La heroína de Cibeles 11 Importantes revelaciones del doctor Marín
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11 Importantes revelaciones del doctor Marín

El viernes día de la Inmaculada Concepción amaneció nublado. El frío del próximo invierno salió a relucir esa mañana gris.

—¿Alguna cosa?

—Sin novedad, inspector jefe Hurtado —le contestó el inspector jefe Ramírez.

Contuvo un gesto de decepción, realmente era muy temprano para que estuviera ya en su mesa el informe del doctor Marín. Enseguida se metió de lleno en el abundante trabajo burocrático que le esperaba.

—¿Se puede? —Era Angus, que venía solo.

—¡Claro, pase, pase!

—Buenos días, jefe, aunque sea otro día festivo en el que media España está de puente y los trabajadores que no nos podemos permitir esos lujos «levantamos España» para que el resto de los españoles puedan seguir con sus vidas de nueve a cinco —se quejó Angus, medio en broma,

porque estaba contento de trabajar con Marisa otro día. —Y ¿dónde está María Luisa Cuesta?

—Me ha llamado hace un momento. Se ha tenido que pasar por su oficina, la reclamaban por algo de su trabajo en criptología —contestó con voz apagada.

—O, quizá, tenga que informar a sus superiores del desarrollo del caso —le contestó el jefe—. Que, por otro lado, sería lo más normal.

—Supongo, pero Marisa ya les manda todos los días un breve resumen de nuestras actividades.

Puede que quieran intercambiar impresiones con ella personalmente —estuvo de acuerdo Angus, que estaba un poco susceptible—.

Al fin y al cabo, en ese ministerio son todos espías, tendrán deformación profesional.

—O que simplemente la necesitan en su trabajo, como ha dicho usted.

—Quería comentarle que vamos a iniciar un trabajo de búsqueda puerta a puerta con el retrato robot por la zona a la que supuestamente se dirigió la desaparecida.

—Es un trabajo ímprobo, pero puede arrojar algún resultado.

No olvide, que nuestra desaparecida, según los testimonios, subió en la parada de Rubén Darío.

También convendría llevar el retrato por esa otra zona.

Que, por otra parte, puede haber estado puntualmente en ese otro barrio.

Es triste decirlo, pero, aunque dispongamos de mucha información, todavía no tenemos un nombre, ni un hilo del que tirar.

—¡Será el doble de trabajo! —se desanimó Angus—.

¿Podríamos disponer de personal de refuerzo?

—De momento, no, y más con el fin de semana que comienza mañana y trabaja el personal de guardia imprescindible.

Tenemos más de una decena de casos abiertos y el de Cibeles, aunque sea un caso que yo considero importante, no es tan prioritario como el crimen de la sala de fiestas de Pinto o los dos cadáveres que han aparecido en el maletero de un traficante colombiano.

—Haremos lo que podamos Marisa y yo. Y de Esther, ¿se sabe algo? Nos vendría muy bien su ayuda.

—Hablé ayer con ella y también anda algo estancada en el caso del niño desaparecido. Creía tener una dirección, pero ha resultado ser un fiasco.

En ese momento llamaron a la puerta.

—¡Pase!

—Le han traído el informe del doctor Marín que estaba esperando.

—Gracias, Berta.

Daniel Hurtado miró su ordenador. Casi a la vez, le había llegado el mismo informe, por correo electrónico.

—Le reenvío el correo con el informe, Angus.

Mientras tanto, estudiaré el dosier que me ha enviado el doctor Marín.

—Envió también una breve nota de agradecimiento a su amigo y compañero.

Supuso que estaría muy ocupado, porque, en los casos en los que le veía especialmente interesado, solía traer él mismo en persona los resultados.

Dado su carácter propenso a las bromas, le gustaba hacer un poco de teatro con las novedades, y si intuía que un dato era relevante, a veces, se lo guardaba para el final, como cuando un mago saca una paloma de su chistera.

Era el rey del suspense a la hora de contar verbalmente sus informes.

El inspector Ondarreta apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta de su despacho, mientras se dirigía presuroso a su puesto de trabajo a abrir su ordenador.

El inspector jefe comenzó a leer el dosier, que venía acompañado de abundantes fotografías y gráficas en color. Constaba de dos separatas: una sobre la ropa de la madre y el niño y otra sobre el análisis del autobús.

Comenzó a leer sobre el minucioso análisis forense de las prendas.

Descartaba que hubiera residuos vegetales.

Con mucho detalle explicaba, en cuanto a las características microscópicas generales de las fibras, que se descartaba que hubiera transferencia por contacto de restos de disparos de armas de fuego en ninguna de las dos prendas.

Esa información no contradecía la teoría de Angus Ondarreta de que la chica no fue herida por bala.

En el estudio exhaustivo de huellas o de indicios biológicos de la ropa, se adjuntaba el estudio hematológico de la persona que había manchado de sangre ambas prendas.

Pero, lógicamente, el ADN encontrado no coincidía con ninguno que ellos tuvieran registrado, ni en el departamento español ni el de los países con los que España tenía convenio de colaboración. Esa información era la prevista.

