La heroína de Cibeles 12 Ella veintidós días
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12 Ella veintidós días

Sábado, 9 de diciembre.

Abrió los ojos, tumbada sobre el sofá cama.

La tenue luz de invierno de ese sábado, 9 de diciembre, según el calendario, apenas traspasaba las lamas de la persiana, dibujando retazos de brillantes cuadrados en la pared, que ella sabía de color verde manzana pero que ahora simplemente era un oscuro lienzo donde se abría paso el día.

Al intentar incorporarse lo hizo con cuidado, por el lado contrario al hombro lastimado.

Afortunadamente, cada día era menor el dolor.

Cuando Amelia le retiró los puntos, tuvo molestias durante otro par de días en la herida, pero el estilete había penetrado muy profundo.

Tuvo mucha suerte de que no le afectara al tendón.

Aún sí, tendría que llevar el brazo en cabestrillo por algún tiempo más.

Si solo fuera el daño físico, ella lo aguantaría, pero el pecho le palpitó al recordar.

La neblina que rodeaba los acontecimientos de las últimas semanas se estaba despejando, pero, por más que lo intentaba, había hechos, incluso días, que no conseguía recordar.

Aun así, el momento en que, aun a pesar de saber que él le estaba atacando, en lo más profundo de ella no se lo terminaba de creer: «¡No, él no! ¡Él no, Duncan no!»

. Todavía lo tenía en un pedestal. Pero sí, se lo recordó la sangre que tuvo que taponar con un improvisado vendaje, cuando se encerró en el dormitorio y arrojó, además, apresuradamente, el contenido de sus cajones y su documentación, en la mochila negra.

Se puso el abrigo y la bufanda. Al abrir violentamente la puerta lo arrolló con esta y él cayó al suelo.

Aprovechó y huyó por las escaleras, incapaz de esperar al ascensor.

Los pasos de él la seguían. Ella, saltando los escalones de dos en dos, de tres en tres, sin sentir en ningún momento dolor en su hombro.

Consiguió salir a la calle, llena de gente ya a esas horas de la mañana, que se dirigían en su mayoría, ajenos a todo, a sus trabajos.

Vio como el autobús 27 se detenía a absorber a sus pasajeros, pero antes de que consiguiera llegar, ya había cerrado sus puertas.

Otro venía detrás, no tuvo tiempo de mirar cuál y ya había entrado en él.

Le pesaba la mochila y las correas se clavaron en su hombro, que eligió ese momento para recordarle el ataque de que había sido objeto.

¿Dónde había guardado su tarjeta de transporte?

Revolvió desesperada en los bolsillos de la mochila y la encontró al fin en su sitio de siempre, abriendo la cremallera del compartimento exterior derecho.

Tenía las manos heladas. Se colocó los guantes que guardaba en los bolsillos de su abrigo.

Cuando el autobús se puso en marcha, lo vio aparecer por el paseo de Eduardo Dato.

Venía corriendo, buscándola desesperado.

Se parapetó detrás de la cabina de seguridad del conductor.

Estaba casi segura de que él no la había localizado.

Cuando el vehículo arrancó, tras ponerse verde el semáforo de la plaza, suspiro de alivio.

Había conseguido despistarle. Se creyó a salvo.

Comenzó a sentir que la humedad de la sangre comenzaba a traspasar su chaqueta de lana y su abrigo, los dos azules oscuros.

En la parte central del bus se agarró a la barra, para no desfallecer.

No pudo seguir recordando. Lo que vino a continuación confirmó que su pesadilla no había terminado.

Últimamente contaba en el calendario los días de su reclusión.

Diecinueve días desde el atentado, desde que él la apuñalara.

Menos mal que fue en el hombro. Ahora estaba encerrada, con temor, entre esas cuatro paredes.

Y debía dar las gracias a Amelia por haberla acogido en su apartamento, por haber curado sus heridas.

La única amiga que conservaba de su anterior vida, tan lejana en su mente, cuando ella era otra persona, cuando tenía familia y una vida tan corriente que ahora se le antojaba irreal, como de otro planeta.

A menudo la risa sirve para confundir a los malvados y para poner en

evidencia su necedad

El nombre de la rosa