14 Callejones sin salida y un pequeño avance
Angus y María Luisa Cuesta habían quedado con la inspectora Carolina Hernández, de la Unidad de
Atención a la Familia y Mujer (la UFAM), que estaba adscrita a Chamberí. La glorieta de Rubén Darío pertenecía a este barrio donde supuestamente había cogido el autobús la desaparecida.
La inspectora Hernández era una mujer de mediana edad y de gesto agradable, que les recibió en un despacho atiborrado de expedientes. Después de las presentaciones, se excusó del desorden.
—Con tanto trabajo, nunca termino de archivar ningún expediente y al final tengo muchos frentes abiertos.
Angus pensó que si alguien sabía de la vida y milagros de todos los maltratadores del barrio era la directora de zona de la UFAM.
—Como ya le hemos comentado por teléfono, realmente no tenemos la seguridad de que la persona desaparecida que buscamos haya sido objeto de ninguna agresión. Por favor, eche un vistazo a este retrato robot —le pidió Angus, mientras le enseñaba una hoja en la que lo había imprimido a color.
—No me suena, la verdad —respondió tras observar fijamente el retrato durante unos instantes—.
Pero se lo puedo pasar a mi personal. Aunque lo dudo, a esta oficina me llegan todos los casos de violencia machista y, desgraciadamente, estoy familiarizada con todos ellos, sobre todo con los reincidentes, que suelen hacer caso omiso de las órdenes de alejamiento.
Pero, sabrán ustedes, que hay un porcentaje muy alto, casi el sesenta y ocho por ciento, de mujeres que no denuncian y que se nos escapan al poco control que pudiéramos tener.
Nuestra labor, muchas veces, es posterior a la agresión.
La prevención de poco nos sirve en el cerrado ámbito familiar.
Y, además, también de las que denuncian, un grupo importante retiran la denuncia.
—¿Por amenazas de sus parejas?
—No solo por amenazas, inspector Ondarreta, sino que ellas mismas se convencen de retirarlas, se sienten culpables de traicionar a sus maltratadores.
—Inspectora Hernández ¿cómo es posible que lleguen a esas situaciones con una persona que supuestamente las ama? —preguntó María Luisa Cuesta.
—Son mujeres que ven anulada su individualidad, como yo digo, es como pertenecer a una secta de uno, y les pasa a todo tipo de personas, independientemente de su estrato social o inteligencia.
Pero, aunque ellas sean incapaces de denunciar, son, a menudo, los propios vecinos los que, en otro porcentaje de casos, dan la voz de alarma, cuando llaman ante un supuesto caso de agresión.
A veces la gente tiene miedo, no saben que la denuncia puede ser anónima.
Si así lo desean, no tienen por qué dar sus datos personales.
—¿Tienen ustedes alguna casa de acogida en el barrio? —se interesó Marisa.
—Directamente no, pero disponemos de algunos pisos que la UFAM y algunas asociaciones de mujeres hemos habilitado, que nos permite mantener discretamente a salvo a algunas víctimas.
Pero son pocas las que se atreven a dar el paso de abandonar sus hogares, sobre todo las que tienen hijos, y es una solución provisional.
La inspectora Carolina Hernández les hizo un breve resumen de los casos más relevantes con los que tenía que lidiar diariamente en el barrio. Se notaba que le gustaba su trabajo, y que ponía todo su empeño en ayudar a las mujeres que lo necesitaban.
—Esta es una unidad de reciente creación, pero ya hemos visto de todo, desgraciadamente —terminó diciendo—. Si le parece bien, inspector Ondarreta, mándeme el retrato robot por correo electrónico y yo se lo puedo hacer llegar al resto de las unidades en Madrid, así ampliaríamos la zona de búsqueda.
—Se lo agradeceríamos muchísimo, inspectora Hernández. Se lo mando ahora mismo desde el móvil, si me da su dirección de correo.
Cuando salieron a la calle, cierto desánimo se había instalado en los dos jóvenes.
—¡Otra puerta que se nos cierra! —suspiró María Luisa Cuesta—. ¡Era demasiado fácil para ser verdad!
—Tienes toda la razón, Marisa, yo también tenía puestas mis esperanzas en esta entrevista —asintió Angus, pero enseguida le salió su espíritu optimista y emprendedor—.
Pero ya has oído a la inspectora Hernández, son mayoría las mujeres que no denuncian, o los vecinos que no dan la voz de alarma.
Así que seguimos con nuestro plan original.
Tenemos que ir con el retrato a interrogar a los vecinos y a los comerciantes.
Esa noche, tras horas de exhaustivo peinado del perímetro que se habían marcado, y sin obtener ningún resultado, Marisa dirigió una mirada de comprensión a Angus.
—Ya entiendo por qué dices que esto de ser policía no siempre es interesante. Es realmente agotador y ningún resultado. Me duelen las plantas de los pies.
