de barrios
y localidades de la provincia de Madrid.
Por ese lado no había dado ningún fruto la investigación y las entrevistas puerta a puerta a los vecinos, porteros y tiendas tampoco.
Releyó despacio la conversación que habían mantenido Angus y Marisa con la inspectora Hernández. Era la transcripción fiel de la grabación. Era duro oír hablar del maltrato a la mujer y lo poco que la policía podía hacer en el cerrado ámbito familiar.
De repente, una frase le atrajo la atención poderosamente: «Son mujeres que ven anulada su individualidad, como yo digo es como pertenecer a una secta de uno, y le pasa a todo tipo de personas, independientemente de su estrato social o inteligencia».
«Secta de uno», se repitió. Y una idea se abrió en su mente.
Pensó en los nuevos evangelistas, todos vestidos de azul, visualizó la mochila negra, la sencillez en el vestir de la rubia, tan alejada de la moda de las chicas jóvenes.
En los miles de jóvenes que, buscando el sentido a la vida, se dejaban embaucar por comunidades cuyos miembros les prometían lo que no hallaban en la sociedad.
Quizás era agarrarse a un clavo ardiendo, pero pensó que merecía la pena investigarlo.
—¡Berta, por favor, venga un momento! —le dijo a su administrativa, desde el quicio de la puerta.
La vio levantarse de su asiento y dirigirse hacia su despacho con la mirada interrogativa.
—Prepáreme un dosier con todo lo que tengamos sobre sectas y consígame el teléfono del responsable de estas en Madrid, por favor, a la mayor brevedad.
—Enseguida me pongo con ello, señor Hurtado —le respondió la mujer, contenta de salir del repetitivo trabajo que la tenía confinada ante su ordenador durante todo el día.
Berta le consiguió numerosa información en un breve espacio de tiempo.
Imposible leerse tanta documentación ni en varios días.
Aun así, la repasó por encima, sobre los puntos más destacados.
Decidió llamar directamente al jefe del grupo de sectas, el inspector jefe Ildefonso Rodríguez Rojo, según le había escrito la administrativa en un post-it amarillo, que le había pegado en la primera página del informe.
Le había pasado su móvil, por lo que habló con él directamente. Se identificó y después de los saludos de rigor le puso en antecedentes del caso de la heroína de Cibeles con brevedad y concisión.
—Creo que esto no es para hablarlo por teléfono,
inspector Hurtado, si le parece podemos quedar mañana a primera hora.
—Por supuesto, ya me acerco yo por su brigada.
Anotó la dirección y el despacho del inspector Rodríguez encima de la nota con su teléfono y se lo guardó en el bolsillo de la americana. Iría directamente desde su casa.
Daniel Hurtado estaba inquieto, y hubiera preferido reunirse esa misma tarde, para salir cuanto antes de dudas y si su intuición respecto a las sectas podría conducirles a encontrar a la joven desaparecida.
Ajenos al nuevo rumbo que habían tomado los pensamientos del inspector jefe Hurtado, Marisa y Angus se habían recorrido con total falta de resultados el perímetro de actuación de la zona de Banco de España.
Igual que el día anterior, la tarea les resultó de poca o ninguna utilidad.
María Luisa asintió a la primera cuando el inspector Ondarreta sugirió suspender las pesquisas por ese día y tomar unas patatas bravas también merecedoras de ganar algún campeonato mundial, según pudo apreciar la funcionaria del CNI.
La complicidad entre ambos aumentaba a pasos agigantados y Angus, lanzado para lo que era su carácter, se atrevió a rodearle con su brazo la cintura mientras se dirigían al bar.
—¡Me encantan los sitios a los que me llevas! —suspiró la chica—. Si sigo en este plan contigo, y a este ritmo, me voy a convertir en una bola y en vez de andar rodaré por la calle. No sé dónde lo echas tú.
—Tengo esa suerte, por más que como, siempre estoy delgado. Si quieres la próxima vez vamos a un sitio que tienen bufet de ensaladas que están de fábula.
—¡Sí, sí, otro de tus sitios campeones mundiales en su especialidad, bufet libre, me los conozco, que luego también tienen pizzas, macarrones y postres y de todo! Que a nada que te descuides coges un poco de todo y te pones morado también.
—Para mí lo importante es que contigo estoy a gusto en cualquier sitio— le confesó Angus, mientras observaba cómo, a pesar de sus quejas, la joven comía las patatas de dos en dos, mojándolas repetidamente en la salsa secreta, y manchándose ligeramente el labio superior de rojo.
Comprobó fascinado cómo se relamía y la lengua casi hacía desaparecer la manchita, pero le había quedado una pequeña mota roja.
—¡A mí me pasa lo mismo! —le contestó ella, levantando los ojos del plato y sorprendiéndole mientras miraba fijamente sus labios.
—Es increíble que, para el poco tiempo que nos conocemos, hayamos conectado tanto —le dijo él, sin dejar de mirarla.
—Sí, yo siento la misma conexión —le contestó Marisa, en un tono de voz más bajo.
Angus le acercó el rostro y la besó. Sabía a patatas bravas y el beso picaba. Le encantó esa sensación, aderezada con el sorbo de cerveza que ambos habían tomado antes. Observó satisfecho cómo su lengua le había quitado cualquier rastro de salsa de sus labios.
Luego, algo azorados, se terminaron la ración de patatas y aún hubo hambre para pedir una de calamares y otro par de cañas.
Angus pensó que el proceso de enamoramiento que sufría le había despertado el apetito, incluido en lo referente a la comida.
A la salida del bar, y de camino a sus respectivos domicilios, se pararon ante la estación del metro más cercana.
—¿Vienes a casa? —le preguntó Angus, esperanzado.
—Me apetece mucho, Angus, pero…
—Pero… piensas que voy un poco rápido, ¿no?
, porque hace poco tiempo que nos conocemos.
Lo entiendo. No te preocupes, Marisa, seguiré tu ritmo, estoy seguro de que el premio que me aguarda merece la pena.
Y no solo porque pasemos la noche juntos, que también, sino porque desde que te conozco tengo la sensación, aunque te parezca una cursilada
y algo prematuro, de que vamos a encajar bien juntos como pareja. Cuanto más te conozco, más me gusta cómo eres.
—¡Oh, Angus, eres un cielo! ¿Cómo es que me entiendes si apenas he dicho un pero?
—¡Ya nos lo hemos dicho antes, conectamos, Marisa, conectamos!
Cada vez que me enfermo me hago más sabio,
cuando muera seré un genio.
AL PACINO
El padrino