La heroína de Cibeles 15 Vuelve la inspectora Alonso
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15 Vuelve la inspectora Alonso

Martes, 12 de diciembre.

—¿Se puede?

—¡Inspectora Alonso! —se levantó Daniel Hurtado del sillón, contento de ver asomarse a la puerta de su despacho a Esther Alonso—. Pero, ¿qué hace por aquí? Le había dicho que se tomara un día de descanso.

—No he podido, jefe, y para estar en casa sin hacer nada, he preferido venir a trabajar.

—Bueno, qué se le va a hacer, ¡es usted un caso! Pero ¡siéntese, siéntese! —le dijo después de saludarla—. Y cuénteme qué tal por Cádiz.

—Al final todo bien, como ha podido comprobar por el informe y por la conferencia de prensa que dimos.

—Sale usted muy favorecida y ha hablado con mucha soltura, según he podido comprobar —la piropeó el jefe, lo que agradó de sobremanera a su inspectora.

Dedicaron la siguiente hora a ponerse al día de los casos más relevantes de la brigada. Cuando llegó el turno de repasar el caso Cibeles, Esther se ofreció a ayudarles en las investigaciones.

—Ya me gustaría, porque además andan escasos de personal, pero necesito urgentemente que colabore con el inspector Ramírez para averiguar las identidades de los dos cadáveres aparecidos en el maletero del traficante colombiano.

Ya le pondrá el inspector al día, pero sabrá, y eso no ha salido en la prensa, que les han cortado los dedos de las

manos y pies y que el propietario del coche está desaparecido.

En fin, es un asunto delicado, en el que andan metidos dos cárteles rivales de las drogas muy sanguinarios y muy conocidos en su país pero que aquí han instalado también, recientemente, alguna pequeña base de operaciones.

Se ve que las dos bandas buscan nuevos mercados.

—Lo que nos faltaba, más criminales que se trasladan a España, y además relacionados con la droga y la prostitución. —comentó la inspectora.

—¡Y el crimen y los ajustes de cuentas! Hable con Ramírez, que le pondrá al día y que ya está advertido de su colaboración.

—Me pongo de inmediato a ello, inspector jefe.

—Vaya usted, y bienvenida de nuevo.

Al salir del despacho del jefe se encontró con que Angus y una pelirroja ocupaban ya el sitio de su compañero. En ese momento se levantaban.

—¡Esther, has vuelto! —Su compañero se acercó a besarla en ambas mejillas, muy cariñoso—. Mira, te presentó, esta es María Luisa Cuesta, del CNI.

—Marisa —corrigió la aludida—. He oído hablar mucho de ti.

—Y yo de ti, la famosa espía —bromeó Esther, mientras ambas mujeres se evaluaban con detenimiento.

—¿Vas a trabajar con nosotros? —le preguntó su compañero—. Necesitamos de toda la ayuda que podamos conseguir y otro punto de vista, que estamos algo estancados.

—Desgraciadamente, no, porque vuestro caso me parece muy interesante, pero el jefe me ha asignado al caso de los cadáveres en el maletero del colombiano.

—¿Lo vas a llevar con Ramírez, entonces? Es muy majo, no vas a tener problemas con él. Lo único que como le quieras seguir su ritmo te vas a tener que levantar muy temprano. Es el que pone las calles todas las madrugadas —bromeó.

—Ya sabes que a mí no me importa, yo me levanto con las gallinas también —le contestó Esther, que miraba asombrada las miradas de complicidad que se dedicaban esos dos, por las que se sintió inexplicablemente excluida.

—Nosotros ya nos íbamos, tenemos que continuar con nuestro trabajo de calle —se despidió el inspector Ondarreta, mientras empujaba a María Luisa Cuesta del hombro para dirigirla hacia la salida.

Esther los observó salir, con cierta añoranza de volver a vivir lo que hacía tiempo, cuando conoció a su Javier, de eso hacía ya casi once años, toda su juventud.

Quería mucho a Angus, y no eran celos lo que estaba sintiendo, sino nostalgia de lo que conllevaba la primera fase del enamoramiento.

Esos ojos brillantes en su compañero le hicieron alegrarse por él y deseó que Marisa le correspondiera con la misma intensidad.

Era un chico alegre, pero sensible, que se ilusionaba con facilidad y no deseaba que alguna desaprensiva le destrozara el corazón.

Sus pensamientos volvieron a Javier y se preguntó, y no era la primera vez en los últimos meses, si debía seguir con esa relación que ocupaba un lugar tan bajo en sus prioridades, muy inferior al de su trabajo o familia.

Realmente se había acomodado, y por pereza, dejaba transcurrir el tiempo sin tomar ninguna decisión sobre su noviazgo.

El trabajo realmente le compensaba muchas de estas carencias.

Se sentía valorada y realizada en el terreno laboral y si seguía en la misma línea, el deseado ascenso no tardaría en llegar.

Realmente era mucho el cariño que sentía por él, pero exceptuando las escasas relaciones sexuales que mantenían, de compromiso, era un trato más de amistad que de otra cosa.

Además, su reloj biológico se había despertado de repente al coger en brazos al niño de Cádiz, que era una criatura encantadora que le había llenado la cara de babas y besos pegajosos que olían a caramelo y ganchitos.

Pero no sabía si plantearle a Javier la paternidad, cuando dudaba sobre su relación de pareja.

Sería prácticamente usarlo como semental y para eso era preferible ir a un banco de esperma.

Por otro lado, le resultaba muy duro pensar en una vida sin Javier, tan acostumbrada como estaba a su presencia en todas las pequeñas cosas que conformaban su existencia.

Era una parte inalterable en la planificación de sus vacaciones, en la visita a la familia de ambos o en las quedadas con su grupo de amigos.

Suponía que la mayoría de las parejas se mantenían por inercia, y ese era su caso.

Un día de estos tendrían que pararse los dos a hablar, pero era una conversación que le producía terror y era incapaz de dar ella ese paso, que no sabía a dónde les conduciría.

Angus Ondarreta y María Luisa Cuesta dedicaron todo el martes a la búsqueda de la desaparecida por la zona de Banco de España y aledaños.

Era una tarea harto tediosa, pero, ante el sutil cambio que se dejaba notar en su relación, la llevaron con alegría y paciencia, contentos simplemente por el hecho de acometerla juntos.

Hicieron un alto para comer, en el restaurante de siempre, el menú de cocido completo típico de los miércoles: sopa caliente con finos fideos y garbanzos acompañados de repollo, chorizo, patata, zanahoria y tocino, todo muy light,

que les hizo templar un poco el frío de los pies y les dio fuerzas para seguir por la tarde.

Fueron horas de trabajo sin ningún resultado.

Angus ansiaba que la jornada terminase, por sus propias razones.

Como un chiquillo, aguardaba a que Marisa accediera a tomar algo que les sirviera de cena.

Quizás una ración de patatas con dos salsas, brava y alioli, en otro bar que conocía y que presumía de tener su famosa salsa brava, cuyos ingredientes eran secreto nacional, pasado de generación en generación.

Lo que fuera, pero que no tuviera la menor pinta de ser una cita, para seguir con su plan de acoso y derribo.

Ya creía haber averiguado, indirectamente, que la chica de sus pensamientos no tenía pareja.

Y después de la degustación vendría la ansiada despedida. Se conformaba con que se pareciera a la del día anterior.

Un abogado con su maleta puede robar más que cien hombres armados

Marlon Brando

El padrino