—Sí, cierto y entre la redacción de los informes y las horas perdidas, que se hacen tediosas, transcurre la mayor parte de nuestro trabajo. Pero, para animarnos, ¿qué te parece que vayamos a comer la famosa tortilla de la que te hablé?
—Estoy cansada, Angus, no sé si me va a entrar nada de comida.
—¡Si eso revitaliza a un muerto!
—De acuerdo. Ahora, te advierto que voy a ser muy crítica, que mi madre las hace de campeonato y tengo el listón muy alto.
Angus pensó que el día no estaba perdido del todo y sonrió de lado, satisfecho de que María Luisa Cuesta accediera por fin a su invitación.
La llevó a un bar muy pequeño, llamado El Mual, tuvieron suerte y se pudieron acomodar en la única mesa del local, en el que apenas cabían los dos, arrinconados por un barril metálico de cerveza y la pared de viejos azulejos.
El dueño les advirtió que tendrían que esperar cinco minutos, mientras su mujer terminaba de cocinar la última tortilla.
Les comentó que durante cuarenta años las estaban sirviendo a sus clientes, los mismos años que llevaban casados.
Cuando les puso en la barra los platos con el pincho y un chusco de pan tuvieron que esperar a que se enfriara un poco.
Aun así, prefirieron quemarse, ante la buena pinta del manjar.
Marisa le sorprendió por su buen apetito, que demostraba entusiasta.
Aunque el pincho de tortilla que se pidieron para cada uno era enorme, quiso que Angus y ella compartieran uno más.
—¡Qué hambre da esto de patear las calles sin descanso! Y tengo que reconocer que tenías razón. Casi está como la de mi madre, que ya es mucho decir —reconoció mientras se terminaba una segunda caña de un trago.
—Me alegro de que te haya gustado —le respondió el inspector Ondarreta, orgulloso como si la hubiera cocinado él mismo en persona, apurando a su vez la gran jarra de cerveza que había pedido para acompañar—. Y además nos lo merecemos, por trabajadores.
Conversaron amigablemente, como si se conocieran de toda la vida. Marisa tenía una risa contagiosa que alegraba el alma y los dos rieron a carcajadas de tonterías, como dos adolescentes.
Y como tal se sintió Angus cuando se tuvieron que despedir ante la boca del metro, para ir cada uno en direcciones distintas. Se atrevió a depositar un ligero beso en su boca.
Al comprobar que ella no le retiraba la cara, se lanzó a besarla con pasión que, comprobó incrédulo, era correspondida.
Ella no le retiró la cara, por lo que insistió, mientras los transeúntes pasaban a su alrededor, convirtiéndoles en una isla a la que rodeaban automáticamente, con las prisas propias de un hormiguero.
Al separarse de ella los dos jadeaban.
—¡Si lo sé, te llevo a probar la tortilla antes! ¡Me gusta cómo me lo has agradecido! —bromeó para romper el embarazo con que lo miraba Marisa, que tenía el rostro enrojecido, como sentía el suyo.
Cuando vio cómo bajaba las escaleras estuvo a punto de gritarle para que se detuviera, pero, ante el avance conseguido, no quiso estropear esos instantes y se dio por satisfecho. Al fin y al cabo, no había sido un día perdido.
Carmen notó un poco serio a su marido cuando llegó a casa a cenar.
Solo alguien que le conociera como ella, después de treinta y dos años de casados, sabría distinguir en el semblante reservado de Daniel un deje aún más hermético de lo habitual.
A veces, en los últimos meses, pensaba que había pasado alguna especie de crisis masculina, que no era tan evidente como el baile de hormonas que acompañaban a la menopausia, y que ella todavía sufría, para su desesperación.
Sabía de más de un caso, le habían comentado sus compañeras y compañero de pintura, en los que a los hombres maduros les daba por recuperar su juventud liándose con chicas más jóvenes.
Ella no se podría imaginar eso de su marido, ni en su más desbordante imaginación.
Le tendrían que cortar la cabeza y cambiársela por otra para que su Daniel fuera capaz de tamaña traición.
Lo tenía por un hombre cabal y le admiraba por ello, aunque, en contrapartida, no fuera la alegría de la huerta.
El viaje relámpago a Lanzarote había sido fantástico.
Tomar el sol en invierno era una delicia y bañarse en la playa, rodeados de guiris les hacía pensar que estaban en Alemania o en Gran Bretaña.
Había tomado numerosas fotografías, sobre todo de puestas de sol, cuya esencia intentaría plasmar en sus acuarelas.
Solo en un fin de semana y ya se sentían rejuvenecidos los dos, tendrían que repetirlo de vez en cuando.
No podía consentir que la rutina, aunque fuera apreciada, desluciera su matrimonio.
Por todo ello no entendía el sutil cambio que había notado en su marido esa noche.
Desechó ese pensamiento, tampoco debía ser demasiado suspicaz, y atesoró los momentos vividos en la isla. El sol aún resplandecía en su piel.
El sabio debe velar de alguna manera los secretos que descubre, para
evitar que otros hagan mal uso de ellos.
El nombre de la rosa