13 Especulaciones
Lunes, 11 de diciembre.
Cuando el lunes por la mañana Angus Ondarreta llegó a su puesto de trabajo, el jefe ya estaba en su despacho.
Marisa no había llegado aún. El fin de semana se le había pasado volando, y eso que no hizo nada especial: quedar con sus amigos de siempre y visitar a sus sobrinos.
Había echado de menos a su compañera provisional.
Daniel Hurtado se asomó por la puerta de su despacho y le indicó que se acercara con un gesto de la mano.
No se hubiera sorprendido más si le hubiesen dado un golpe en la cabeza. Aunque su jefe tenía la piel oscura, lucía un inesperado y brillante moreno reciente, además de una media sonrisa, totalmente inesperada.
—¿Ha ido a esquiar, jefe? —le preguntó, intrigado.
—¡No, hemos ido a Lanzarote! —le respondió Daniel, reticente a comentar nada de su vida privada.
—¡Ah, qué suerte, en invierno se debe de estar allí estupendamente! ¡Aquí con un frío pelón y allí sol, playa, chicas en bikini, o mejor aún, en topless!
—Sí, sí, claro —le contestó escueto el inspector jefe, que no estaba por la labor de soltar prenda—. Respecto al caso Cibeles, le quería preguntar sobre sus planes concretos para hoy.
—Ya le comenté, señor Hurtado, que íbamos a ir puerta por puerta por los dos barrios en los que se supone puede haber estado la rubia. Pero este fin de semana he estado
pensando que alguien capaz de drogar a una persona puede que tenga mala fama en el barrio, o que haya sido objeto de alguna denuncia, si no por parte de ella, por la de los vecinos. Es posible que hayan oído algún enfrentamiento, por ejemplo, y han podido avisar alguna vez a la policía.
—Desde luego, cualquier resquicio que nos permita dar con ella será bienvenido. Nunca se sabe por dónde comenzaremos a tirar del hilo.
—Cuando llegue María Luisa Cuesta nos pondremos manos a la obra, señor Hurtado.
Enseguida vio aparecer a Marisa, que venía apresuradamente. Traía una pequeña bolsa de deportes.
—Perdona, Angus, he venido directamente del pueblo. Me ha traído un vecino de mis padres que trabaja en Madrid.
—No pasa nada, justo ahora iba a investigar en nuestra base de datos de maltratadores y de avisos policiales por nuestras zonas de referencia. —Y le explicó con detalle cuáles iban a ser sus siguientes pasos.
—Por lo que yo veo, Angus, también puede ser un hecho aislado. Imagina que sales de marcha por ahí, te echan una droga en la bebida, te llevan a donde les dé la gana y hacen lo que quieran contigo. Te despiertas, ves que estás con un desconocido, te resistes y te llevas un navajazo. ¡Asqueroso!
—Eso no puede ser, Marisa, no te dejes llevar por la imaginación, olvidas el hecho de que llevaba una mochila y además vestía muy normal, no para ir por esos garitos, llevaba falda larga, abrigo oscuro.
—¡Es cierto, no parecía provenir de una discoteca o un local nocturno! Ya solo la mochila lo descarta. Si hubiera sido así, alguien habría denunciado su desaparición.
—Por eso, es mucho más probable que conociera o viviera con su agresor.
—Es lógico. También lo es pensar que si se iba bajar en Cibeles es porque tenía un amigo o amiga que le pudiera ayudar.
—Sí, incluso, Marisa, es posible que fuera una persona con experiencia médica o que conociera a alguien que pudiera curarle la herida.
El inspector jefe descolgó el teléfono. El identificador le avisó de que la llamada era de Esther Alonso.
—¡Jefe, lo tenemos! ¡Hemos localizado al niño!
—¡Estupendo! —se alegró Daniel Hurtado.
—¡Por fin! Tal y como sospechábamos estaba en el chalet de su cuñado. Nos ha costado conseguir la orden de registro, pero ha dado sus frutos. Los medios de comunicación están a punto de enterarse, así que daremos una rueda de prensa conjunta esta misma tarde.
—¿Dónde se encuentra el niño ahora?
—Aquí mismo, en la comisaría de Cádiz. Ha sido bien tratado y en ningún momento ha tenido la sensación de que había sido secuestrado.
Le habían engañado diciéndole que su mamá estaba trabajando y que pronto iba a ir a recogerle.
Aquí le hemos comprado unas golosinas y está encantado.
Acabamos de avisar a la madre de la criatura y ya viene de camino.
—¡Enhorabuena, inspectora Alonso, ha hecho un buen trabajo! —le alabó el jefe.
—Ya sabe que ha sido una investigación en equipo. No vea lo bien que me han tratado los demás inspectores y lo agradecidos que han estado con mi colaboración —se quitó méritos Esther, que estaba exultante de alegría.
—Traslade, por favor, mis felicitaciones a sus compañeros de Cádiz.
—Así lo haré. De todas formas, redactaré más tarde el informe y se lo envío por correo. Y mañana mismo vuelvo a la oficina.
—¡No, por favor!, cójase un día libre, que ha trabajado todos los días de la semana sin descanso, sin importarle si era festivo o no.
—¡No hace falta, jefe! —protestó Esther Alonso, que era muy cumplidora y que cada vez le gustaba más estar en el trabajo que en casa—. Y, además, allí también han trabajado todo el puente.
—¡Por supuesto que sí! La veo el miércoles.
Colgó el teléfono. Mientras hablaba, había notado la llegada de un nuevo correo a su bandeja de entrada.
Era del Juzgado. Acusó recibo telemáticamente.
Adjuntaba una relación de citas para declarar en diversos juicios en los próximos dos meses.
Y, dependiendo de los casos, declaraba él o algunos otros compañeros.
Leyó algo alterado los nombres de los delincuentes: efectivamente, figuraba el nombre del criminal que había secuestrado y casi asesinado a la señora Rosa Pardo, un sujeto cruel y sin escrúpulos llamado Andrés Real.
La primera cita del Juzgado, que correspondía al juicio del captor de su desaparecida favorita, era para dentro de una semana, el lunes 18 de diciembre.
Tendría todavía tiempo para preparar su cita.
Lo haría con esmero, como en otras declaraciones, pero esta vez la prepararía con mayor minuciosidad, si cabe.
No quería que ese ser, de todo menos humano, pudiera aprovecharse de cualquier fallo en su declaración.
Sabía que él era un buen abogado y supuso que dispondría de la mejor de las defensas.
Intentó no dejarse llevar por cierta sensación de intranquilidad, a la que no estaba acostumbrado, y que reconoció como nervios. Cogió un informe del montón que aún quedaba por supervisar, y se obligó a concentrarse en su estudio.
La verdad es indivisible, resplandece con su propia luz, y no admite particiones dictadas por nuestros intereses y por nuestra vergüenza.
El nombre de la rosa