El análisis de las fibras detallaba, y adjuntaba informes anexos, que el abrigo de la madre era de lana y además de trazas de sangre, tenía otras acrílicas, que se suponía pertenecían a la bufanda de la señora Martínez y trazas de pelo, secreciones lacrimales, saliva,

moco y productos lácteos que se suponía eran del niño de Arancha.

En cuanto al abriguito del bebé, cuya composición original era de en su totalidad de poliéster, también repetía en su análisis las mismas trazas encontradas en el abrigo de la madre.

Solo había una discrepancia: se habían hallado microscópicas partículas de algodón, entre la abundante sangre seca que cubría el anorak de la criatura.

Daniel Hurtado detuvo la lectura. Se le estaba ocurriendo que eso podía pertenecer a un babero del bebé. Habría que preguntar a la madre. Pero, y eso eran nada más que conjeturas, ¿podrían ser las trazas de un vendaje?

Por otro lado, se apreciaron restos mínimos de flunitrazepan, más conocido como Rohipnol, una potente droga psicoactiva o de administración de anestésicos. Llamada también Rufis, Rofis, Eírculos, R-2 y Valium Mexicano. Es un poderoso tranquilizante comúnmente empleado como droga en las violaciones.

El inspector jefe, ante esta última información, contuvo el aliento. Que la chica huía de un maltrato, era cada vez más evidente. Y quizá a este último delito había que añadirle el de retención contra la voluntad de la desaparecida.

Para terminar, el análisis de la primera separata, adjuntaba otra noticia bomba, digna de un culebrón.

¡Típical Julio Martín, colocarla al final!

El análisis de sangre del laboratorio daba positivo en la medición de la hormona HCG o GCH, o gonadotropina goriónica humana.

¡La desaparecida estaba embarazada en el momento del atentado!

No le extrañaba nada, después de leer que se le había encontrado Rohipnol en la sangre.

En cuanto a la segunda separata, dedicada a balística forense, comenzaba con un análisis exhaustivo de trayectorias de proyectiles.

Era tedioso, y si no fuera porque estaba acostumbrado a leer este tipo de informes sobre trayectorias internas, posiciones de estas dentro de los cuerpos de las víctimas de tipo horizontal, ascendente o descendente, o en posición vertical, que podían estar inclinados hacia adelante o hacia atrás.

Tras mucho argumentar técnicamente terminaba concluyendo que no hallaba ninguna coincidencia entre los proyectiles encontrados en la chapa y lunas del autobús y la supuesta posición de la persona de la que trataban,

con la única excepción de que las balas se hubieran quedado alojadas en el cuerpo de la joven.

En un párrafo aparte se adjuntaba un exhaustivo análisis de las muestras del autobús, en su zona central, en el que no se habían hallado trazas hematológicas de la persona que buscaban.

También había analizado la zona delantera del bus, sobre todo las barras de la entrada donde se podría haber apoyado, y el resultado era igualmente negativo.

Cuando Daniel Hurtado terminó de leer las últimas líneas, miró el reloj. Estaba tan concentrado que había pasado, con creces, la hora de comer. Su estómago se lo recordó en ese momento.

Abrió la puerta. Angus, acompañado ya por María Luisa Cuesta, estudiaba la pantalla del ordenador. Tampoco ellos habían podido abandonar la lectura del dosier del laboratorio.

Parecían muy emocionados.

— ¿Han terminado ya con el informe? —les preguntó.

—Jefe, estábamos justo ahora leyendo las conclusiones finales. ¡Qué fuerte lo de la chica! Ahora estoy más seguro que nunca de que estaba huyendo, preñada y todo. Y ¿se ha fijado en las fibras de algodón encontradas en el abriguito del bebé? Y ¿si fueran debidas a un vendaje?

—No se embale, Angus, y hable con la madre del niño, puede ser debido a un simple babero.

—De acuerdo, jefe. Entiendo que no podemos torcer las

pruebas para que coincidan con nuestras teorías, pero tenemos muchas papeletas que nos indican que ella ya estaba herida con anterioridad al atentado.

¿Le parece que llame ahora mismo? —Ante el gesto afirmativo del inspector jefe, comenzó a buscar el teléfono en la ficha de la testigo y se apresuró a marcar el número de su móvil.

A los pocos tonos de llamada, oyó la voz de Arancha, con el sonido de fondo del llanto del niño. Apenas pudo identificarse.

—¡Espere, inspector Ondarreta! —Se oyó un poco de jaleo, le estaba pasando a la criatura a su padre. Con el sonido amortiguado de los chillidos del niño, por fin pudo atenderle—. ¡Perdone, normalmente es un chico muy bueno, pero es que acaba de empezar con los dientes…!

—No pasa nada, solo quería preguntarle una cosa. Y perdón por insistir otra vez con el caso, que ya sé que no le trae buenos recuerdos.

—¡Dígame, no me molesta en absoluto, si puedo ayudar en algo!

—¿Llevaba el bebé un babero el día del atentado?

—¿Un babero? —repitió extrañada la madre.

—¡Sí, sí, un babero! Haga memoria, por favor. Se lo digo porque hemos encontrado fibras de algodón en su anorak.

—Bueno, espere que piense. No, creo que no, todavía no había comenzado a babear como ahora.

El pobre está muy dolorido. Hasta tiene un poco de fiebre y diarrea.